La diáspora colombiana
El éxodo hacia Venezuela de varios miles de campesinos del corregimiento de La Gabarra (Norte de Santander), ante las amenazas de muerte de uno de los grupos armados que operan en esa región, ha llevado más allá de nuestras fronteras, de manera masiva, el drama que viven tantos colombianos asediados por la violencia. Pero este episodio muestra solo una de las facetas de un grave fenómeno: la emigración creciente, por vías legales o ilegales, de compatriotas que se sienten hostilizados por el ambiente de inseguridad o frustrados por la precaria situación económica.
La combinación de estos dos factores, que diariamente golpean a millares de familias, ha generado una avalancha sin precedentes de gentes ansiosas de buscar mejores horizontes en tierras extrañas.
Según el DAS, en los últimos tres años han viajado al exterior cerca de 2,6 millones de compatriotas, 600 mil de los cuales no han regresado. En promedio, 21 de cada cien colombianos que salen se radican en otros países. Y, de acuerdo con la cantidad de solicitudes de pasaportes y otros índices, las cifras se siguen incrementando. Se estima que cuatro de cada diez colombianos han pedido el aludido documento. En algunos casos, como el de Pereira, el aumento del número de solicitudes sobrepasó el 200 por ciento en los tres primeros meses de este año, y en otros, como el de Medellín, alcanzó a cerca del 50 por ciento. Una situación semejante se observa en Bogotá, Cali y otras de las principales ciudades.
La emigración, por supuesto, no es un fenómeno totalmente nuevo en Colombia ni en país alguno. La nación más próspera y poderosa de la historia, Estados Unidos, fue forjada por inmigrantes de todas las regiones del mundo, incluyendo la nuestra. Otros países, como Argentina y Venezuela, sustentaron su crecimiento en políticas inmigratorias de largo alcance.
Colombia fue por mucho tiempo un país ajeno a los movimientos migratorios, salvo en sus zonas fronterizas. Esta situación empezó a cambiar hace tres o cuatro décadas con la salida de un creciente número de compatriotas hacia países como Estados Unidos, donde constituyen hoy minorías significativas. Pero ninguna de las migraciones anteriores se asemeja, por sus dimensiones y características, a la de ahora.
Basta observar las concentraciones de solicitantes frente a los consulados de Estados Unidos, Canadá, Australia o alguno de los europeos. Jóvenes y viejos, estudiantes y profesionales, empresarios y ciudadanos de clase media, identificados en el deseo de cambiar su difícil situación por un panorama que creen mejor, se apiñan allí, a diario, en busca del sello que les abrirá las puertas de un futuro distinto. Los que no tienen la posibilidad de emigración aérea a ricos países lejanos; los campesinos, colonos, jornaleros, sometidos al terror paramilitar o guerrillero, solo pueden huir a pie de sus parcelas hacia tierras más seguras.
Un espectáculo deplorable y un fenómeno desolador. Tanto los ejecutivos -una fuga de cerebros-, como el campesino, que también busca salvar su vida, representan un pueblo con un potencial enorme y una demostrada capacidad de trabajo. Si no se les ofrece la oportunidad de progresar y de poder vivir en paz en un país tan lleno de riqueza, Colombia acabará convertida en uno de emigrantes. Así de simple. Pero así de grave a la vez.
El Tiempo (Colombia), 7 de junio de 1999