Jeanette Becerra Acosta
Capítulo: III
Hechos del Siglo:
* Están Catalogados Simplemente como "Bajas de Guerra"
* Las Democracias También son Responsables de Exterminio
El que mata a un hombre, es un asesino, el que mata dos millones, es un conquistador, el que mata a todos, es un dios. Jean Rostand
Hablar de estados o regímenes genocidas es una abstracción porque finalmente, quienes deciden el destino de los pueblos son los individuos y grupos de la élite política en un país.
Por tanto, reyes, presidentes, líderes, funcionarios, militares, policías, agentes y esbirros al servicio del poder absoluto, son los responsables directos del exterminio de cientos de millones de seres humanos a lo largo del siglo por concluir.
Las torturas y el genocidio infringidos en casi todos los rincones del planeta durante los últimos 98 años, tienen una identidad específica que no se limita a la definición de Estado o régimen comunista, nacionalista o revolucionario, coinciden los expertos. La desolación y la muerte de casi 203 millones de seres humanos, tienen nombres propios: Josef Stalin, Adolfo Hitler, Mao Tse-tung, el zar Nicolás de Rusia, Pol Pot, Saddam Hussein, Menachem Begin, Francisco Franco, Idi Amin Dada, Jorge Rafael Videla, Augusto Pinochet, el mariscal Josef Broz Tito, Francois y Jean Claude Duvalier, Anastasio Somoza y tantos otros.
Pero también están los millones de civiles inocentes que perecieron durante los enfrentamientos bélicos del siglo, que por estar catalogados como "bajas de guerra" y no como víctimas del genocidio, a partir de la definición contenida en la Convención sobre Prevención y Castigo de Delitos de Genocidio de la ONU, quedan fuera de las estadísticas oficiales.
Sin embargo, el investigador R.J. Rummel, precisa que si se sumaran todas las "bajas de guerra", asesinados indiscriminadamente y de los que perecieron bajo el terror de tiranos que ordenaron el exterminio de un grupo en particular por su raza, religión o etnias, tal y como lo establece la Convención, la cifra del total de las víctimas inocentes del poder en lo que va del siglo podría alcanzar 300 millones de muertos.
Aunque la mayoría de los genocidios, como tales, fueron perpetrados por regímenes totalitarios o absolutistas, las llamadas democracias también son responsables del exterminio masivo de los civiles que sucumbieron bajo los bombardeos sobre Alemania y Japón durante la II Guerra Mundial; en Filipinas durante el sangriento proceso de colonización impuesto por Estados Unidos a principios de siglo; por hambrunas como la que infringió Gran Bretaña en Levante hace más de ocho décadas o en Hirosima y Nagasaki, donde se utilizó por primera vez la bomba atómica por órdenes del Presidente Harry Salomon Truman.
En su libro "Muerte por el gobierno", Rummel define a estas "bajas de guerra" como víctimas del "democidio" o muertes de pueblos que perecieron durante las guerras de las democracias contra los poderes totalitarios o absolutistas y recuerda los cientos de miles de muertos en los campos de concentración británicos en Africa del Sur durante la guerra de Boar; las atrocidades que cometió Estados Unidos en Vietnam y las no menos sangrientas matanzas perpetradas por los franceses durante su intervención en Algeria.
"Los asesinatos de nacionales y extranjeros a manos de las democracias -agrega-, parecerían violar el principio del poder, pero en realidad subrayan ya que en cada caso, las muertes se infringieron en secreto, encubiert a por engaños deliberados por parte de las agencias que operaban bajo las órdenes de quienes detentaban el poder. Todo ello ocurrió escudado tras una estricta censura a la prensa y el control a los periodistas".
Ejemplifica que aun los bombardeos indiscriminados de las fuerzas británicas contra ciudades alemanas durante la II Guerra Mundial, fueron disfrazados ante la Cámara de los Comunes y los medios de difusión, a quienes se les hizo creer que eran ataques contra blancos militares germanos cuando en realidad la estrategia general de la política de bombardeos era atacar centros de trabajo y viviendas de civiles.
