El eterno retorno

Samuel Sotillo Hermoso*

Los antecedentes.

Hace ya algunos años, al poco tiempo de fallecido El Benemérito, General J. V. Gómez, se inició en nuestro país un debate en torno a la necesidad de convocar una Asamblea Constituyente, con el fin de garantizar el paso definitivo de nuestro país a la modernidad. Los promotores de la idea eran, mayoritariamente, jóvenes idealistas pertenecientes a la llamada Generación del 28. Para ellos, los tímidos intentos de democratización promovidos por el Gral. López Contreras después de la muerte de Gómez, no eran suficientes. Su negativa a una Asamblea Constituyente en 1936 y su decisión de rehacer la Constitución de forma vertical e inconsulta ese mismo año, les parecía una clara evidencia de la poca disposición del régimen a modernizarse, a la apertura. Seguir la vía legalista, en respeto al Estado de Derecho del régimen, se les antojaba lento e inseguro. Aún cuando el sucesor de López Contreras, el Gral. Isaías Medina Angarita, al llegar a la presidencia motoriza una serie de reformas encaminadas a profundizar todavía más ese proceso de apertura democrática, aún así, las nuevas generaciones consideraban que tales reformas seguían siendo tímidas e insuficientes. Es por ello que, justo en la víspera de unas elecciones que seguramente ganaría el candidato oficial, los nuevos actores políticos deciden no aguardar más y lanzarse al ruedo. El resultado de su acción fue el golpe de estado del 18 de Octubre de 1945, mejor conocida como la Revolución de Octubre venezolana. Con ello logran finalmente hacerse del poder, para consumar sus aspiraciones democráticas de una forma radical y definitiva; aún cuando aún lleven de muletilla elementos del viejo orden (la Junta Revolucionaria creada era de carácter cívico-militar).

El proceso de democratización que siguió a la caída de Medina, liderado fundamentalmente por Rómulo Betancourt y sus compañeros del Partido Revolucionario y Popular Acción Democrática, se inició precisamente con el llamado a una Asamblea Constituyente. Bajo la consigna de que con el nuevo gobierno provisional "la nueva Venezuela" estaría llamada a hacer historia, se convocó dicha Asamblea. Por primera vez en la historia, el 17 de Octubre de 1946, los venezolanos iban a las urnas a escoger, por medio del sufragio universal y secreto, a sus Constituyentes. Los resultados no fueron sorpresa: AD obtuvo el 86% de los escaños; COPEI, URD y el PCV el restante 14%. La nueva Constitución fue terminada y aprobada en Julio de 1947, luego se procedió al llamado a elecciones para escoger los representantes de los diferentes poderes públicos. El resto es historia.

El análisis

Estamos en 1999, varias décadas por delante de aquel proceso que devino en la primera Asamblea Constituyente de nuestra historia contemporánea. Varios aspectos llaman la atención en torno al proceso ya pasado y ese que hoy nos conduce a la que será (ya casi inevitablemente) la segunda Asamblea Constituyente del siglo.

El primero es el cambio generacional. Hoy vivimos un dilema generacional, similar al que se diera en las décadas de los 20 y 30 del presente siglo. Las instituciones y el liderazgo del viejo régimen están bajo severo cuestionamiento; nadie parece creer ya en su probidad y efectividad. En definitiva, el hecho es que las nuevas generaciones, del mismo modo como lo hicieran las hoy ya viejas en su momento, están cansadas de ser simples espectadores y desean entrar también al ruedo. Es realmente curioso, que gran parte de nuestro devenir histórico consista en el enfrentamiento frontal entre una generación caduca y otra emergente. Es curioso también, que la tónica de dicho enfrentamiento, es violenta o no en función de qué tanto se resista la vieja guardia a ceder privilegios, o que tanta ambición tenga la nueva por alcanzarlos.

Otro aspecto a revisar, es lo concerniente a los métodos utilizados. Podemos ver de nuevo, que existen muchos puntos de coincidencia en los métodos utilizados por ambas generaciones, en ambos procesos. La Generación del 28 entró a la historia a raíz de una intentona frustrada en contra del Gral. J. V. Gómez, en el año de 1928. Posteriormente, fue protagonista de todo el proceso que culminó con la Revolución de Octubre, con el definitivo derrocamiento del viejo orden caduco y el inicio del nuevo. Claro está, fue un triunfo pasajero, de cuyos errores aprenderían, para finalmente alcanzar el poder, y con él el orden deseado ("el nuevo país") en 1958. No analizaremos en esta oportunidad ese otro proceso vivido once años después de la Asamblea Constituyente de 1947, ya habrá oportunidad para ello. Nos interesa sólo resaltar las coincidencias entre la atmósfera existente entre 1928 y 1947, y la que hoy vivimos, que como puede verse son muchas (una generación joven que se rebela y trata de romper, por todos los medios, las barreras que la vieja generación le impone).

