Si disponen de tele y vídeo, plato caliente y habitación propia, ¿para qué?
Independizarse
Riol Pi De Cabanyes
Unos padres de Zaragoza han pedido a la justicia que les liberen de la obligación de mantener en casa a sus hijos, ya mayores de edad, que abusan de ellos, incluso con violencia.
La noticia coincide con los datos de una encuesta de la Generalitat que certifica que casi la mitad de los jóvenes de entre 26 y 29 años viven todavía en casa de sus padres. La edad de la emancipación se retrasa.
Ocurre que están cambiando las relaciones familiares. La familia aparece sólida como núcleo de referencia básico, eso sí. Pero en su interior las cosas ya no son como antes. La mujer trabaja como nunca fuera de casa (cosa que, aunque se diga poco, tiene mucho que ver con la crisis de la plena ocupación en las sociedades occidentales). A dos sueldos, dos que mandan o quieren mandar. Con las lógicas tensiones en el ejercicio de la autoridad, si es que no se tienen los papeles bien repartidos y hablados.
La idea misma de autoridad está en crisis. Psicológicamente hablando, la paternidad está en crisis. La maternidad también. No se corta mentalmente el cordón umbilical y se sobreprotege. Además, padres y madres puede que asuman por un igual los gastos familiares, pero no las tareas domésticas. Y la cosa no se arregla por ley, como pretenden ahora en Alemania. En donde no dicen nada, por cierto, de las ayudas que conviene que presten los hijos y las hijas al mantenimiento de la casa.
Los jóvenes se apalancan. Casi la mitad de los que tienen entre 22 y 29 años se declara bastante o muy satisfecho con la pensión familiar. Conseguir una vivienda propia, claro está, es un problema. Como lo es la creciente precarización del mercado de trabajo. Si no hay empleo, no hay hipoteca. Y si no hay hipoteca no hay piso de propiedad, que es de lo que se trata. Así que la cosa está muy difícil. Por otra parte, si disponen de tele y vídeo, plato caliente y habitación propia, y si es posible salir de marcha a las doce y regresar a las siete, ¿para qué independizarse?
Antes la gente se marchaba de casa para no tener que pedir permiso para muchas cosas que ahora son normales o consentidas. El aumento de la permisividad es uno de los factores para explicarse el fenómeno de los jóvenes instalados en casa hasta los treinta. Que son más independientes materialmente, pero mucho más dependientes mentalmente de lo que fuimos los de generaciones anteriores. Y es que nosotros espabilamos a base de medirnos, en la teoría y en la práctica, con la escala de valores de nuestros padres.
Ellos actuaban según un sentido del deber que les llegaba más por tradición que por propia experiencia. Así que la cosa no nos solía convencer mucho y, claro está, nos sentíamos prontos a volar por nuestra cuenta y riesgo. Muchos de nuestra generación, de los que teníamos dieciocho años en 1968, que nacimos de padres que habían visto su juventud truncada por la guerra, pasamos la puerta de casa como quien salta una etapa de su vida. El pasado continuaba teniendo un valor que ahora ha perdido por completo. Y el futuro, otro tanto.
Los jóvenes nacidos en los ochenta están más capacitados técnicamente, pero son mucho más conservadores. Y es como si se hubiera perdido el viejo instinto de construir la propia vida al margen de los mayores.
Los jóvenes de esta generación X de ahora se dejan de monsergas, pasan de ideales y van al grano, a la suya. Como si, dejándose llevar por lo simplemente placentero y exonerados de las obligaciones de la razón, vieran las cosas sin dejarse distraer ni por sus consecuencias ni por sus posibilidades transformadoras.
Ser joven hoy no es ninguna ganga. ¿Cuándo lo ha sido? Ser joven es tomarle la medida a la vida y a sus límites, medirnos con nosotros mismos. Es un aprendizaje que hay que empezar pronto, porque no se acaba nunca.
La Vanguardia Digital (España), 4 de junio de 1999