Liberar el Balcán

ONCE semanas después, Milósevic ha cedido. Tras más de dos meses de bombardeos, ha terminado por aceptar la retirada de sus tropas de Kosovo y el despliegue de una fuerza internacional. Los deportados habrán de regresar ahora a su tierra y gozarán de una autonomía amplia tras un período transitorio de administración internacional. Más adelante se permitirá una simbólica representación serbia en los monasterios medievales y los puestos fronterizos. Naturalmente, Milósevic no ha querido cargar en solitario con la humillación, y le ha brindado el trago a sus compatriotas para que sean éstos quienes lo apuren. Ayer el Parlamento de Belgrado aprobaba el plan que había sido presentado el día anterior por los mediadores ruso y europeo en nombre del G-8. Una vez más, y con tal de conservar el poder, el burócrata más sangriento de Europa ha jugado al hombre providencial que pone de acuerdo a unos y otros, como si fuera ajeno a las carnicerías que viene auspiciando desde hace diez años. Pero esta vez las cosas han ido muy lejos: un millón de personas han sido expulsadas de sus hogares, varios miles han sido asesinadas, y él mismo se ha convertido en reo de lesa Humanidad ante la Justicia internacional. Las vidas de diez mil de sus soldados, muertos por los ataques de la OTAN, le interpelan hoy. Su país está devastado. Y todo para concluir aceptando lo mismo que planteaba Rambouillet: autonomía de Kosovo sin modificación de fronteras.

¿Qué ha cambiado en los últimos días para vencer esa tozudez criminal? En primer lugar, la determinación de la OTAN, que empezaba a evidenciar la convicción de que tendría que invadir la provincia no más allá del otoño. Luego, el castigo sufrido por el aparato militar serbio, y sobre todo por su infraestructura civil. Finalmente, el alcance limitado de la táctica que procuraba dividir a los aliados, suficiente para inquietar a italianos o griegos, pero no para desanimar del todo a alemanes o americanos, y en consecuencia incapaz de detener los ataques. Como en ocasiones anteriores, Milósevic ha tensado la cuerda hasta el último minuto. Entre la aceptación del Plan de Paz y la retirada de sus fuerzas le queda aún un margen para seguir jugando al ratón y al gato. Pero no es probable que lo aproveche: el bombardeo de la OTAN prosigue en tanto no haga efectiva su declaración de buena voluntad. No es obstinación de la Alianza, sino prudencia. Y además un punto del acuerdo.

Es hora de que intervenga el Consejo de Seguridad. Éste debe sancionar el acuerdo y avalar, conforme al capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas, el uso de la fuerza por parte del mando único que dirigirá la misión internacional. Como en el desestimado cese previo de los bombardeos, tampoco en este punto han obtenido satisfacción Yugoslavia ni Rusia. No era razonable.

Comienza ahora una etapa inédita. Parte del territorio soberano de un país va a ser ocupado para proteger a su población. Ésta deberá ahogar el lógico rencor engendrado por el genocidio, dejar las armas y aguardar a que su verdugo se desembarace de su dictador y acceda a la democracia. No hay que lanzar aún las campanas al vuelo. La retirada debe hacerse efectiva. Y entonces habrá llegado la hora no de la victoria, sino de una nueva y ardua tarea para Europa: la liberación del Balcán del yugo del odio.

ABC (España), 4 de junio de 1999