Rousseau, Bolívar y la soberanía popular
"¿Cómo una multitud ciega, que a menudo no sabe lo que quiere, porque rara vez sabe lo que es bueno para ella, ejecutaría por sí mismo una empresa tan grande, tan difícil, como un sistema de legislación?".J.J. Rousseau
Desde la campaña electoral pasada se viene haciendo énfasis en la soberanía popular, un concepto político nada nuevo pues se remonta a 1.762 cuando Juan Jacobo Rousseau escribió su celebre Contrato Social.
Rousseau fue uno de los doctrinarios fundamentales de la Revolución Francesa (1789) a partir de cuyo evento histórico se iniciaron en el mundo los gobiernos democráticos. Pero como ocurre con todos estos teóricos los políticos lo ponen a decir lo que quieren. Por eso puede ser útil, en las circunstancias actuales que vive Venezuela, señalar dos aspectos muy concretos de la doctrina de este autor tan mencionado cuando se apela constantemente al pueblo para cualquier decisión importante.
El primero se refiere a la Ley. La primera gran preocupación de Rousseau fue que la Ley expresara fielmente la voluntad popular. ¿Por qué?. Porque él desea que no sea la voluntad de una sola persona, el rey, quien tenga la última palabra sino la ley como la más alta expresión de la comunidad política. En carta al marqués de Mirabeau le decía: "he aquí entre mis viejas ideas, el gran problema de la política, que yo comparo al de la cuadratura del círculo en geometría. : encontrar una forma de gobierno que ponga la ley por encima del hombre" Ni reyes, ni autócratas quería Rousseau sino un orden jurídico al que estuvieran sometidos, por igual, gobernados y gobernantes. Un regreso a los gobiernos autoritarios no es progreso sino retroceso y, por supuesto, no se ajusta a la doctrina de Rousseau que abogaba por la sumisión de los gobernantes al imperio de la ley.
El segundo se refiere a las serias dudas que Rousseau tenía sobre la capacidad de ese pueblo, a quien buscaba liberar de la tiranía, para que se auto-gobernara por no estar suficientemente capacitado. Las palabras de Rousseau al respecto son importantes cuando expresa: "¿Cómo una multitud ciega, que a menudo no sabe lo que quiere, porque rara vez sabe lo que es bueno para ella, ejecutaría por sí misma una empresa tan grande, tan difícil, como un sistema de legislación?. Y una Constitución es nada menos que la base de cualquier sistema de legislación. El teórico de la soberanía popular tiene "serias dudas" de que el pueblo tenga la capacidad para una tarea "tan grande, tan difícil, como un sistema de legislación", lo que pone de manifiesto su agudeza de pensamiento y su honestidad intelectual.
Dos conclusiones parece que son obvias.
La primera es que para preservar el ejercicio de los derechos fundamentales del ser humano, el Estado debe organizarse de tal manera que la ley esté por encima de gobernados y de gobernantes lo que supone el respeto a las instituciones. Esto se practica en E. U. donde su Presidente está sometido actualmente a juicio político acusado de perjurio, es decir, por mentir bajo juramento quebrando la Ley. Le puede costar el cargo.
La segunda conclusión es que cuando se afirma que el pueblo tendrá la palabra final en todo, desde hacer la nueva Constitución hasta decidir el programa económico del gobierno, se incurre en una afirmación de corte populista porque el padre de la democracia dudó seriamente de que una tarea tan compleja deba dejarse en las manos del pueblo sin antes haberlo educado y capacitado para ser el soberano. Lo que sucede es que el pueblo es "utilizado" sin que él ni siquiera lo perciba, para estructurar un orden jurídico que lo mismo puede beneficiarlo que perjudicarlo. Cuando le lleguen sus efectos, positivos o negativos, ya estará sujeto a ese orden nuevo, que ojalá sea mejor pero que puede también no serlo porque el pueblo "a menudo no sabe lo que quiere... porque rara vez sabe lo que es bueno para él", dice Rousseau.
En otras palabras, el pueblo aprobará o desaprobará lo que un "pequeño cogollo" redacte en su nombre para regir su destino. El pueblo solo dirá sí o nó. Y como a menudo "no sabe lo que quiere" poco valor tienen ese sí o ese no.
Finalizamos con una frase de Bolívar, tan del agrado del Presidente, que discurre en la misma dirección de frenar la omnipotencia de la soberanía popular. Dijo el Libertador: "La soberanía del pueblo no es ilimitada, porque la justicia es su base y la utilidad perfecta le pone término". En otras palabras, que la ética y el derecho natural constituyen para Bolívar un límite a la soberanía popular. Dicho en otras palabras, si el soberano, emocionado, decide eliminar los derechos naturales del hombre, tal decisión, aun aprobada por el cien por ciento del pueblo, carece de validez. Aupar la omnipotencia del pueblo es tan malo como aupar la omnipotencia de un autócrata. Ni absolutismo popular ni absolutismo personal que se oculta tras el primero.
No es malo destacar estas frases de Rousseau y de Bolívar cuyas citas son ahora tan frecuentes.
Dr. Valentin Arenas.
Jefe de la Catedra de Instituciones.
Politicas de la Escuela de la U.C.A.B.
Fax: 74-57-23