Alto riesgo
Enrique Beracasa B.
No me extraña para nada que en los últimos informes de las calificadoras internacionales, Venezuela haya salido como un país de elevado riesgo para los inversionistas foráneos. Algunos se consolarán pensando que Perú y Ecuador lo han hecho aún peor que nosotros. Yo, no. El realismo mágico latinoamericano sigue caminando a millón, y estrellándose contra la dura y terca realidad. Aunque nuestros flamantes planificadores pretendan siempre desestimarla.
Decía que no me extrañaba, porque llego a la misma conclusión que Standard & Poor's y Moody's, pero por caminos bien distintos. En efecto, estos organismos analizan nuestras economías con un cristal de aumento, y se preocupan por nuestra capacidad de mantener una paridad de la moneda, de controlar la inflación, de aplicar un trato justo a los inversionistas, de incrementar el poder adquisitivo de los salarios y otras nimiedades por el mismo estilo. Es evidente que les inquieta el gigantesco hueco fiscal, aunque lo haya cavado el que ya no está; les mortifica la inflación que vuelve a repuntar, producto de alzas salariales y de nuevos tributos implementados a destiempo; y les quita el sueño la asfixia generalizada de la economía, producto de un sistema bancario incapaz de salirse de un esquema cuasi usurero y de entender las verdaderas prioridades de un país. Y no vale la pena hablar de las modificaciones que se le están aportando al Fondo de Estabilización Macroeconómica, que los deben de tener a punto de arrancarse los pelos.
Con el debido respeto de las calificadoras, yo visualizo otros elementos que pueden llegar a ser peores que los indicadores macroeconómicos observados en una pantalla de computadora, desde una cómoda y alfombrada oficina en Washington. En este momento, según nos dicen, estamos viviendo una verdadera revolución. Pacífica, sin duda, pero revolución al fin. El proceso constituyente es justamente su símbolo más evidente. Ahora bien, para que este proceso tenga el éxito que todos deseamos, tiene que ser manejado por los mejores: los mejores juristas, ingenieros, médicos, expertos petroleros, intelectuales, y siga usted sumándole profesionales, todos unidos por el afán de definir claramente las reglas del juego para el país con el cual enfrentaremos el próximo milenio. Pero, en vez de eso, lo que estamos viendo es que la mayoría de los candidatos que se están lanzando son los mismos de siempre, y en buena proporción, políticos sin otras capacidades que las de prometer lo imposible, seguir al pie de la letra la línea partidista e improvisar declaraciones encendidas. Ya se han lanzado al ruedo 42 parlamentarios y 13 suplentes, amparados por las etiquetas más diversas y por un solo estigma: ser más de lo mismo, en un país que aspira a cambios profundos y duraderos. Total, el sistema se lo diseñaron para ellos mismos, porque sólo las maquinarias de los partidos tienen la capacidad de recoger la montaña de firmas que exigen las normas constituyentes. Los demás, que se vayan a llorar al valle.
Lo que deja entrever esta situación, es que todo el proceso se puede terminar convirtiendo en una gigantesca rebatiña por parcelas de poder. Justamente lo que queríamos evitar y erradicar.
El que tenga ojos, que vea...
El Nacional On Line, 3 de junio de 1999