Un nuevo estilo de Gobernar

Guido Grooscors

Quienes hemos estado familiarizados con las formas tradicionales de comportarse de los hombres de Estado en nuestro país, durante los últimos cuarenta años, período que abarca la época de vigencia de la llamada democracia representativa, vemos con explicable interés los anuncios que dan cuenta de la conducta pública que asumirán los nuevos altos funcionarios que iniciarán su gestión a partir del 2 de febrero del presente año, fecha en la que comienza a contarse el quinquenio presidencial 1999 – 2004.

Todo parece indicar que se adoptará un nuevo estilo de gobernar que consistirá básicamente, de acuerdo a lo exteriorizado por calificados voceros del entrante régimen, en la movilización continua de la población, si no toda grandes sectores de ella, para respaldar las políticas adoptadas o por adoptarse por parte del gobierno. O sea una especie de "revolución permanente", tal como ha ocurrido en otros países con resultados no siempre exitosos.

El arte de gobernar conoce las más disímiles formas de mantener la relación que necesariamente debe existir entre gobernantes y gobernados. Entre ellas cabe mencionar la distinción entre democracia y autocracia, respetuosa la primera de las libertades públicas así como de los derechos fundamentales que consagra el correspondiente instrumento constitucional que se haya dictado conforme al estado de derecho. En tanto que en la autocracia la voluntad popular se encuentra subordinada a las políticas que traza el gobierno sin tomar en cuenta las limitaciones que fija el ordenamiento legal, en el régimen democrático la regla consiste en actuar de acuerdo a la Constitución y las leyes vigentes.

Por supuesto, las autocracias, de cara a la opinión pública, tanto en lo interno como en lo internacional, procuran presentarse como regímenes que disfrutan de apoyo popular, a cuyos efectos la demagogia y el populismo son dos de los recursos a los que acude reiteradamente el autócrata, con acierto la mayor parte de las veces. Véase si no, lo que ocurre en nuestro continente: en la generalidad de los foros internacionales se oye decir que América, salvo una excepción, bien conocida por lo demás, es tierra ganada para la democracia, siendo que es evidente que no todos los gobiernos de nuestros países presentarían con éxito un examen en ese terreno. Baste señalar, a ese respecto, la gestión que cumplen, en el ámbito interamericano, los órganos especializados de la Organización de los Estados Americanos en el campo de los derechos humanos, cuyas actuaciones son la mejor demostración de que aún subsisten en varios de los gobiernos establecidos, políticas que afectan el libre ejercicio de los derechos fundamentales del hombre.

La verdad sea dicha, los comentarios precedentes no pretenden identificar al nuevo régimen con una determinada forma de gobierno. Sin embargo, el lenguaje de algunos de sus más calificados personeros, es confuso y contradictorio. En ocasiones se muestran plenamente identificados con el ideario democrático, lo cual es plausible, pero igualmente utilizan expresiones agresivas para quienes discrepan de sus puntos de vista, lo cual hace temer fundadamente que la intolerancia está por instalarse en las sedes de la administración. De ocurrir esto último nada beneficioso puede esperar el país. Así como es imposible gobernar bajo un clima de revolución permanente, de masas en la calle todo el tiempo, así mismo resulta negativo que los asuntos públicos se conduzcan bajo criterios distintos a los de la sensatez, la prudencia, la tolerancia y el buen juicio, que forman parte del arsenal mental con el que debe apertrecharse todo gobernante, en particular quien haya sido escogido para dirigir una sociedad democrática.



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