Europa ha de recuperarse de su atonía moral e implicarse en la organización política y en la financiación de la reconstrucción
El debate sobre la guerra
Juan-José López Burniol
El
debate sobre la guerra en la antigua Yugoslavia ha cobrado intensidad durante los últimos
días. Puede servir de ejemplo la polémica desatada en Francia por un artículo de Regis
Debray en apoyo de Milosevic, que constituye -según Alain Joxe- una manifestación de
"cretinismo internacional". Y, en España, tenemos el "ardiente" cruce
de artículos entre Vargas Llosa (defensor sin matiz de la intervención de la OTAN) y
Manuel Vicent (pacifista enfurecido). Este debate entre intelectuales provoca, antes de
entrar en el fondo, una doble reflexión: primera, la inapelable pérdida de protagonismo
de los parlamentos nacionales en el debate político, así como en la conformación de la
opinión pública, tareas asumidas por los medios; segunda, la frívola trivialización de
los argumentos usados, que -unida a una censurable simplificación de los hechos y de las
razones (olvido de los antecedentes del actual conflicto y demonización de Milosevic, en
unos; repudio indiscriminado de la violencia, en otros)- debilita el razonamiento, degrada
la fuerza de convicción y convierte la discusión en un absurdo.
En realidad, el debate sobre la guerra -sobre cualquier guerra- se confunde, hoy en día, con el debate sobre si existe o no una violencia legítima. En efecto, parece hoy dominante una corriente de pensamiento, que hunde sus raíces en el mundo helénico y que sostiene la contraposición de la justicia, el derecho y la paz, por un lado, y la injusticia, la violencia y la guerra, por el otro. Pero, frente a esta idea -fruto de la perenne pasión por la paz del género humano-, se alza la realista concepción del pueblo romano, según la cual la violencia no es algo absolutamente contrario al derecho, sino algo inherente al mismo. Existe, desde luego, una violencia antijurídica, pero hay también una violencia que se halla al servicio del derecho. Es la violencia legal, la violencia autorizada por el derecho, que hace efectiva la vigencia del ordenamiento jurídico. O sea: el derecho necesita siempre, en todos los tiempos y latitudes, de la ayuda de la fuerza. Y esta concepción jurídica romana ha vertebrado la civilización occidental.
Aquel lector que se atreva a desdeñar displicentemente el aspecto coactivo del derecho, como si de una manifestación de atavismo se tratara, ha de tener la honestidad intelectual de preguntarse dónde se halla la raíz última de la protección de que gozan sus propiedades y sus derechos. La respuesta es clara: en el potencial amparo de un sistema de violencia legalizada y ritualizada bajo la forma de un proceso, cuya sentencia sería ejecutada.
Esta concepción romana aclara la naturaleza de la guerra dentro del derecho internacional. Así, entre estados, la guerra no es siempre una infracción del derecho, sino que puede ser, en muchos casos, un modo de hacer efectivo el derecho. En efecto, el Estado surgió como una forma de organización del poder territorial inventada en la edad moderna bajo la inspiración moral del protestantismo como medio de superar los conflictos entre las distintas religiones. Una forma de unidad que impone la paz interna, pero que presupone la pluralidad de estados, y, por tanto, la posibilidad de la guerra como medio para resolver los conflictos entre ellos.
Ahora bien, hoy estamos en el alba de un nuevo orden global, propiciado por la mundialización económica, que acarrea la crisis irreversible de los estados. En esta nueva situación, el recurso a la guerra como forma de realización del derecho ha de quedar reservado a las Naciones Unidas; pues, en caso contrario, se dejaría el campo abierto a Estados Unidos para imponer unilateralmente, bajo el imperio del mercado, un nuevo orden global. Que es lo que quieren, pues -como dice el almirante Perry, ex secretario de Defensa del presidente Clinton-: "Dado que Estados Unidos es el único país con intereses globales, es el líder natural de la comunidad internacional". Lo que provocaría la consolidación de un "nuevo desorden internacional", detectado incluso por Kissinger, con los riesgos que entraña para el mismo Estados Unidos: incremento del sentimiento antinorteamericano en China y progresivo alejamiento ruso de Europa.
Consecuentemente con lo expuesto, es cierto que la reiterada conculcación de los derechos humanos por la Serbia de Milosevic justificaba una intervención armada en Kosovo. Pero, para que esta fuese legítima, era preciso: primero, que la decisión hubiese sido tomada por las Naciones Unidas, sin que -en vista del desarrollo de los hechos- puedan alegarse razones de urgencia, basadas en la previsible obstrucción de China y Rusia al acuerdo de intervención en el seno del Consejo General de Seguridad. Segundo, que se hubiesen definido con precisión los objetivos de la intervención, lo que no ha sucedido, pues de la inicial defensa de los derechos humanos se ha pasado a la mera imposición a Milosevic de las condiciones decretadas por la Alianza, sin que pueda preterirse la soterrada pretensión de forzar a la población civil serbia, mediante el castigo de una cruel guerra de destrucción, a levantarse contra sus dirigentes. Tercero, que se hubiese definido una estrategia adecuada para alcanzar el fin básico propuesto -evitar que el Gobierno de Belgrado prosiguiese con el genocidio del pueblo kosovar-, lo que ha constituido un absoluto fracaso por pretender alcanzar el objetivo sin asumir los riesgos de la única estrategia posible: la ocupación terrestre.
En este gigantesco despropósito, la actuación europea ha llegado a ser doblemente deprimente: ha sido incapaz de asumir sus responsabilidades por falta de coraje, y únicamente se ha limitado a ejercer de acólito de Estados Unidos. Incluso así, aún es tiempo de que Europa se recupere de su atonía moral implicándose decididamente en la ocupación del territorio kosovar, la tutela de la nueva organización política y la financiación de la reconstrucción, con todos los riesgos y las cargas que ello comporta. Claro que puede ser que Europa esté muy ocupada con el mercado. Con el mercado del pollo belga. ¡Qué final!
La Vanguardia Digital ( España), 15 de junio de 1999