Casos paralelos más recientes, son sin lugar a dudas los ataques aéreos británicos y estadunidenses contra la población civil iraquí y los bombardeos ordenados por el presidente George Bush sobre Panamá con el único objetivo -justificó en su momento- de aprehender al general Manuel Antonio Noriega, acusado en Estados Unidos de narcotráfico.
Asimismo, Rummel afirma que donde existe el poder absoluto -aun en países bajo regímenes democráticos- los intereses se polarizan y se desarrolla una cultura de violencia que indudablemente resulta en la guerra y el democidio.
Sobre el particular, precisa que alrededor de 90 por ciento de las muertes de civiles en países democráticos en lo que va del siglo, ocurrieron en la "marginalmente democrática" España de Franco, durante la guerra civil entre 1936 y 1939; en Perú contra la guerrilla "Sendero Luminoso" y en la India en la década de los cuarenta c l las sangrientas matanzas de musulmanes e indios, principalmente en las provincias de Bengala y Punjab.
"En síntesis, democidio es el asesinato intencional de personas desarmadas por agentes de un gobierno que actúan bajo su capacidad de autoridad y en acatamiento de las políticas gubernamentales o del alto mando. También lo es cuando un gobierno promueve e ignora las ejecuciones que se llevan al cabo extraoficialmente por grupos privados como los escuadrones de la muerte en El Salvador y en Guatemala".
Genocidas menores
Aunque los expertos reconocen que una vida humana no tiene precio, la magnitud de los procesos de exterminio deliberado ocurridos a lo largo del siglo XX y el elevado número de muertos, resultó en una inevitable jerarquización estadística de los genocidios, dividida actualmente en cuatro categorías principales:
Los "mega-genocidas": la ex Unión Soviética, China y la Alemania nazi, responsables del exterminio de más de 150 millones de personas; los "genocidas menores": siete gobiernos con un saldo de alrededor de 22 millones de muertos en conjunto; los "sospechosos": Corea del Norte, México y la Rusia zarista con 4 millones 145 mil víctimas, y los "centiasesinos", acusados de asesinar a menos de un millón de personas, como es el caso de Israel, que desde 1948 dio cuenta de miles de palestinos en matanzas como las de Shabra y Chatila, hace 16 años.
Los llamados "genocidas menores", incluyen a Japón, Camboya, Turquía, Vietnam, Polonia, Pakistán y la Yugoslavia de Tito. Sin embargo, para los expertos, las masacres más brutales y sangrientas en esta categoría durante el siglo, fueron perpetradas por Pol Pot y el Khemer Rouge contra más de dos millones de indefensos civiles, y el genocidio de más de un millón de armenios a manos de los turcos en 1915.
Camboya : un genocidio sin paralelo
Con la promesa de que serían reubicados en aldeas nuevas, con mejores viviendas y raciones más generosas, los "excedentes" poblacionales en Camboya eran conducidos en camiones a parajes abandonados donde se les ordenaba formar una fila al borde de una zanja recientemente abierta. Amarraban sus codos detrás de la espalda con una cuerda roja y los obligaban a arrodillÁsse...
Después, con un azadón de madera o machete, los soldados asestaban golpes rápidos y certeros en nuca o cuello. Cada soldado ejecutaba de veinte a treinta aldeanos por minuto, con poco ruido y sin gastar municiones", relata Linda Jacobs Altman en su libro "Genocidio, el asesinato sistemático de un pueblo".
