Virilidad
Eduardo Haro Tecglen
Dos iban hablando de lo viril que es la marihuana; otro que pasaba se lanzó a puñetazos y mató a uno. El Supremo le absuelve de homicidio: su víctima no hubiera muerto de no estar enferma de sida. De todos estos escándalos me repugna más el de que alguien ataque a otros porque no comparte sus opiniones libres. Aparte del tema, del resultado de muerte y de la enfermedad, que deben ser "errores colaterales" en la moral y la ética obligatorias (me dan ya miedo personal los otanistas): la intolerancia, la cólera, la creencia de que uno mismo debe castigar lo que no admite, la fuerza bruta, la debilidad del agredido (no pudo responder) son, dentro de un sentido de la convivencia en el que creo, hechos gravísimos. Equipararlos al fascismo o al estalinismo me parece anticuado. El fin de siglo está cambiando conceptos. Se puede acusar a este absuelto de milosevista, si es que había en él un propósito de limpieza étnica, para limpiar su sociedad; o de solanismo, o de otanismo, o de democracia: que ha dejado de ser inocente en las manos en que está, si es que fue inocente alguna vez salvo en los cuadros de Delacroix: la chica con el seno al aire, el gorro frigio y la bandera tricolor, en la barricada contra los absolutistas.
La gran duda está en si la sociedad occidental -las otras están siendo ya tétricas; y son costillas de Occidente- es como es porque se nutre de estas personas (los que maltratan niños, los que apalean cónyuges, los que violan inmigrantes detenidas, los, las...) que producen estas democracias o, por el contrario, si son los grandes asesinos desde el poder, las armas, su tráfico, sus cárceles y sus ucases, los que caracterizan a la sociedad de la que sale el poder. O quizá el hecho de que no haya solución de continuidad de abajo arriba. Parece, por la sentencia, que el poder -uno y trino: misterio bufo- ampara, comprende, socializa esas actitudes. No castiga al que está enfermo de sida: pero dice que nadie es responsable de su debilidad, y si muere al golpearle será cosa de él y no de quien golpea. Se puede hablar libremente en la calle; pero si un ciudadano se indigna y pega, será cuestión menor, de delito de faltas.
¿Hay que volver a tener cuidado con lo que se dice por la calle? Seguramente. Es posible que sucesos como éste se produzcan con una frecuencia que no sospechamos: al no mediar muertes, ni siquiera trascienden. Si matan a uno a la puerta del fútbol, si tres guardias violan a una prisionera, trascienden: pero los culpables están en libertad. Conviene saberlo, destacarlo, poner de manifiesto: para que sepamos dónde estamos, quién es quién y cuál es nuestra gradacióncomo ciudadanos.
El País Digital (España), 14 de junio de 1999