Cara Dura
Chuto Chávez
Samuel Furlanetto
En buen venezolano, un chuto es ese vehículo con un poderoso, ruidoso y humeante motor, gigantesca parrilla, enorme e imponente parachoques delantero, ruedas que sobrepasan el capó de cualquier automóvil, capaz de remolcar pesos de muchas toneladas de todo tipo de productos líquidos, gaseosos y sólidos.
Chuto colosal, Hugo Chávez motoriza una gandola con nueva apariencia y, en mucho, vieja carga. En la batea chavista vienen anticuados cajones, políticos con un montón de años de exposición pública y parte ellos mismos de lo que ahora ha dado en llamarse "discurso puntofijista", "partidos tradicionales o del status", "cuarenta años de desprestigio" y otros despectivos calificativos que tampoco son, en sí mismos, nuevos, ¿qué otra cosa es, si no, el MAS, ya cercano a tener treinta años a cuestas?.
Mezclados con ellos, viajan también cajones nuevos, pulidos todavía y fresca aún la pintura de los letreros clásicos "Hecho en Venezuela" y "This side up", políticos de nuevo cuño que, como las moscas a la miel, se han venido pegando al panal chavista, muchos de ellos, necesario es reconocerlo, desconocidos que no pudieron hacer carrera en los partidos tradicionales.
El chuto Chávez avanza, con una marcha más acelerada de lo controlable, arrasando con cuanto obstáculo se ha interpuesto en su ruidoso camino, desde los dirigentes de los partidos tradicionales, entendiendo por tales incluso a varios de los dirigentes del más importante partido compañero de ruta del chavismo, el MAS, hasta el nuevo Fiscal General quien, en realidad, no andaba buscando interponerse en el camino de nadie, un prestigioso abogado que debiera más bien ser atractivo para el chavismo reivindicador justiciero, pues ha defendido a quienes han sido víctimas de la politizada justicia venezolana, desde el general Pérez Jiménez a quien la democracia adecopeyana mantuvo una ilegal orden de arresto a lo largo de décadas por encima de prescripciones y sentencias-, pasando por algunos de los subversivos comunistas de los sesenta que atacaban precisamente a la democracia puntofijista que hoy impugna y critica el chavismo, hasta Carlos Andrés Pérez en un juicio clara y contundentemente político lo cual no obsta para otras culpas reales del ex-Presidente.
Con un sobrepeso producto del más absoluto desorden, la gandola que motoriza el chuto Chávez avanza brinconamente por los maltratados y descuidados caminos nacionales, y por la fuerza de su movimiento y reacción ante huecos, quebraduras y obstáculos camineros, empiezan ya a saltar afuera cajas que fueron colocadas sin cuidado y mal fijadas sobre la batea chavista.
Saltan personalidades apabullantes que sólo están dispuestas ver por sus propios conceptos, como Jorge Olavarría, y personalidades chiquitas de quienes soñaron liderazgos que ellos mismos son incapaces de construir más allá de sus sueños tontos, hombres y mujeres pequeños e inconsistentes que se han ido quedando en la ruta desde las elecciones, los olvidados del chavismo.
Saltan dirigentes del Movimiento al Socialismo que votaron por un Fiscal General que unos acusan de ser parte del detestado "puntofijismo" y otros afirman fue propuesto sigilosamente nada menos que por el Cardenal Camarlengo del chavismo, Luis Miquilena aunque el ya anciano marxista, sindicalista, urredista y hacendado, en el mejor estilo vaticano guarda silencio prudente sobre una acción que, venga o no de él, terminó generando las iras explosivas del Presidente.
Saltan atrabiliarios dirigentes políticos que, por no querer aceptar el comando de Andrés Velásquez, debieron dar el primer salto que los obligó a inventarse un curioso melting pot al cual llamaron Patria Para Todos, y ahora la propia batea chavista los echa afuera en un peligroso salto para dejar espacio al mismo líder al cual ellos se negaron a seguir, Andrés Velásquez. Lo terrible de esto es que aún siendo de nuevo recogidos, como parece lo serán, el beso de la muerte ya les fue dado y la recogida pragmática es sólo temporal.
Impertérrito ante saltos que lo alivian de peso innecesario, este vehículo de extraordinaria fuerza necesita, para su enorme motor, el combustible que en explosiva acción, haga mover incesantemente sus cilindros. Ese combustible, ese diesel de alto octanaje, es el fervor popular, la emoción, la pasión que llevó a millones de venezolanos de todos los sectores sociales pero especialmente de los más pobres- a votar ferozmente por Hugo Chávez para hacer de él el Presidente más votado de la historia democrática moderna del país.
