El tiempo corrosivo

Antonio Cova

Las cosas duran... hasta que se acaban, se ha pensado tantas veces, que muchas veces uno no se para a pensar que cuando comenzaron nadie creía que, por fin, acabarían. Así, ¿Quién podría imaginar cuándo finalmente se dicta la sentencia de un divorcio liberador, que alguna vez esa pareja se juró amor eterno? ¿Quién, cuando cambia un canal que le harta, recuerda que una vez corría a encenderlo al oír esa música, esa palabra? Y más cerca de nosotros, ¿imaginó alguna vez Carlos Melo, el hombre de los golpes, que sería un manifestante "patriótico'' quien le propinaría unos cuantos, mientras otro le lanzaría un botellazo, al tiempo que otro chavista le llamaría "oportunista''como cualquier adeco o copeyano de los hoy detestados? El tiempo, ese mismo que transcurre inexorable, es el autor de tales resultados. El tiempo genera amnesias y también desilusiones, que rápido concluyen en desengaños. En otras palabras, el tiempo corroe las mejores esperanzas y envenena las más cálidas emociones, por eso es un corrosivo.

Según el Drae, corroer significa que "una cosa se va desgastando lentamente, como royéndola''. En Venezuela, quizás por el clima tropical, ese proceso no es lento, sino que a veces se da de un día para otro. Y es que, posiblemente por el mismo efecto tropical, las ilusiones en Venezuela se inflan de un modo que no hay quien las pueda saciar y menos que nadie un gobierno sin plata y con deudas.

¿Dónde corroe el tiempo?

En uno de sus ya típicos discursos, el presidente Chávez habló, como quien no quiere la cosa, de que "el pueblo diría por cuánto tiempo permanecería él en la jefatura del Estado'', porque al momento "él tiene la pelota'', quizás sin darse mucha cuenta de que para que un juego no se paralice, pues ni modo, la pelota va y viene: unas veces estará en manos de Chávez y otras en manos de los demás... hasta que el pueblo decida quedársela a él.

El problema estriba en ¿cómo sabe uno lo que el pueblo piensa? Ha sido tan usual que quienes deben responderle a ese pueblo se hagan los locos, con el alegato de que es que la gente realmente no sabe lo que le conviene, que no veo cómo el chavismo escapará a ese peligro.

En cualquier caso, la historia reciente de Venezuela (me refiero a los últimos 100 años) sólo tiene un caso en el que el Presidente quiso quedarse corrido por otros cinco años y tan confiado estaba de que lo hacía de maravillas, que inventó un plesbiscito que le llevó a la tumba política. ¿Saldría mejor parado su protector actual, en caso de que se le ocurriera repetir la hazaña de Marcos Pérez Jiménez?

Pero, en fin, ¿dónde es que el tiempo corroe con más fuerza? Creo que en las expectativas, eso que los políticos han pedido en préstamo a la religión cristiana: las esperanzas. Al comienzo de un gobierno, y de uno como el que se inicia con más razón, ellas son inmensas. Como todo se espera, muy pocos advierten que lo abultado de lo esperado no se corresponde con lo mermado de los recursos y que quiérase lo que se quiera, el asunto de en qué manos estará su realización es una cuestión crucial.

Los venezolanos creen que basta con la buena voluntad y la supuesta incorruptibilidad. Ello me recuerda cuando el rey español Felipe II con gran dispendio estructuró su Armada Invencible, flota impresionante en tamaño y capacidad bélica, no se le ocurrió nada mejor que poner a su cabeza al Duque de Medina Sidonia, Grande de España, quien por cierto se mareó apenas puso pie en la nave capitana: jamás había estado en un barco!... pero era Grande de España. Lo insólito no fue eso, sino que, como era de esperarse, cuando aquella aventura contra Inglaterra terminó en el más estruendoso fracaso, el rey Felipe tuvo el brío de decir que él había mandado a esa Armada a luchar contra los ingleses, ¡No contra el mal tiempo! Sin siquiera pestañear por haber mandado a esa lucha a miles de hombres bajo el comando de un incompetente contumaz. Por lo que parece hemos aprendido bien poco...

Pero el asunto tiene que ver también con la variedad de las diversas expectativas. Así, por ejemplo, ¿qué espera Mayz Vallenilla de este período de gobierno? ¿Lo mismo que espera Pablo Medina? El nuevo Ministro de Agricultura ¿es el hombre de un gobierno popular? Y el neo-converso Ricardo Combellas ¿es del mismo parecer que Angela Zago acerca de la Constituyente? Se me dirá que eso es una muestra de la amplitud del nuevo Presidente que los nombró y yo replicaré que también es una peligrosa trampa: cada uno de los convocados "a colaborar'' lo hace en el supuesto de que le van a tomar en cuenta y a satisfacer sus expectativas y allí comienza el lío.

Rasgos y caracter de las expectativas

Además de la variedad de esas expectativas, que tiene que ver con el origen diverso de las mismas, hay un asunto de urgencias. En efecto, para quien tiene que montar la olla con la satisfacción de ellas, la premura y la presión que de ella se deriva es inmensa. Para quien es un ejercicio intelectual, no. ¿Son al azar los temores de algunos de que la Constituyente se convierta en una "asamblea de sabios''? ¿Lo son los temores de otros de que ella devenga en una periquera salvaje, donde las pasiones se enciendan con facilidad y cambien de sentido con el menor soplo?

Las expectativas, además, tienen la peligrosa costumbre de venir en cadena: una lleva a la otra y así sucesivamente. Por ello, un grupo atendido, inmediatamente hala a otros y una expectativa saciada prontamente genera otra y otra y otra, tanto que parece un mar de oleaje infatigable. Proporcionar becas lleva a proporcionar estudios, que lleva a pedir institutos especializados, que provoca búsqueda de profesores aptos y así hasta quién sabe dónde.

Al lado de esto la gente se va acostumbrando a creer que el Gobierno es inexhaustible y que su paciencia no tiene límites. Como todo el mundo sabe, además, no hay peor furia que la de un demandante que se cree con derecho a esperarlo todo y en algún momento debe recibir un "no hay''. Quizás el peor asunto de las expectativas, sin embargo, sea el que se van tornando inesperadas. Me explico, cada vez más la gente sabe que no serán satisfechas y consecuencialmente quien las emita será considerado un fraude. Las esperanzas, entonces, se alejarán en la nebulosa del tiempo y con ella la legitimidad de un gobierno cuya fuerza se basó, exclusivamente, en esas expectativas que ahora no puede cumplir. En otras palabras, al prometer demasiado (o como en el presente caso, al dejar que la gente creyese lo que nunca se le dijo contundentemente, pero tampoco jamás se le negó con fuerza) las expectativas no atendidas se convertirán en "cuchillo (o bayoneta, si prefieren) pa su pescuezo''.

Para la difícil situación venezolana el peor arsénico no es la oposición política, no. Lo peor es la incontinencia verbal del Presidente electo y los excesos (televisables) de sus ardientes seguidores. Son, pues, Hugo y sus "hugonotes'' quienes cometen "hara kiri'', por ello no deberían quejarse de sus consecuencias.


Economía Hoy, 25 de enero de 1999



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