Nueva y vieja políticas
Guido Grooscors
Una elemental apreciación del comportamiento de los actores de ambas políticas, muestra que los primeros difieren radicalmente de los segundos, tanto en el lenguaje que utilizan de cara al público como en la relevancia o importancia que asignan a los diferentes temas que la sociedad civil tiene interés en debatir en relación con el proceso constituyente.
Mientras los abanderados del Polo Patriótico se expresan de modo similar al jefe del Estado que, a esa condición y a la de comandante en jefe de las fuerzas armadas nacionales ha añadido ahora, bueno es recordarlo, la de presidente del Movimiento V República, o sea, con las amenazas e intemperancias verbales que son típicas del hablar cotidiano del primer mandatario, los otros, aquellos a quienes se les identifica -cierto o no, vaya a saberse- con la vieja política, la partidocracia y los cuarenta años de puntofijismo, mantienen una admirable postura cónsona con la actitud que propicia el diálogo y la conciliación como fundamentos de la propuesta democrática, enfrentada a la que los primeros alimentan y que cada vez más se acerca al autoritarismo fascista que, al parecer, es el objetivo real de la proyectada Carta Fundamental que sustituiría a la Constitución vigente, lo cual, entre otros aspectos, daría paso a la plena satisfacción de las aspiraciones que en ese campo ha expuesto reiteradamente el presidente de la República, como son la reelección inmediata, la ampliación del período presidencial y la politización de las fuerzas armadas.
En tal contexto, es útil señalar que una apreciable corriente de opinión ha adquirido fuerza dentro de la sociedad civil en el sentido de dar a conocer la tesis de que el futuro texto constitucional, de no ser adoptado bajo los mecanismos democráticos que privilegian la pluralidad política y el consenso, estaría expuesto a una vigencia limitada en el tiempo, con lo cual, si es que ello lamentablemente ocurre, se estaría desnaturalizando el proceso de cambios institucionales que la población venezolana, mayoritariamente, viene reclamando desde hace ya tiempo. Y algo más, se estarían desperdiciando todos los esfuerzos que unos y otros sectores, sin hacer caso de la distinción entre nueva y vieja política, irrelevante a estos efectos, están desarrollando para que el proceso constituyente, en alguna medida, responda a las expectativas que ha creado en diferentes niveles del colectivo nacional, ese soberano al que tanto se alude en los últimos tiempos.
Las últimas señales que se desprenden del comportamiento de quienes ejercen funciones públicas no son positivas. Antes por el contrario, el discurso presidencial, lejos de abrir cauces al entendimiento y la participación (la tan cacareada participación democrática), cierra caminos a quienes disienten de sus particulares puntos de vista y, como de costumbre, en el lenguaje belicista de siempre, a una acción elemental de naturaleza cívica como lo son los comicios para escoger los integrantes de la Asamblea Constituyente, el jefe del Estado le otorga un tratamiento diferente y la transforma en una batalla en el sentido estricto del término, con todo y sus típicos componentes, artillería incluida, para que no haya dudas sobre el objetivo.