Vanguardia y retaguardia

Herbert Koeneke R.

La retórica de Hugo Chávez Frías, desde que era candidato presidencial, ha estado salpicada de expresiones apocalípticas y castrenses. En una ocasión se autodefinió, por ejemplo, como el 'Presidente de la catástrofe'. Y en fecha más cercana, al despedir a colaboradores y aliados que aspirarán a convertirse en asambleístas, les deseó suerte porque estarán en la 'vanguardia' que librará la 'batalla de la constituyente'. A él, mientras tanto, no le quedará más remedio que permanecer en la 'retaguardia' atendiendo sus funciones como Presidente.

Este en particular, y el estilo retórico de un gobernante en general, no tiene por qué ejercer necesariamente un impacto negativo sobre su gestión. De hecho, no parece haber asociación estadística significativa entre parlanchinería o mutismo y desempeño presidencial, así como tampoco entre cursilería o sobriedad discursiva y dicho desempeño.

Oratoria aparte, lo que sí podría resultar negativo es que el Presidente crea realmente que estar en la vanguardia 'dando la pelea' sea la forma de sacar al país de su crisis actual y que proceda en consecuencia, es decir, rodeándose cada vez más de militares y envolviéndose activamente él mismo en la polémica política cotidiana. En este caso sí hay evidencia histórica que demuestra, por un lado, que los militares no son mejores ni peores administradores y gobernantes que los civiles; y por el otro, que el Presidente que descuida la política económica y sus funciones administrativas para dedicarse al proselitismo tiende a dejar a su país en peores condiciones que las prevalencientes cuando entró al Gobierno. Veamos:

En Estados Unidos, donde se hacen regularmente evaluaciones comparadas del desempeño presidencial, George Washington, prócer y héroe militar, es considerado como uno de los más grandes mandatarios de todos los tiempos. Abraham Lincoln y Franklin Roosevelt, ubicados también en esa categoría de excelencia, eran en cambio civiles. En el polo opuesto, Ulysses Grant, egresado de la academia miltiar de West Point, héroe de la guerra contra México y uno de los más destacados generales de la guerra civil, es evaluado reiteradamente como uno de los peores presidentes de todos los tiempos, por la corrupción que proliferó durante sus dos administraciones.

Algunos civiles reconocidos como héroes de guerra han tenido distinta fortuna o éxito en su desempeño presidencial. Harry Truman, quien estuvo en el frente como capitán de artillería durante la I Guerra Mundial, ha sido ubicado en una investigación histórica reciente, conducida por Arthur Schlesinger Jr., en la categoría de 'cercanos a los grandes', es decir, la que sigue a la de Lincoln, Roosevelt y Washington. John Kennedy, por su parte, comandante de un buque torpedero que fue hundido por un destructor japonés en el Pacífico Sur, es ubicado en la categoría de los 'promedios'. En la misma, por cierto, en que ha sido colocado el actual primer mandatario, Bill Clinton, quien logró evadir el servicio militar y evitó así ser enviado a combatir en Vietnam.

En el Panteón Nacional, que puede ser un 'indicador' vernáculo equivalente a los juicios de los historiadores estadounidenses, reposan los restos de los próceres militares de la independencia que se desempeñaron como presidentes: Simón Bolívar, José Antonio Páez y los Monagas. Pero también están los de los civiles José María Vargas y Andrés Eloy Blanco, quien si bien no fue presidente de la República, sí lo fue de la Asamblea Nacional Constituyente entre 1946 y 1947.

Con el innegable éxito de la pacificación puntofijista, que implicó la derrota de la insurrección armada que recibía aliento material y simbólico del castro-comunismo, a las nuevas generaciones militares se les ha cerrado por ahora la oportunidad de convertirse en héroes de batalla, salvo que se trate de escaramuzas guerrilleras o callejeras. Lo que no implica, desde luego, que de llegar, una vez convertidos en civiles, a la Presidencia de la República, estén impedidos de un desempeño exitoso. Este, en lo fundamental, dependerá del acierto en las decisiones de política económica que tome el jefe del Estado desde la 'retaguardia', en un mundo del cual la autarquía ha quedado claramente desterrada.

El Universal Digital, 8 de junio de 1999