Fascismo
Cándido
Más que de un contexto europeo el que nace de la paz de Versalles, la tragedia de la Segunda Guerra Mundial y sobre todo los campos de exterminio, la pira de judíos, el holocausto, derivaron de la relación entre una estructura de carácter, la de Hitler, y la interacción de los factores sociales, económicos y psicológicos de Alemania en un momento dado. Respecto a esos factores, el carácter del Führer actuó de catalizador hasta convertir en principio nacionalista la hostilidad y el desprecio. El alemán medio fue inyectado de una dosis de orgullo racial y de un sentido de superioridad tan enorme que no lo hubiera soportado como individuo, pero que lo soportó como parte de una comunidad interpretada freudianamente como un «superyó». En ese «superyó» de la comunidad alemana, la conciencia individual ese dios triste fue sustituida por la formulación mítica del problema alemán. El III Reich, reflejo tal vez del «tercer reino» de Joaquín de Fiore, que había anunciado un «novus dux», edificó su falsedad nacionalista de una manera realmente científica. Elaboraron un mito y luego tuvieron que alimentarlo como se alimenta a una deidad caníbal, mediante el exterminio metódico. La simultaneidad entre el mito y el asesinato no hizo más que acentuar la pesadilla, al margen ya del sentimiento de culpa y de la angustia que lo acompaña.
En situaciones así encontramos siempre en la cima una «estructura de carácter». Ahora vemos a Milósevic, todo un carácter, alzarse como un Hitler de Serbia reproduciendo con arreglo a sus fuerzas la época del fascismo alemán. El fascismo es como el romanticismo, una constante que emerge en una época o en otra, que pasa de la potencia al acto por causas distintas, de modo directo o indirecto y del que jamás cabe decir: he aquí definitivamente el pasado. Pero no siempre el fascismo aparece de uniforme. Puede no adquirir identidad externa y ser nada más que una función, una fuerza imperceptiblemente estructuradora de ordenaciones sociales y políticas distintas. El síntoma es la tendencia a descartar la lógica pobre de la contradicción la dialéctica interpretada como una coacción de la lógica procurando instaurar la homogeneidad. Lo tremendo, es decir, lo patológico, es cuando se utiliza el sistema nervioso de la democracia sus formas, sus definiciones, su capacidad de irradiación para introducir la carga mítica, como si fuera una potencia santa, en el esquema instrumental del propio poder, con lo que el poder pasa de ser un concepto de relación a constituirse en destino para realizar el mito.
Previamente el fascismo, como los terremotos, no es más que un temblor que se asume como una fiebre generosa que al cabo reforzará la primitiva vivacidad y armonía del cuerpo. En cualquier caso aceptándolo como una opción de libertad exaltamos el aspecto estético/moral de la democracia, algo francamente halagador respecto a lo que no va a pasar, como en el caso de la República de Weimar. Hasta que pasa. Para entonces la democracia será ya un madero podrido. Si la democracia no tiene un límite en su condescendencia, un punto de condensación en el que se hace fuerte, intransigente, autoritaria, acabará por contraer paradójicamente la peste del totalitarismo. Identificar la democracia con un eclecticismo acogedor más allá de todo sentido de la autodefensa, donde cualquier cautela venga a ser interpretada como déficit democrático, nunca será un planteamiento en términos de realidad, sino de error, de política soñadora. Michel Foucault escribió que el no análisis del fascismo es uno de los hechos más importantes de este tiempo. Sus principios no son, en principio, exhibicionistas. Y su condenación en Europa siempre fue a título póstumo.
ABC, 11 de abril de 1999