¿Paz en Kosovo?
Tras 72 días de intensos bombardeos sobre Yugoslavia, parece vislumbrarse el fin de la guerra en los Balcanes. El anuncio de que el presidente de ese país, Slobodan Milosevic, aceptó el plan de paz del G-8 (países industrializados más Rusia), produjo una sensación de alivio en todo el mundo, expresada por varios líderes mundiales, comenzando por el Papa Juan Pablo II. No es para menos, pues todo indica que el conflicto se acerca a la solución definitiva. Y ante el inminente cese de la ofensiva de la Otan surgen dos preguntas: ¿Quién ganó y quién perdió? ¿Qué pasará ahora con Kosovo?
La Otan ganó un nuevo papel de defensora de la democracia, que borró su pasado de anacrónica alianza de la guerra fría. Pero perdió ante el rechazo casi universal de su "intervención humanitaria", plagada de errores tan crasos como el ataque a la embajada de China. Rusia recuperó algo de su importancia en las grandes ligas de la política internacional, a pesar de su frágil situación política. Sin embargo, como uno de los puntos del plan consiste en el despliegue de una fuerza internacional en Kosovo bajo la tutela de la Onu, surge un nuevo interrogante: ¿Aceptarán los rusos el mando único de la fuerza que los Estados Unidos quieren bajo la Otan?
Milosevic perdió militarmente pero ganó políticamente al conservar su puesto, del cual no lo pudieron despojar ni las bombas de la Otan ni la oposición interna, que logró eliminar. Algo semejante puede decirse de la Otan, que buscaba la caída de Milosevic pero terminó negociando con él. No deja de ser irónico que tras tanto atacarlo, acusándolo inclusive de criminal de guerra, se termine por aceptar su permanencia en el poder. La "victoria total" de la que hablaban Clinton y Blair se traduce así en una salida diplomática, que si bien recoge en su totalidad la propuesta de la Otan, hace pensar en la inutilidad del descomunal despliegue bélico y la artillería de declaraciones condenatorias que se lanzaron contra la "bestia negra" de Belgrado.
Los Estados Unidos volvieron a hacer gala de una errática política exterior, donde cruzadas morales con nobles pero etéreos ideales democráticos tropiezan en el campo diplomático y el de batalla con consideraciones domésticas de índole política o electoral, de las cuales no está ausente el fantasma de anteriores intervenciones fracasadas, desde Vietnam hasta Iraq. Los errores en los bombardeos y la falta de planeación frente a situaciones predecibles, como la masiva expatriación de refugiados kosovares, desdibujaron la imagen de una estrategia que busca triunfos rotundos sin arriesgar una sola vida estadounidense.
El plan de paz coloca a Kosovo bajo la administración de las Naciones Unidas, sin fuerzas armadas serbias y con presencia de tropas internacionales, incluyendo las de la Otan. Además, contempla el regreso de los refugiados y la futura autonomía de la provincia. ¿Qué pasará con la guerrilla independentista que, según el acuerdo, tendrá que desmovilizarse? Autonomía e independencia son conceptos que están en la raíz de un conflicto como este, y aún no han sido plenamente definidos.
Después de la tormenta no viene la calma. A Milosevic le espera la reconstrucción de su devastado país, en el poder, y no en un tribunal internacional como tántos anhelaban. A los refugiados, el regreso a una Kosovo militarizada y ocupada, que sigue siendo parte de Yugoslavia. Y con el precedente que se ha sentado, al mundo le queda la inquietud de lo que ocurriría si la Otan, o uno de sus miembros, decide que debe intervenir en otro país soberano con el argumento del humanitarismo. ¿Hacia dónde se dirigirá la atención de las potencias la próxima vez? ¿Al Kurdistán, a Sudán, a Timor Oriental? Por ahora, ella sigue concentrada en los Balcanes porque aún falta que Milosevic cumpla y se inicie en serio el retiro de las fuerzas serbias de Kosovo. Entretanto, las "bombas humanitarias" seguirán cayendo.
El Tiempo (Colombia), 4 de junio de 1999