Cambios constitucionales, ¿cuáles?

Germán Carrera Damas

Mal podría un historiador, menos uno venezolano, sacralizar una constitución. Las constituciones son documentos históricos que deben ser valorados críticamente, pero sin desdeñar lo circunstancial que pueda rodearlos, por ejemplo lo que en Venezuela ha sido llamado continuismo, para significar apetito no saciado de poder político.

Pero entre los documentos históricos las constituciones ocupan lugar privilegiado, sin que importen decisivamente su naturaleza o las circunstancias de su aparición.

Con frecuencia las constituciones han sido cuadernos que delatan las frustraciones de una sociedad, pero simbolizando también sus ansias de institucionalización.

Con frecuencia las constituciones han sido apresurados programas para intentar organizar, rescatar, enderezar o torcer una sociedad, por lo que no han superado el rango de catálogos de buenas o malas intenciones.

Pero lo que las constituciones han representado desde su aparición, es el intento de poner una valla de legalidad entre los desbordamientos del poder y el disfrute de la libertad y la igualdad. Por ello han querido ser un conjunto, orgánico y equilibrado, de criterios para regir y orientar el funcionamiento de una sociedad, institucionalizada eficientemente.

Imposible concebir una constitución que no reúna algunos o quizás la mayoría de los rasgos enunciados. En cambio, no parece fácil mencionar una que haya reunido esos rasgos perdurable y eficazmente. Esto sólo ha ocurrido en sociedades donde la constitución ha llegado a ser, más que un texto, un principio respetado hasta la veneración, pero que acoge los cambios experimentados por la sociedad, adaptándose a ellos.

Tales sociedades no escriben una nueva constitución sino la enmiendan, enriqueciéndola en consideración de cambios sociales fundamentales, nunca accidentales o circunstanciales. Ninguna constitución venezolana ha intentado canalizar, institucionalizándolos, cambios más profundos y de vasta y prolongada proyección, como la de 1811. Quiso pautar el vaciado de una sociedad formada, devota y gozosamente, en el ámbito del absolutismo monárquico, en el molde de los principios del gobierno republicano representativo. Esa constitución es la partida de nacimiento del proyecto nacional venezolano.

Hasta ahora nadie ha pretendido emular con la profundidad del cambio representado por esa constitución, si bien en su tiempo fue denunciada por un osado e improvisado crítico constitucionalista, llamado Simón Bolívar, como un código apropiado para "repúblicas aéreas". Las dos constituciones que siguieron a la de 1811, en cuanto a la profundidad de los cambios introducidos, la de 1864, representativa de la Federación y consagratoria de la abolición de la esclavitud; y la de 1947, perfeccionada por la de 1961 (la que "debe durar y durar", según el dicho de Rómulo Betancourt), representativas ambas del avance de la igualdad entre los sexos y consagratorias de la libertad, respetaron la estructura del Estado consolidada en el proyecto nacional.

Incluso nuestras más evidentes y determinadas autocracias no osaron promover proyectos constitucionales que abandonasen, sustituyesen o alterasen, expresamente, el patrón básico del Estado establecido en la constitución redactada por los que Simón Bolívar exhibió ante la posteridad como ingenuos patricios. Sólo habría podido transgredirlo una constitución que abandonase el proyecto nacional, en beneficio de uno de diferente naturaleza, presumiblemente socialista autocrático.

En la redacción de la Constitución de 1811, denigrada, como he dicho, por un fogoso militar que sólo contaba en su haber la nunca bien explicada pérdida de la Plaza de Puerto Cabello, en 1812, asestándole con ello una mortal herida a la naciente república, el pueblo participante estuvo compuesto sólo por vecinos, es decir por ciudadanos avalados por su fortuna o su función social, que formaban la pequeñísima minoría de la sociedad.

A los constituyentes de 1811 se les ha tildado de imitadores de los constituyentes norteamericanos de 1787. Es un cargo injusto y erróneo. No se cortan repúblicas a la medida, ni quienes adaptaron el que se ha llamado modelo republicano norteamericano dejaron de tomar en cuenta su propia realidad. En mucho debió corresponder ese código a las necesidades de una sociedad que había optado por la república y el rechazo del despotismo, puesto que la trama constitucional básica ha durado casi dos siglos.

¿Carecieron de imaginación, o de audacia innovadora, los constituyentes posteriores a los de 1811? Incluso su temprano y severo crítico terminó por rendirles tributo apenas dos años después de haber dictado la sentencia que los ha mantenido marginados de la historia heroica. He preguntado, y pregunto, sobre lo que habría que cambiar a la constitución que se ha venido decantando históricamente, a partir del patrón establecido en 1811. Muchas ramas de ese árbol, desecadas por el tiempo, han sido podadas. Nuevas han brotado. Pero si algo ha caracterizado este reemplazo ha sido la institucionalización plena y garantizada de la libertad y la igualdad. Hasta el punto de que, en lo fundamental, ha llegado a parecer innecesario el luchar por ellas.

gcarrera@cantv.net
El Nacional On-line, 5 de abril de 1999