Desde el puente

La posibilidad del golpe

Oswaldo Alvarez Paz

Venezuela está preocupada por la vigencia de la democracia. Se ha confundido demasiado el fracaso del sistema político vigente con la democracia misma. Para muchos cualquier cosa es mejor que lo que hemos tenido en los últimos cuarenta años, lo cual es injusto. Estas cuatro décadas pueden, perfectamente, dividirse en dos y dos, es decir, en los primeros veinte años y los segundos. En líneas generales los primeros fueron buenos y los segundos pésimos. Pero el balance se hace sobre estos últimos. Además, el desplome ha sido tan aparatoso que las cifras negativas empañan lo positivo del pasado. Lo peligroso es que el sistema sigue colapsado, las tendencias negativas no se revierten hacia lo positivo sino que, antes por el contrario, se profundizan en medio de un clima demasiado inestable.

Las expectativas favorables creadas por el triunfo electoral de Hugo Chávez pueden desaparecer muy rápidamente por varias razones. Una de ellas es la evidente ausencia de políticas económicas de envergadura que permitan afrontar exitosamente la gravísima situación heredada y ya agravada, al tiempo que facilite la construcción de una economía de mercado que funcione.

Lo que hemos visto hasta ahora no es una tragedia, pero es más de lo mismo. Políticas fiscalistas, pero no productivas, rentistas, pero sin aliento hacia el futuro. La tendencia declarativa de algunos funcionarios es hacia atrás. Demagogia, populismo y, por supuesto, ineficacia frustrante. Venezuela merece algo mejor.

Tan grave como lo anterior es descubrir que en materia política institucional, es decir, en cuanto a la reforma del Estado, los cambios estructurales e institucionales y la nueva visión de país que en la Constituyente deberá concretarse en una nueva Carta Magna, tampoco hay ideas claras, proyectos concretos ni conceptos básicos que trasmitan seguridad sobre lo que se quiere y se puede hacer. Si los hay son un secreto bien guardado. El Presidente, quien hace bien al promover la participación ciudadana en las elecciones constituyentes, en lugar de apoyar candidatos por compromisos políticos al mejor estilo puntofijista pero peor, está obligado a presentar la visión de país que tiene y el alcance de los cambios por los cuales dice estar luchando. Esto no ha sucedido, pero la conflictividad genérica estimulada contra todo y contra casi todos, la retórica de los sesenta, el lenguaje soldadesco que presenta al país como un campo de batalla dividido por dos ejércitos irreconciliables de buenos y malos los de él y los otros más los inaceptables disparates de algunos dirigentes políticos clave del llamado Polo Patriótico, plantean el tema del golpe de Estado como hipótesis que se analiza, serenamente, en muchos sectores.

Aristóbulo Istúriz amenaza con el golpe. Pablo Medina, no contento con pedir la eliminación de las gobernaciones, se va a Colombia en insólita y repudiable solidaridad con la guerrilla colombiana. Otros insisten en el disparate de proyectar una Constituyente como instrumento de gobierno y concentradora de todo el poder. En fin, ¿pretenderá Chávez un golpe de estado para imponer una contenida vocación totalitaria? O, por el contrario, ¿será necesario un golpe para pararlo en seco, poner orden y darle certeza tanto a la próxima Constituyente como al rumbo político y económico de la República, antes de que sea demasiado tarde? Estas son algunas de las cosas que se discuten en todos los rincones de Venezuela.

Yo, más que un demócrata al estilo tradicional, soy un fanático del ejercicio responsable de la libertad. Aquí no hay posibilidad de golpe exitoso ni habrá tiranía que pueda consolidarse. Este país no se calaría esa tragedia ni la comunidad internacional lo permitiría. Pero ya es hora de hablar con claridad y plantear el tema en toda su magnitud. Los demonios están sueltos.

e-mail: oalvarez@telcel.net.ve
El Universal Digital, 10 de junio de 1999