Esos horribles cuarenta años
Manuel Caballero
Graham Greene ironizaba sobre la fascinación que los números ejercían sobre las almas simples, en particular en materia política: Tercer Reich, Tercera Vía (y si no hubiese sido un anacronismo, seguramente hubiese incluido allí la Quinta República de De Gaulle). En el ámbito venezolano, habría que incluir entre esas simplificaciones una que ha puesto de moda el vocabulario pendenciero del Presidente de la República: los 'cuarenta años' de desgracia que se habrían abatido sobre el país.
Siguiendo, instintivamente o a través de la exégesis de Ceresole, esa mentira goebelsiana repetida mil veces parece estarse convirtiendo en verdad. Ella se refiere a la desgracia que, dicen, se abatió sobre el país en los últimos cuarenta años. La aceptación sin crítica de esa cifra da sobre todo una idea del grado de desprestigio que han alcanzado nuestros partidos políticos, que hoy no se atreven ni a decir su nombre.
Se lo merecen
Comenzaremos diciendo algo que, de tan evidente, se ha hecho una banalidad: Acción Democrática y Copei se merecen, y más aún, se buscaron la situación actual. Ese es el destino de todo partido que deja de ser doctrinario para volverse simplemente gestionario. De todos los elementos que han contribuido a esa triste situación, hay uno sobre el cual queremos poner el acento: la falta de sentido de la historia en quienes han dirigido esos partidos, por lo menos en el último quinquenio.
Esto podría interpretarse de dos maneras: la primera repitiendo aquella frase bastante manida según la cual lo que diferencia a un político de un estadista es que este último piensa en las futuras generaciones, mientras que el político piensa sólo en las próximas elecciones. La otra, y a la cual nos referimos, es la conciencia lúcida y permanente de estar inmersos en un proceso histórico. La historia es la memoria colectiva de la humanidad. Perderla es condenarse a sufrir como aquel pueblo de Cien años de soledad que perdió la memoria y debía ponerle papelitos amarillos a toda cosa viva o muerta para recordar cómo se llamaba.
Condenados a repetirla
Y no es ocioso recordar aquí al también citadísimo Santayana: los pueblos que desconocen su historia están condenados a repetirla (la cita no es textual, pero es ésa). Dentro de ese orden de ideas, pudiéramos decir que es la falta de ese sentido de la historia que nos ha llevado a una situación como la actual, que tiene tanto de callejón sin salida. En efecto, al olvido de la historia de que han hecho gala las más recientes generaciones de políticos, se une el falseamiento, deliberado o no, de esa historia por parte del gobierno actual. Por cierto, si no sobrasen características para acusar a este Gobierno de tendencias fascistas, ese sólo bastaría: para Hitler, la historia es un monstruoso accidente que hay que suprimir, porque decía Rosenberg, toda la historia de un pueblo se resuelve en su primer mito. En nuestro caso, se trata de una operación ideológica destinada a hacer olvidar que los venezolanos tenemos otra historia que la militar, y que las ejecutorias civiles del siglo XX son tanto o más gloriosas que las del XIX, salvo que han sido realizadas sin armas y sobre todo sin caudillos.
No provoca 'pena ajena'
Ningún hombre sensato que tenga así sea una mínima idea de la historia, aceptaría la falacia de los 'cuarenta años' de desgracia; y en un debate por TV donde participamos él y yo, junto a Francisco Rivero y Carlos Andrés Pérez, así lo reconoció Herman Escarrá. Quien, dicho sea de paso, tal vez sea el único chavista que no dé 'pena ajena' ecuchar. Nuestra apreciación no es sólo más rotunda, sino producto de largos años de estudio de nuestra historia. Esta no es una jaquetonería personalista, sino el reconocimiento de cuánto debe el país a la Escuela de Historia de la UCV, donde ese estudio se realiza sin solución de continuidad en forma colectiva. Nuestra conclusión, ya lo hemos dicho antes, es muy simple: nunca en nuestra historia había vivido el país una época tan brillante como en estos malditos cuarenta años; nunca nadie había vivido tanto, nunca había pasado tanta gente por la universidad, nunca se había pensado siquiera en lo que es hoy una realidad, a saber la construcción de la única planta industrial del mundo en la zona tropical. En verdad, lo que se pretende aborrecer de esos cuarenta años no es la corrupción (que, como diría Luis Miquilena, sucede hasta en las mejores familias) sino el hecho de que ese lapso haya estado ocupado por gobiernos civiles.
¿Y la culpa de adecos y copeyanos en todo esto? No hemos visto u oído en los últimos tiempos una defensa consecuente de esos cuarenta años, una comparación entre la situación actual y la que existía cuarenta años atrás. No se escuchó durante todos estos años una refutación a la mentira que una conspicua dama del chavismo espetó enternecida hace poco: que los gallardos militares estaban refaccionando las escuelitas y los caminos que se habían deteriorado 'en estos cuarenta años'; olvidando que esas mismas escuelitas y caminos se habían construido en esos malditos cuarenta años.
¿Por qué ese silencio, si es cierto que el que calla otorga? Porque, cegados por sus muy gruesas gríngolas, se resistían a defender una obra por muy importante y patriótica que fuese, si en esa defensa se podía incluir al 'gobierno anterior'. El miedo a ese 'gobierno anterior' paralizó el cerebro y los músculos de los partidos históricos. ¡Ahí los tienen!
El Universal Digital, 13 de junio de 1999