En blanco y negro

La otra violencia

De cada 5 muertes violentas en Colombia, solo una la genera el conflicto armado. ¿Qué se está haciendo para conjurar las otras causas de más de 25.000 muertes violentas por año?

Juan Lozano

Si en una expedición al reino de la utopía supusiéramos que mañana se firmara la paz definitiva entre el Gobierno, las Farc, el Eln y los paramilitares, todavía nos quedarían más de 20.000 muertes violentas por año en nuestro país.

Así de dramático. Muertes anónimas. Muertes cotidianas. Muertes callejeras. Muertes sin prensa, ni micrófonos, ni imágenes televisadas. Muertes NN. Muertes, muertes, muertes por doquier, a lo largo y ancho del país, en las zonas cálidas y en las gélidas, en los bares, en las tabernas, en las calles y en los parques. Muertes aquí y allá. Muertes causadas por la delincuencia común, por el licor, por las angustias, por el maltrato familiar, por los automóviles fantasmas, por los pistoleros anónimos, por los aspirantes de bóxer, por los sicarios desempleados, por las vendetas, por los ajustes de cuentas, por el despecho, por el maldito dinero...

Muertes, por millares, muertes y suicidios, dentro de una cultura que abandonó, hace rato, el valor de la vida como derecho supremo de los seres humanos y que se acostumbró a socializar y a dirimir sus diferencias -las grandes y las pequeñas- a punta de garrote, a punta de fuerza, a punta de plomo.

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Con esto en mente, más allá de los esfuerzos por construir unos escenarios adecuados para avanzar en los diálogos de paz y consolidar un camino de negociación política para resolver el conflicto armado con guerrilleros y paramilitares, es indispensable que se diseñe y ejecute una estrategia integral contra la violencia en nuestro país.

Y no se trata de restar importancia a los esfuerzos para silenciar los fusiles de las Farc, los del Eln, los de los paramilitares y los del propio Estado. No. Estos esfuerzos son trascendentales... pero son insuficientes. Desde el evento de San Vicente del Caguán, han muerto violentamente cerca de 1.000 personas cuyas muertes no fueron causadas ni por la guerrilla, ni por los paramilitares, ni por las Fuerzas Armadas. Los camiones de Medicina legal que recogen cadáveres en las grandes ciudades colombianas los sábados por las mañanas regresan a las morgues con cupo completo para iniciar recorridos adicionales en busca de más difuntos. Los comisarios e inspectores de Policía no dan abasto con los levantamientos de cadáveres. Los fabricantes de ataúdes siguen comprando maderas y las funerarias inaugurando salas de velación.

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Una estrategia contra la violencia enmarcada dentro de un empeño de seguridad ciudadana y respeto a los derechos fundamentales de los seres humanos, no depende de las mesas de La Machaca. No depende del 'Mono Jojoy', ni de Carlos Castaño, ni de Fabio Valencia, ni de Víctor G. Por eso, su diseño debería emprenderse ya.

Depende del sistema y de la comunidad educativa, de las redes de bienestar familiar, de las leyes zanahorias, de la pedagogía de la tolerancia, de los planes de desarme, de los medios de comunicación, de las medidas de equidad, de los planes comunitarios de seguridad -al buen estilo de los que ha emprendido la Policía de Bogotá-. Depende de las comisarías de familia, de las casas de la justicia, en fin...

Desde esta óptica deberían analizarse capítulos completos del Plan de Desarrollo para darles prioridad a ciertas inversiones y a determinadas líneas de acción gubernamental y desde esta óptica, también, cruzándola con variables sobre la efectividad en la prestación de los servicios, deberían ejercerse las facultades para la reforma del Estado.

De lo contrario, si no empezamos ya a concertar y definir una estrategia integral contra la violencia, así firmáramos y refirmáramos la paz con todo y retratos victoriosos y abrazos de emoción, nuestros compatriotas, entre gritos de dolor, seguirían cayendo en las calles de Colombia de manera inmisericorde, implacable y brutal.

Coletilla sobre Gabo

Se ha vuelto costumbre en ciertos sectores responsables del caos que vive el país, emprender una sucesión de diatribas contra Gabo, porque no fue obsecuente con un gobierno corrompido, porque no tranzó sus principios por una licencia para un noticiero y porque no se sumó a una séquito palaciego de adulaciones y cabezas agachadas.

Gabo sigue siendo el más grande escritor vivo en nuestra lengua y un caracterizado embajador de la Colombia buena, vital y noble que todos esperamos, algún día, poder recuperar.


El Tiempo (Colombia), 25 de enero de 1999

 



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