La tragedia de Camboya se inició el 17 de abril de 1975 cuando el Khemer Rouge, un grupo de revolucionarios apoyados por Pekín, asaltaron la capital de Phnom Penh. La llegada al poder de Pol Pot y su movimiento ultramaoísta, puso fin a la sangrienta guerra civil iniciada hacía cinco años contra el gobierno anticomunista del general Lon Nol, así como de otra facción comunista pro Vietnam. Pero otra guerra, mucho más violenta, intensa y brutal se desató contra el pueblo camboyano sin imaginar siquiera lo que le esperaba, celebró la llegada del Khemer Rouge a la capital del país. "Nadie sabía bien a bien si eran comunistas, nacionalistas o patriotas. De lo único que estábamos seguros es que eran camÁsyanos como nosotros", relatan los sobrevivientes de uno de los procesos genocidas más atroces del siglo.
El Khemer Rouge, ocultó la existencia del Partido Comunista al que se refería como "Angkar Loeu" (Alta Organización), según reveló un ex militante a Donald M. Seekins, autor del libro "Camboya: estudio de un país". A la cabeza, estaba un pequeño grupo de izquierdistas educados en París bajo el liderazgo de Saloth Sar, que se hacía llamar Pol Pot o el "Khemer Original".
"Igual que Hitler, Pol Pot entendió la importancia del poder de la mentira y de las técnicas que debían aplicarse para lanzar una campaña propagandística que educara a todo un pueblo en las artes de odiar y asesinar", afirma la investigadora Jacobs Altman, quien agrega que como Stalin, el camboyano proyectó la aniquilación de la población campesina, de sus líderes y de cualquiera que no aceptara adaptarse a una existencia espartana colectiva.
Utilizó el genocidio para librar a Camboya de los intelectuales y de la influencia extranjera y establecer una sociedad agraria "purificada" y en el proceso exterminó a 30 por ciento de la población total, es decir a más de dos millones de civiles.
Las grandes mentiras
Adolfo Hitler consideraba que por la "primitiva simplicidad de sus mentes", era más fácil engañar a un pueblo con una gran mentira que con una pequeña. "Frecuentemente ellos mismos dicen mentiritas -declaró el Fuhrer-, porque se sentirían avergonzados de decir una gran mentira".
Así pensaba también el Khemer Rouge y fue con una gran mentira como se inició el genocidio. Cuentan los sobrevivientes que las tropas de Pol Pot entraron a Phom Penh y apremiaron a la población, "casa por casa y calle por calle" a huir porque la ciudad estaba a punto de ser bombardeada por aviones de guerra estadunidenses B-52.
Con la promesa de que tan pronto pasara el peligro podrían regresar a sus casas, la población evacuó la capital con apenas lo indispensable. En unas cuantas horas, Phom Penh era una ciudad fantasma. Cientos de miles de hombres, mujeres y niños huyeron despavoridos hacia un destino del que no retornarían jamás.
Angka había decidido que las ciudades eran una manifestación del mal y debían desaparecer, igual que el dinero, los servicios telefónico y postal, las escuelas, universidades y bibliotecas...
Los campos de muerte
A la caída del general Lon Nol, sucesor del príncipe Norodom Sihanouk, que huyó del país 17 días antes de que entrara el Khemer Rouge a la capital, las tropas gubernamentales se rindieron y cientos de altos oficiales acuartelados en Battambang, aceptaron la invitación de Pol Pot para organizar la bienvenida del depuesto monarca que según les dijo, pronto regresaría del exilio.
Pero nunca llegaron a Phom Penh porque fueron asesinados arteramente cerca del monte Tippadei, en lo que después se llegó a conocer como uno de cientos de "campos de matanzas", donde el régimen camboyano exterminó a millones de civiles y enemigos de la revolución ultramaoísta.
Tras la purga del liderazgo, Pol Pot inició el genocidio de la población civil. "Mantenerlos no representa ningún beneficio; destruirlos no significa una pérdida", decía al pueblo y como Stalin, el Angka Loeu ordenó campañas de exterminio masivo para deshacerse de todo aquel que fuera una amenaza a su poder absoluto. Otros cientos de miles perecieron a causa de hambre, enfermedades y muchos más no lograron sobrevivir a los rigores del trabajo forzado. "Morían por picaduras en la selva; en las fauces de animales salvajes en la selva; se ahogaban en las inundaciones durante las lluvias y otros tantos de malaria", revela el investigador Donald M. Seekins.