Chávez llegó a Miraflores en los hombros de las masas, alimentado por ese maravilloso combustible, y lo está gastando con un auténtico y enloquecido espíritu de derroche, con el criterio irracional de aquellos venezolanos entusiastas de Miami y otros dispendios de la época imperial. Con su empeño intransigente razonable, desde el punto de vista de sus objetivos profundos- Hugo Chávez entrompa contra todo y contra todos en lo que a la realización de la Asamblea Nacional Constituyente se refiere, lleno aún el tanque de combustible popular masivo.
Pero Chávez, al mismo tiempo, no parece estar entendiendo que el combustible que se usa debe ser repuesto en la misma cantidad que se quema, litro por litro. Y que ese diesel ultrapotente que es la pasión popular, nace del corazón, de la emoción, de los sueños; pero estos, a su vez, también se van vaciando por escapes que nadie parece estar preocupado en tapar, como el estómago vacío, la angustia de no tener trabajo, la decepción de los pequeños sueños no cumplidos rápidamente, la crítica constante, insistente, ácida, de opositores políticos muy pocos, hay que aceptarlo-, de comentaristas de los medios, y de esa oposición feroz, peligrosa, silenciosa y letal, que es la queja entre familia de las amas de casa y de los amigos que vienen a visitarnos.
Los militares del siglo XX no tumban gobiernos porque de repente se les ocurre o porque ellos creen que hay que tumbarlos. Los alzados del 4 de febrero y del 27 de noviembre no lograron el respaldo popular con sus actos, sino después, cuando el Estado venezolano, torpe y estúpido, no sólo los convirtió en mártires sino que permitió que se transformaran, de golpistas, en reivindicadores de la democracia popular.
Pero los militares argentinos y chilenos no fueron más que el detonante terrible, brutal, de un lamento que venía creciendo en las clases medias altas y bajas- de ambos países, las mismas cuyas madres y amas de casa iban a echarle maíz, despectivamente, a los soldados y oficiales chilenos como una forma de llamarlos cobardes, gallinas.
La decepción y la angustia argentinas por la decadencia y necedad del anciano Perón, primero, y la ridiculez de su viuda y sus brujos después, fueron los impulsores del flaco Videla. La desesperación creciente de las clases medias chilenas empobrecidas, desempleadas, en medio de un ambiente de inseguridad y de abusos de los politiquitos de la izquierda, y de las masas populares hartas de fidelismos y comunismos que no daban trabajo, fueron los motores que hicieron levantar vuelo a los aviones de Pinochet que bombardearon el austero Palacio de la Moneda.
Sin duda que ambos regímenes militares terminaron en sangre, cárceles y desapariciones. Pero comenzaron en la angustia y las esperanzas de las masas que necesitan y quieren democracia y libertad casi tanto como quieren y necesitan comida, trabajo razonablemente remunerado, seguridad personal, servicios públicos dignos y un ambiente de crecimiento que permita esforzarse hacia futuros mejores.
No se trata aquí de pronosticar golpes de estado, sino de recordarle al chuto Chávez que, no importa cuántas frases buenas y pensamientos nobles haya tenido el Libertador, ni cuántos besos y abrazos le den al Presidente en campaña viejitas y niñas entusiastas, ni cuánta emoción perciba él entre la gente, ni hasta qué profundidad pueda y quiera hundir a los políticos puntofijistas.
Lo que importa es que, mientras lleva a cabo la Asamblea Nacional Constituyente, debe dar de comer al hambriento y dar de beber al sediento; mientras mantiene la explosiva politización que necesita y le gusta, organiza su Movimiento Quinta República, utiliza a los militares para esfuerzos sociales de emergencia, y diseña la nueva Constitución, Hugo Chávez tiene que preocuparse con idéntico entusiasmo y la misma voluntad de la economía, que no depende sólo de viajes a Nueva York a decirle a los inversionistas lo que ellos ya saben, que Venezuela es un país con grandes oportunidades, pero sin aclararles lo que no saben, es decir, la programación económica concreta del gobierno.
Y en eso, en la redefinición y planificación activa, eficiente e inmediata de la economía, en el asentamiento de bases sólidas y confiables para una reactivación de las inversiones y en consecuencia en la disminución del desempleo, la mejora eficaz de los salarios, la sincerización de la moneda y todo lo que integra una economía sana y en consecuencia un pueblo feliz- no van a ayudar al Presidente la mayoría de los ineptos cajones cuyo peso arrastra, empezando por unos Ministros incapaces de proveer el liderazgo y el conocimiento indispensables para ejercer con éxito su responsabilidad.
Por dar el mazazo de cierre en la Bolsa de Nueva York y lanzar un strike en un semivacio Shea Stadium, no van a venir las inversiones que necesita el país ahora mismo. Y si esas inversiones no vienen, no se detendrá el desempleo ni se llenarán millones de estómagos hoy chavistas, y se irá consumiendo letalmente el combustible popular hasta que el chuto, ahogado el motor, se detenga.
Y entonces, para citar lo bíblico que tánto gusta al Presidente, serán el llanto y el rechinar de dientes
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