Un último aspecto es el relativo a la hegemonía de un grupo sobre el proceso, que saca a relucir esa constante de nuestra historia política, como lo es el mesianismo o el liderazgo mesiánico. El grupo hegemónico del proceso fue el que surgió entorno a la figura de un nuevo mesías político, Rómulo Betancourt, y su partido Acción Democrática. Prueba de ello son los resultados de las elecciones de los miembros a la Asamblea del 47; el 86% de las plazas las obtuvo este partido. Adicionalmente, este grupo conformaba el gobierno revolucionario provisional, junto a la camarilla de militares que lideraba el entonces Teniente Coronel Marcos Pérez Jiménez. Son muchas las historias en torno a los excesos de dicho grupo, en su esfuerzo por mantener el orden recién impuesto, su hegemonía. La cual, sin embargo, no debe confundirse con falta absoluta de pluralidad de ideas, ya que entorno a la figura de Betancourt y su partido orbitaban multitud de individuos de carácter independiente y de excelente formación y bagaje culturales. Aquí encontramos, nuevamente, una evidente similitud de circunstancias entre el celo revolucionario obsesivo de un joven líder y su camarilla, en el pasado, y aquel que se manifiesta actualmente en la figura del Comandante Chávez y su partido, el MVR.

Las conclusiones

Existe la tesis de que ir a una Asamblea Constituyente es un salto al pasado, a métodos de lucha y transformación sociales obsoletos, que en nada resuelven la verdadera problemática del país. Quienes sostienen esta tesis, afirman que en casi 200 años de vida republicana hemos tenido equis número de Constituciones, ene número de Constituyentes y eme número de golpes, intentonas y revoluciones, a pesar de lo cual no hemos sido capaces de resolver el problema fundamental, que no es otro que garantizar la estabilidad y el bienestar para todos. Afirman que con sólo una Constitución (en realidad dos) los Estados Unidos de Norteamérica han podido resolver su dilema existencial como nación, de una forma positivamente civilizada.

Podemos estar de acuerdo en el hecho irrefutable de que las convulsiones y los cambios de timón han sido una constante lamentable de nuestra historia; sin embargo, es estúpido renegar de esa realidad histórica que refleja nuestra idiosincrasia, la manera como enfrentamos nuestra realidad. Mientras otras culturas quizá logren resolver sus conflictos generacionales de una forma civilizada; es decir, donde la vieja generación cede sus privilegios a la nueva de forma pacífica, la regla en nuestra historia ha sido lo opuesto, la vieja generación se fortifica en el presente, negándole el paso a la nueva que busca un mejor futuro. Es casi imposible evitar que el enfrentamiento se dé, y en forma violenta.

Es imperante que, en medio del proceso que se avecina, todos pongamos de nuestra parte y nos esforcemos por entender nuestro carácter particular, aquello que nos induce a actuar de un modo y no de otro, y que nos aceptemos. Claro, lo que se busque con ese proceso de autoaceptación no debe ser la institucionalización del bochinche; pero no hay duda de que hay la necesidad de asumirlo, como paso previo para superarlo. Lo inevitable es el hecho de que cada cultura tiene sus propios valores y prejuicios, su propia forma de asumir su realidad; quizá más adelante en el futuro, gracias al proceso global que hoy vivimos, esas diferencias se reduzcan significativamente; pero lo cierto es que aún persisten.

En conclusión, vivimos un proceso similar al sufrido por la generación (1) previa a la nuestra, que culminó (parcialmente) con la Asamblea Constituyente del 47. Ello no debe verse como un salto al pasado, sino como una prueba fehaciente de que la labor realizada por aquella generación aún en el poder, no logró su objetivo, que no era otro que el de garantizar a la nueva un presente digno y adecuado a sus expectativas, a partir del cual ésta pudiera crearse su propio futuro. En tales circunstancias, se ve en la necesidad de forzarla por sí misma, como lo hicieran aquellos antes.

Esperemos que el proceso de creación del "nuevo país" hoy en marcha, siga siendo tan pacífico y progresista como hasta ahora, y que el retorno de la lucha generacional a nuestra realidad, no se dé al caletre.

 

*E-Mail: Ssotillo@uc.edu.ve

(1) En términos estrictos, entre 1928 y la actualidad, hay tres generaciones; sin embargo, para el autor, la generación intermedia vivió bajo la sombra complaciente de la anterior, porque si bien no fue artífice ideológico del proceso, si acompañó a dicha generación en su creación. Entre 1928 y 1992, existe toda una generación vacía de ideales, que no supo asumir su rol y que prefirió en cambio vivir bajo el cómodo mecenazgo de los padres de la democracia.



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