El pueblo camboyano también sufrió de presiones psicológicas denominadas "chhoeu sattek" o enfermedades de la memoria. Cualquiera que guardara una fotografía, era acusado de este mal igual que quien faltara al trabajo o manifestara sentimientos de "preocupación", crímenes que se interpretaban como señales de que pensaban demasiado en los viejos tiempos. "Aquellos que presentaban los síntomas de las enfermedades de la memoria, eran enviados a comparecer ante Angka, de donde nunca regresaban".
Además, el Khemer Rouge masacró a grupos completos de lo que denominó "población de sobra" cuya existencia representaba una sangría para los escasos recursos que el régimen invertía en las miserables raciones de alimentos para sus cuasi esclavos.
Cuando llegaba el momento de reducir a la población, Angka ordenaba a los jefes de aldeas entregar listas con los nombres de aquellas personas que llenaban ciertos requisitos, como las familias de los hombres que habían sido reasignados a otros pueblos, los nacidos en ciertas ciudades o quienes tenían nombres más de origen vietnamita que camboyano.
El fin Pol Pot
En enero de 1979, tropas vietnamitas entraron en Phnom Penh; Pol Pot y sus más cercanos colaboradores huyeron a una fortaleza cerca de la frontera con Tailandia, dejando atrás la destrucción de un país y un pueblo que en tan sólo 96 meses se redujo de siete y medio millones de habitantes, a menos de cinco millones. Miles más huyeron al exilio y hoy viven mayoritariamente en Canadá, Australia y Estados Unidos.
"La tragedia de Camboya no se ha superado y no se superará durante muchas generaciones. Millones murieron, una cultura desapareció. Las consecuencias personales de esta tragedia son únicamente comparables al holocausto judío y el Gulag stalinista", declaró en el exilio Pin Yathay, un ingeniero camboyano que logró sobrevivir el genocidio.
Sin embargo, a diferencia del holocausto, un crimen por el que fueron juzgados, condenados a muerte y a cadena perpetua vaaros de los responsables del exterminio de seis millones de judíos, los chacales del Khemer Rouge gozan de total libertad e incluso algunos de ellos, como Ieng Sary, quien comandó un ejército "privado" culpable de genocidio, vive hoy al noroeste del país donde controla la industria minera de piedras preciosas que financió al régimen de Pol Pot.
En 1993, la ONU intervino para que se firmara un acuerdo de paz que propició la celebración de elecciones y hace dos años, el primer ministro Hun Sen, quien por cierto fue comandante del Khemer Rouge durante la época de los "campos de matanza", se comprometió con las Naciones Unidas a apoyar el llamado internacional en favor de que los culpables del genocidio fueran juzgados y castigados.
Pero ahora que Pol Pot está muerto y dos de los dirigentes históricos del Khemer Rouge se entregaron al gobierno de Phnom Penh, a fines del año pasado, el primer ministro no sólo se retractó de su compromiso, sino que los recibió con un "ramo de flores, sin balas y sin un par de cadenas".
Hun Sen afirma que los líderes rebeldes Khieu Samphan y Nuon Chea, no serán juzgados por genocidio por ningún tribunal internacional o camboyano, porque "si los procesamos, no será bueno para la nación; significará retornar a la guerra civil".
Y así, con una simple disculpa, dos de los más crueles genocidas del siglo XX, se libraron, por lo menos durante un tiempo, de pagar por crímenes inimaginables contra la humanidad, especificados como tales en la convención de la ONU. "Naturalmente que nos lamentamos por la vida de las personas y también de los animales, pero lo pasado, pasado", declararon los desertores a su llegada a Phnom Penh, el 28 de diciembre pasado.
