Valor de la Esperanza

En sus recorridos por las calles de la ciudad, el Papa Juan Pablo II ha recibido el cariño franco y desinteresado de nuestro pueblo, el cual sabe expresarse y entregarse sin reticencias cuando siente que alguien le habla con la verdad y busca el remedio para los muchos males de nuestra sociedad y, sobre todo, de sus miembros más desamparados. El pueblo no responde a la propaganda, a veces desorbitada, de quienes usan la visita del Pontífice para sus objetivos particulares, sino que expresa un sentimiento de júbilo social muchos años reprimido, ante la falta de ocasiones justas en las cuales expresarlo. Quienes aclamaron hasta el éxtasis al visitante regresarán mañana a sus actividades cotidianas y tal vez se conviertan en mejores seres humanos, mas la vida volverá a la normalidad y tal vez no haya otra ocasión para estos entusiasmos sino hasta que ocurra otra visita similar.

Al conversar con los enfermos más graves en el Hospital Adolfo López Mateos, del ISSSTE, el Papa cumplió una de las funciones sociales que justifican la existencia de la religión organizada: dar consuelo y esperanza a los desahuciados. Pero es necesario que toda esta energía social se pueda encauzar hacia una función que rinda beneficios más tangibles y duraderos al común de las personas. Esa capacidad de movilización y de cooperación rendiría magníficos resultados si se dirigiese hacia actividades de superación de nuestra calidad de vida, de proteger el ambiente, de alivio a los desamparados.

El Papa ha demostrado que esa chispa existe, y que se puede encender apelando a la buena fe y a la esperanza que se niega a morir entre todos los grupos sociales. La fe de los mexicanos es una fuerza social imponente. Cada año mueve a cientos de miles de peregrinos y los convence de hacer sacrificios notables. Esta energía puede ser usada también para acabar con la miseria y otros males.


Excelsior (México), 25 de enero 1999

 



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