Duelo de plumas en el Retiro
El Retiro hierve en libros y la fiebre de la firma inunda la Ferias (hogaño sita en la antigua Casa de las Fieras). Más de doscientos autores acuden este fin de semana a su rito anual con miles de lectores. Es el momento en que le pueden colocar un rostro a sus anónimos devoradores, que se arraciman ante la inmensa calle de los libros a la caza y captura de una rúbrica. El Retiro se bate en duelo de firmas y tres de sus clásicos, Ussía, Carandell y Campmany, cuentan cuitas.
Peritos en firmas en el Retiro: la fiebre de la rúbrica, ora devoción, ora obligación, o-ra esclavitud. Aunque algunos se sientan como «orangutanes en un zoo esperando un cacahuete» (sic) o cual «señorita que está en los escaparates de Amsterdam ofreciendo su cuerpo y aguardando que algún cliente se fije en ella» (también sic); la mayoría de los escritores añora su con(tacto) visual con el lector.
Hay escritores que se apasionan firmando ejemplares. Como Luis Carandell, que acaba de «anecdotizar» la Historia y recuerda que en la Feria del Libro, que acogía antiguamente la denominada Casa de las Fieras, una señora se le acercó y le pidió que le colocara su sello personal en un libro que no había escrito él. Se trataba de «La España necesaria», de Francisco Fernández Ordóñez. La susodicha insistió. Carandell cedió y estampó su firma en la obra de su «admirado Paco Ordóñez». La señora leería más tarde: «De parte de este señor, sin pedir permiso y con el afecto también mío».
Declaraciones de amor
Frente a la escritura como oficio de tinieblas solitario emerge el lector anónimo ansiando una firma, un pedacito impreso de su autor predilecto o de historia inmortalizada. El Retiro da para todo un tratado sociológico de la lectura y mucho más. Los escritores buscan el trato visual con su alter/ego. A los firmantes se les declama poesía de cuando en vez. A otros, sus lectores le hacen declaraciones desesperadas de a-mor. Algunos lo han vivido en carnel mortal y propia.
Alfonso Ussía que acude con «El secuestro de mamá» ha escrito que, antes de cada sesión de grafía y cansancio, visita al gran Tejo, el árbol más viejo y grandioso de Madrid, con sus casi setecientos años de vida. Tras el cobijo de la sombra, centenaria y con solera, comienza el más hermoso de los espectáculos: «Casi un vuelo cruzado de palabras. Vida espartana». Ni bebida ni comida: «No bebo para no verme obligado a abandonar la caseta en pos del alivio». Para Ussía, contemplar el paso de decenas de miles de personas en torno al libro es algo que no se paga con nada.
Jaime Campmany, que ha diseccionado «La mitad de una mariposa», ve la firma como un sacrificio «agotador pero muy recomendable» por estos pagos. «¡Hombre, firmar siempre te ofrece la posibilidad de dialogar con el lector, algo muy grato y útil. Son tus clientes, los que te leen y a los que hay que considerar en este mundo».
Campmany, como los más de doscientos autores que crean citas lapidarias el fin de semana, labora en sesión continua (mañana y tarde) en el Retiro: «Las casetas son pequeñas, están repletas de paquetes, de cajas; los taburetes son incómodos y a veces no te puedes ni sentar. Pero todo sacrificio es pequeño en atención a los lectores». Algunos escriben dedicatorias a «jovencitas con nombre de princesa», otros las dibujan. Sólo una sugerencia a los lectores: por favor, no le tiren los tejos a los firmantes.
ABC, 06 de junio de 1999