Tal vez el capítulo de Camboya no esté cerrado. Amnistía Internacional y otras organizaciones pro derechos humanos en el mundo, así como el Departamento de Estado de Estados Unidos, condenaron la decisión de Hun Sen y exigen que se revoque la ley de amnistía en favor de los criminales de guerra y se les lleve a juicio. Se prevé que en 1999, continúen las presiones y las negociaciones en torno de la cuestión de la impunidad e incluso se habla ya de condicionar la reanudación de la asistencia internacional para el país, a cambio de apoyo del gobierno de Phnom Penh y a la instalación de un tribunal que haga justicia a las víctimas de Pol Pot y a sus descendientes.
El genocidio armenio
Entre los siete "genocidios menores", sobresale el perpetrado por los turcos, a partir de 1915, contra los armenios. A sangre y fuego; torturas y campañas deliberadas de exterminio, cientos de miles, calculados en más de un millón, sucumbieron a manos de la policía de Constantinopla -hoy Estambul-, por considerarlos "una amenaza" para el Imperio Otomán que durante la Primera Guerra Mundial se alió con Alemania en contra de Rusia.
Aunque los armenios vivían entre los turcos en ambos lados de la frontera, no estaban integrados, pues como cristianos que eran en territorio musulmán, hablaban su propia lengua y obedecían a sus costumbres sociales y religiosas.
Para el ministro de Guerra otomán, Enver Pasha, el más poderoso miembro del triunvirato que gobernaba Turquía, la independencia de ese grupo representaba un gran riesgo para la seguridad del imperio, así que con la anuencia de sus cogobernantes, Taalat Pasha y Jemal Pasha (Pasha era un título para denotar el alto rango de oficiales militares o civiles), ordenó el inicio del genocidio el 24 de abril, hace casi 84 años.
Independientemente del odio y del racismo personal que sentía Enver Pasha contra los armenios y aún antes del inicio de su exterminio, la sociedad otomana de la época se manejaba a partir de leyes discriminatorias que colocaban a este grupo étnico y a otros "infieles tolerados" en una posición de desventaja. No estaban autorizados a poseer armas, contraer matrimonio con musulmanes o testificar contra éstos en una corte. A pesar de ello, muchos armenios lograron hacer fortuna y tener cierta influencia con las altas cúpulas del poder imperial.
De acuerdo a Donald E. Miller y Lorna Tournay Miller, en su libro "Sobrevivientes: Una historia oral del genocidio armenio", los turcos ejecutaron primero a los líderes y después a cientos de miles de hombres, mujeres y niños fueron arrastrados fuera de sus casas y obligados a marchar en grandes caravanas. "En el camino, muchos murieron de deshidratación, hambre, cansancio y enfermedad".
Pese a que la técnica de deportación no fue tan sofisticada como las cámaras de gas y los hornos de los nazis, fue igualmente efectiva para destruir vidas humanas, ya que bajo esta política genocida de expulsiones masivas, los turcos lograron deshacerse de alrededor de un millón 200 mil armenios en tres años, eso sin contar los 683,000 asesinados desde principios de siglo hasta el inicio del genocidio en 1915.
En 1918, el triunvirato fue derrotado, pero la muerte para los armenios no terminó con la caída de los Pashas. Cientos de miles más perecieron durante la hambruna registrada entre 1918 y 1920, o a manos de los turcos que clamaban venganza.
Además de las víctimas que sucumbieron al terror del imperio, más de un millón de armenios huyeron del país y se exiliaron en diversos países del mundo en calidad de refugiados. De los millones que vivieron bajo el Imperio Otomán, se estima que quedaron en Turquía apenas unos cien mil...
Por lo que respecta a los criminales de esa guerra, una corte turca sentenció a muerte a Enver, Taalat, Jamal y Nazim (este último encargado de organizar a los escuadrones de la muerte). Sin embargo, la ejecución nunca se llevó a cabo porque el triunvirato logró huir del país. Los mandos medios e inferiores que participaron en las matanzas, también evadieron a la justicia y al poco tiempo se disolvió el tribunal y el caso de los armenios se archivó en el olvido...
(Continuará)
El Excelsior ( México), 31 de enero de 1999