Talión
La universidad no sueña

Earle Herrera

El sueño creador, de donde brotan las grandes obras del espíritu, tiene poca cabida en un alma que se hace llamar mater: madre nutricia. Al igual que en la Venezuela rentista, la creación artística es vista en y por la universidad como una excentricidad de algunos trastocados. Toda actividad que busque inaugurar y abrir un espacio estético lleva el sello de la obstinación individual y del marginamiento institucional. Para algunas autoridades se trata de un hecho curioso, a veces hasta simpático por no conducir a nada. No creen, como el ingenuo Hipócrates, que el arte sea más largo que la vida.

La universidad instrumentó en los últimos años dos programas: uno para premiar el rendimiento académico y otro de estímulo a la investigación. Ambos ignoran y excluyen el trabajo creador. O peor, lo desprecian. En alguna parte, como un ítem extraviado, lo colocan por allí sin resaltarlo demasiado para no restarle "seriedad" a dichos programas. No se llega al extremo (o a la audacia) de aceptar "obras creativas de los profesores" porque se relaja la cosa "y esto es serio".

La poesía, la música, el teatro, la novela, la pintura o el cine no lo son. Para los hacedores de baremos está claro que la invención de la licuadora y el taladro eléctrico le aportó más a la humanidad que la escritura de un libraco titulado Aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Piensan que el hombre no se empinó ni un milímetro después de Góngora o Shakespeare. Este presupuesto lo pueden fácilmente demostrar con una cinta métrica, que es un objeto preciso e inapelable.

Razón sobra entonces para que la dramaturgia de Isaac Chocrón no califique en ninguno de esos programas. Mucha más razón para ese espléndido libro de Rafael Cadenas, Los cuadernos del destierro (o Intemperie o Memorial) sea evaluado (si él lo enviara, cosa que no hará) con menos puntos que una guía de estudio (de alguna unidad de alguna asignatura optativa) que cuando no es resumen de textos ajenos, se parece bastante a un auténtico paredón de fusilamiento intelectual. Ese desparpajo se premia.

Por supuesto que las obras de arte no son arbitradas, algo que sólo lo podría solicitar la ignorancia. ¿Cómo ponerle jueces a la imaginación creadora? ¿Quién diablo puede erigirse árbitro de la poesía o la música? Pero esas obras son sometidas a un jurado inmanejable e implacable: el público, los lectores. No a tres árbitros que por lo general son mis colegas, si no mis panas. Las traducciones a otras lenguas, la inclusión en antologías nacionales o latinoamericanas, los premios obtenidos, nada de eso vale a la hora de evaluar, si es que lo hacen, la obra creativa. Pero no se le ignora del todo; se le coloca por debajo de la guía escolar de la unidad II de Metodología I.

No estoy hablando del valor que al trabajo creador le da la CTV o la aduana de La Guaira, sino la misma Alma Mater, cuyo principio rector es "afianzar los valores trascendentales del hombre" y cuya ley le define como una "comunidad de intereses espirituales". Y nada, incluso hasta la dimensión de lo sublime, eleva más el espíritu humano que el arte, esa "Itaca de verde eternidad", que dijera Borges. Ese "río interminable".

La universidad repite pero honra poco el Credo de Aquiles Nazoa, la más bella exaltación a los poderes creadores del pueblo. Al Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico suele olvidársele lo de "humanístico", a la luz y sombra de sus baremos. Podría la Facultad de Humanidades hacer valer el trabajo creador, pero mi Facultad hace rato está pidiendo un electroshock. Incluso en ella, los creadores empiezan a ser vistos como atractivos turísticos o con "académica" curiosidad paleontológica.

Esto no le hace el menor daño al arte ni al artista. Pero sí a la universidad que pretende vencer las sombras echando sombra a las obras del espíritu. Estas, para que surjan, exigen la difícil y nada común confluencia de talento, imaginación creadora y trabajo, mucho trabajo. Si no lo creen, inténtenlo.


El Nacional On-line, 12 de enero de 1999



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