La vanidad y la soberbia

Josep M. Soria

Hay dos clases de comportamiento humano, si se me permite una síntesis exagerada: el vanidoso y el soberbio. El primero es el que precisa de la adulación y, cuando lo echa en falta, ha de difundir sus éxitos a los cuatros vientos para verse reconocido; en caso contrario, entra en el victimismo. El soberbio es aquel que no sólo no precisa el halago sino que desconfía si es objeto de ello, hasta el punto de que corre el riesgo de convertirse en un solitario arrogante y un antisocial. El vanidoso es el que necesita saberse el mejor; el soberbio se sabe el mejor.

Entre el vanidoso puro y el soberbio puro se halla toda la gama caracteriológica humana y el comportamiento que consideramos “normalizado” es el equilibrio entre los dos, un punto ideal y, por tanto, inexistente. Cada uno tiende a ser más vanidoso que soberbio o viceversa.

Hay profesiones en las que, de alguna manera, la tendencia a la vanidad o a la soberbia suelen ser muy marcadas. Por ejemplo, las que tienen una relación directa con el público (el espectáculo, el arte, la literatura, el periodismo, etcétrera) en los que la tendencia al extremo es prevalente y, por regla general, los hay muy vanidosos o muy soberbios. En el periodismo esta dialéctica es muy común. Hay colegas que precisan que constantemente se les esté aupando y otros que, por el contrario, no sólo no lo necesitan sino que lo rechazan de plano. En la vida diaria de las redacciones, muchos contenciosos tienen que ver con este fenómeno.

Hubo un maestro de periodistas que recomendaba constantemente a sus discípulos que fueran humildes y que no se dejaran deslumbrar por los golpecitos en la espalda, “que siempre son interesados”. “La humildad es para el periodista lo que el sexo para la prostituta” afirmaba de forma tan gráfica como estentórea. En el fondo, como es lógico, aquel reconocido maestro de varias generaciones de informadores catalanes era un soberbio arquetípico, lo que no quita que también fuera un enorme profesional que se autocalificaba como un “humilde trabajador de artes gráficas”.

Este fenómeno se da, asimismo, en la política. Los hay que precisan reconocerse en el beneplácito y la lisonja de los demás, hasta llegar a situaciones enfermizas. Por contra, otros exhiben una soberbia fuera de límites y llegan a tal estado de prepotencia que se pierden.

La presente campaña electoral resulta ilustrativa. Mientras Aznar tiene que proclamar a los cuatro vientos lo bien que lo está haciendo, hasta el punto ridículo de afirmar que con él ha llegado la paz al País Vasco, Felipe González, tras verse acosado, comete el grave desliz de decir que Aznar y Anguita “son la misma mierda”. Dos formas de comportamiento que revelan la diferencia que hay entre la vanidad y la soberbia.

La Vanguardia Digital (España), 11 de junio de 1999