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| Bajo los castillos de palabras Diego Bautista Urbaneja Por debajo de los castillos de palabras que se están elevando sobre el tema de la constituyente anidan sencillas intenciones políticas. Salir de AD y Copei Una de ellas es terminar de 'salir' de AD y Copei. Compartida en este momento por la mayoría del país, es la que da a la constituyente el respaldo popular del que goza. La mayoría ha venido a ver en la constituyente el instrumento para rematar el declive de AD y Copei como fuerzas políticas predominantes. Esa mayoría no sabe bien lo que es una constituyente. Lo que sí cree saber es que gracias a ella 'saldremos de los adecos y los copeyanos'. Es a ese simple deseo que responden los índices de apoyo que los sondeos dan a la constituyente. Es sobre él que posteriormente se han montado, según entiendo, talleres y campañas de explicación para que la gente se entere de lo que es esa constituyente que dice respaldar. Es también a partir de ese respaldo, que hace de la constituyente un hecho irreversible, que sectores e individualidades que queremos que la constituyente sea la ocasión de un avance en el grado en que este país se conozca a sí mismo y se proyecte hacia el futuro, estamos haciendo lo posible para que la constituyente sea lo que debería ser: Un proceso donde se perfile un común proyecto de futuro. Eso requiere tiempo para que las múltiples perspectivas concurran, se difundan, se debatan, se integren. Proyecto de poder Pero esto del tiempo choca con otra de esas intenciones que están debajo de la hojarasca. La de hacer de la constituyente el instrumento de un proyecto de poder muy concreto. El proyecto de poder de los recientes triunfadores. Esto, al contrario de lo anterior, requiere prisa. Ese proyecto de poder está basado en la popularidad de Chávez y todos sabemos lo efímera que es la popularidad. Dentro de dos semanas el nuevo gobierno va a estar enredado en la maraña institucional, fiscal, económica, social y comunicacional que constituye a este país. Obligado a hacer casi lo mismo que cualquier otro hubiera tenido que hacer, con dosis muy parecidas de eficiencia. Así que necesita batir la constituyente con prisa y con energía, para que no se le pasme esa bandera. Primero, como forma de mantener en alto esa popularidad que nadie sabe cuánto dure por sí misma. Segundo, como forma de ir a una constituyente donde tenga mayoría y poder poner en pie un nuevo y ventajoso conjunto de 'poderes constituidos'. Entre quienes queremos ir a una constituyente, la gran línea divisoria es esa: de un lado, los que queremos que produzca un proyecto común de futuro, y del otro los que quieren que sirva a un muy concreto designio de poder. La mejor señal para saber quién está de un lado y quién del otro es el tiempo que está dispuesto a darle al proceso constituyente, para su desarrollo y fructificación. Que baile solo Una tercera intención es la de entorpecer, retardar, enredar, el tema con el único objetivo de ganar tiempo, dar ocasión a que el Gobierno pase unos cuantos meses en la mera tarea de gobernar, bailando solo, sin el conteo de protección de la constituyente, para que muestre lo que vale como tal gobierno, que muchos presumen no será gran cosa, por decir lo menos. El principal protagonista de esta vertiente es AD, claro está. Las dos preguntas del referéndum Decíamos que es sobre estas intenciones que se desarrollan esos debates donde pululan razonamientos jurídicos y de filosofía política de todas las calidades imaginables. Juristas y académicos respetables intervienen con la mejor buena fe, fortaleciendo la posición que les parece correcta, posiblemente ajenos a las intenciones de quienes la sustentan en la arena política. Toda esa esgrima se desarrolla contra el telón de fondo de un deseo mayoritario de ir a una asamblea constituyente, deseo que en el corto plazo no parece modificable, así como de la decisión de Chávez de no dejar pasar ese corto plazo sin convocar el referéndum sobre la asamblea. Las intenciones contrapuestas han centrado la polémica en el tema de si la constituyente requiere o no previa reforma constitucional. Para mí están claras dos cosas. Primero, que ir a la asamblea constituyente sin reformar previamente la Constitución de 1961 es romper el hilo constitucional, es dejar de lado la Constitución vigente. Como dice Combellas, 'la constituyente originaria parte de un rompimiento del Estado de derecho'. Segundo, que el soberano, el pueblo, puede decidir llevar a cabo tal ruptura. Pero sólo el soberano (lo otro es un simple golpe de Estado). Preguntémosle pues si quiere hacerlo, si quiere romper el hilo constitucional. Que el referéndum a convocar pregunte ambas cosas, si quiere o no constituyente, y si quiere ir a ella sin reforma previa de la Constitución del 61. Mientras tanto, mientras el país que discute se concentra en esta discusión, las cosas siguen su marcha. Las cuentas son las que son, los problemas muestran su cara de perro, en torno al gobierno entrante los futuros favorecidos tejen sus hilos. email: factor@cantv.net
El Universal Digital, 21 de enero de 1999 |
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