El individualismo

Si todos los chinos fuesen al sicoanalista

Uno de los mayores cambios en la historia de la humanidad. Como lo dijera Rousseau: "El ser humano nace libre, pero en todas partes va al McDonald's". Por ANDERS KOMPASS (*)

En la década del 60 había en Londres un travesti excéntrico que era muy querido por todos y se parecía a Greta Garbo. Una de sus peculiaridades consistía en dar vueltas todos los sábados por el West End en un Cadillac rosado gritándole a la muchedumbre: "¡Quiero estar sola! ¡Quiero estar sola!".

Siento una enorme simpatía por este travesti. ¿No les parece que su actitud es heroica y patética a la vez? Defender su independencia y su soberanía con tanto ahínco blandiendo sus palabras, mostrar su total dependencia de los demás de manera tan evidente mediante sus actos.

En el heroico mundo de las abstracciones definimos a las personas como seres independientes y soberanos, como una especie de átomos sociales exentos de familia, Estado, amigos y todo otro tipo de lazos sociales.

Pero en la vida real estamos vinculados a otras personas a través de miles de hilos visibles e invisibles. Por muy partícipes que seamos de la radiante eternidad, somos simultáneamente seres primitivos que vivimos en grupo. Decimos que queremos estar "solos", pero incluso esa soledad presupone que haya alguien que registre nuestra heroica elección.

Con ello no se ha dicho que las abstracciones carezcan de importancia. Uno de los mayores cambios habidos en la historia de la humanidad es justamente el surgimiento del concepto individualista del ser humano. Antes de la aparición del hombre moderno, el ser humano se identificaba sobre todo por su pertenencia colectiva -era parte integrante de una tribu, de un estado social, de una familia o de un pueblo-. Las personas de esa época tenían seguramente los mismos anhelos psíquicos y las mismas necesidades personales que las de hoy. Pero solo una reducida minoría tenía la posibilidad de desarrollar su 'individualismo' y de crearse una personalidad basada en convicciones y preferencias interiores.

La historia moderna -es decir la que va del siglo XVIII en adelante- es principalmente la historia de cómo ha ido aumentando el número de 'individuos' en el mundo. Lo provocativo para la antigua élite aristocrática no era que los burgueses y los obreros exigiesen ciertos derechos colectivos -siempre lo habían hecho-; lo provocativo era que exigiesen ser tratados como 'individuos'. "Debemos ayudar al 'pueblo' ", dicen los hacendados liberales en la Ana Karenina de Tolstoi, al mismo tiempo que cavilan y se preguntan si 'el pueblo' verdaderamente son 'gente' igual que ellos.

Los obreros de fines del siglo pasado en Europa no se organizaron únicamente para conseguir sus derechos sindicales y el derecho de voto sino también para obtener el derecho de realizarse individualmente: poder escribir poemas de amor, asistir a cursos vespertinos, hacer el amor sin necesariamente hacer hijos y tener angustia existencial. "Los obreros han ido a la huelga para alcanzar la fama", canta Bowie en Andy Warhol.

El individualismo también tiene una dimensión geográfica. A fines del siglo XIX, los hombres de negocios británicos soñaban con el futuro mercado comercial chino. Imagínense si cada chino compra un alfiler. Hoy nos hallamos frente a una situación totalmente diferente: imagínense si todos los chinos fuesen al sicoanalista. Mil millones de Woody Allen.

La humanidad se ahogaría en palabras.

Lo paradójico de este movimiento histórico hacia el individualismo es que parece conducir a una mayor uniformidad. Al mismo tiempo que los mayores recursos materiales hacen que cada vez les resulte posible a más personas convertirse en 'individualistas', la sociedad se va haciendo cada vez más colectiva, más caracterizada por los trabajos en grupos que por la creatividad individual. Parecería como si Marx, de una manera espeluznante, tuviera razón respecto a la colectivización de la producción.

La economía internacional se entreteje; las organizaciones adquieren una forma aerodinámica y resulta necesario eliminar todo tipo de fricción. La comunicación viene a ser más fácil si todos hablan el mismo idioma, comen la misma comida, rápida, y miran las mismas series de televisión. Y, quién sabe, a lo mejor tenemos que la mayoría no queremos ser ante todo individuos autónomos delimitados.

Instintivamente queremos estar con otras personas y ser como las otras personas, pensar como ellas y sentir afinidad con ellas, formar parte de esa "divina cadena de la existencia" que fue rota por la modernidad.

Tal como lo dijera Rousseau: "El ser humano nace libre, pero en todas partes va al McDonald's".

Director en Colombia de la Oficina de Naciones Unidas para Derechos Humanos
El Tiempo (Colombia),7 de junio de 1999