Crónicas de Sabana Grande
Vitelio Matute
Entre bodas ridículas y Offenbach
Monsieur Marsay está indignado. No sólo porque Sabana Grande ya no es lo que fue cuando Jean Baptiste Marsay era un maduro parisino que llegó de la Grand France du General De Gaulle a la Venezuela provinciana de los adecos ortodoxos, el Pacto de Punto Fijo y la Amplia Base, sino porque ahora M. Marsay tiene más de 80 años, y a esa edad uno suele ser mucho más intransigente. Especialmente si se es un parisino de la Avenue Saint Jacques en Montparnasse.
M. Marsay fue siempre hombre de teatro y de ópera, habituel del anterior y hoy desaparecido Ateneo de Caracas, aquél de la acogedora quinta frente a la Plaza Morelos y de algunas óperas que una que otra vez llenaban el hermoso Teatro Municipal. Fue así, por ejemplo, como M. Marsay fue horrorizado testigo de un gallo fenomenal de un todavía joven pero ya famoso y obeso Luciano Pavarotti en el Municipal, tras una tarde de pantagruélica gastronomía en la Candelaria.
Como entusiasta del teatro, M. Marsay vió nacer la fama de Isaac Chocrón con aquél incomprensible "Animales Feroces", disfrutó el auge de Levy Rosell y su original Vimazoluleka y sufrió su lenta desaparición, se enamoró apasionadamente de la entonces jovencísima Lupita Ferrer en su Ofelia en el Hamlet de Horacio Peterson que M. Marsay calificó prudentemente de "décent, honnête.." cuando lo discutimos en el Gran Café, M. Marsay con su café negro y yo con mi té con limón. M. Marsay jamás entendió que yo tomara té existiendo en Venezuela un excelente café eran otros tiempos-, pero le consolaba que lo bebiese con limón, él siempre afirmó que tomar te con leche, como los ingleses vespertinos, era una aberración.
M. Marsay jamás regresó a Francia, excepto para alguna que otra visita ocasional a viejos amigos camaradas de la Résistance, y ya a estas alturas tiene su parcela pagada en el Cementerio del Este. Él no irá a morir a una Francia gobernada por un petit bourgmestre comme Monsieur Chirac, según su áspera opinión.
El problema está en que a M. Marsay, a los ochenta años, le dio por la televisión. Abrumado por la inseguridad caraqueña, temeroso de manejar su viejo aunque bien conservado Peugeot 404 del 67 ante la locura desordenada y agresiva del tránsito caraqueño, M. Marsay vive de su pensión de veterano y de sus prudentes ahorros que, en francos suizos, han salido beneficiados de la debacle venezolana, y prefiere permanecer mucho más tiempo tranquilo en su pequeño apartamento en un ya antiguo edificio entre la Solano y la Libertador.
Entonces descubrió la televisión que, hasta hace algunos años, no era para él más que un aparato Philips que le regaló una novia copeyana que tuvo una vez, cuando Luis Herrera permitió la televisión en colores.
Aquella novia de afanes socialcristianos había estudiado sociología en Paris y muchos años después en Venezuela, tras enviudar, un ocasional encuentro con el solterón M. Marsay había revivido romanticismos polvorientos y olvidados atardeceres frente al Sena- defendía aún la gestión de Luis Herrera, y el televisor fue una demostración de que por fin el progreso llegaba a Venezuela.
Desconozco los detalles de los encuentros de M. Marsay y su novia herrerista en el apartamento de Sabana Grande M. Marsay ha sido siempre un discreto caballero- pero sin duda algún programa en colores vieron juntos. Después, hasta la novia copeyana tuvo que rendirse ante la evidencia del desastre herrerista y el televisor se transformó en un mueble más, soporte de un florero de cristal que jamás albergó flores sino "carteritas" de fósforos que M. Marsay se llevaba de restaurantes y bares, extraña manía puesto que él dejó de fumar cuando en Venezuela desaparecieron los cigarrillos negros.
Hoy, comenzando el imperio chavista, esfumada en el olvido la novia copeyana, M. Marsay redescubrió el televisor y, quizás achaques de la edad, se ha convertido en un frecuente televidente. "Cest la décadence, mon ami", explica no sin cierta socarronería M. Marsay cuando habla de su nueva afición, pero vive pendiente de algunos programas que le agradan, como Cinema TV los sábados y la Ópera y ballets de los domingos por la noche en lo que todavía queda de Venezolana de Televisión; también sigue con fruición, siempre enamoradizo, la telenovela "El País de las Mujeres", en Venevisión, fascinado por la hermosura impactante y el talento de Viviana Gibelli, y por la excepcional calidad artística de Elba Escobar, una de sus favoritas de toda la vida. Según M. Marsay debo aclarar que, a pesar de la imposibilidad de pronunciar la "erre" española, habla, escribe y entiende perfectamente nuestro idioma- expresa opiniones muy favorables y hasta me ha dicho que le gustaría conocer a Leonardo Padrón, su autor.
Pero este sábado, ennuyé y amodorrado por el calor de la tarde caraqueña, vio una boda de artistas en el Sábado Sensacional de Venevisión. Ahora anda enfurecido, impactado por el mauvais goût prétentieux del matrimonio televisado. Para colmo, el domingo en la mañana se enteró tuve que explicarle la ausencia- de que la columna de Argelia Ríos en El Universal, "Catalejo", había sido eliminada, lo cual nos pareció a ambos francamente tonto.
Menos mal que por la noche pasaron una excelente versión de "Les Contes dHoffmann" por Venezolana de Televisión, que trajo paz y reconciliación al enfurecido corazón de M. Marsay.