Un demagogo de 2° grado para un pueblo de primer grado
Antonio Cova Maduro
¿Cuánto tiempo le tomará al presidente Chávez liquidar el poder de los partidos (tradicionales) y la corrupción con la que ellos funcionaron? Esta parece ser la pregunta que deja en el aire el diputado Diego Bautista Urbaneja en su columna del jueves 10 de junio en el diario El Universal ("Gozábamos y Reíamos'' p. 1 - 4), y de la cual vale la pena hacer algunas importantes acotaciones.
En ese importante artículo -que le recomiendo a mis lectores- el político-politólogo Urbaneja hace un notable esfuerzo por desentrañar las razones del apoyo (extendido, por lo que dicen las encuestas) que la población brinda a Chávez y que ayuda a explicar por qué, a pesar de su inexistente labor de gobierno, esa misma población, que en lo más mínimo se ha visto beneficiado, brinda tal apoyo.
Urbaneja propone un concepto que, para sus propósitos -y los nuestros- resulta muy útil: el demagogo de 2° grado. Se trataría, según él, de alguien que más bien es parco en sus ofertas concretas sobre la dotación del bienestar esperado, pero resulta muy eficaz en otro nivel. ¿Cuál es ese nivel? Ni más ni menos, insiste Urbaneja, que el que se cimenta sobre una idea fija, sólida y compartida que tiene la población venezolana: somos inmensamente ricos y de ello disfrutaríamos si no fuese por... Es aquí donde hacen su perversa aparición los partidos de la cuarentona democracia venezolana. Ellos, sus "modus operandi'', su presencia misma, repugnante y corrupta, es el obstáculo principal, es más, el obstáculo único, para que todos disfrutemos de lo que, por "ius soli'' nos pertenece.
Urbaneja acota, de paso, que no es sólo que Chávez utilice de maravillas esa idea, ese profundo pre-juicio de los venezolanos, sino que lo puede hacer con tal facilidad -y éxito- porque él mismo, en lo más profundo de su ser, cree en eso con la fe de carbonero. Todos hemos sido víctimas de un despojo histórico y por eso requerimos un émulo de Bolívar para ser liberados del terrible obstáculo ya mencionado. Aquí, en este momento, entra ese ingrediente do Don Fulgencio que Chávez porta: su fascinación con imágenes felices de la niñez. Pelotero, Vengador errante, el Zorro, Batman y Robin y otros tantos. Es eso, quizás, lo que nos ayudaría a explicarnos algo que, a primera vista luce como una mera táctica: su "heroicidad individualizada'' que con gran facilidad se acopla con una aparente apertura al capital internacional, eterna "bete noire'' del mundo de la izquierda latinoamericana.
Todos esos personajes heroicos y salvadores del pueblo atropellado, tal como la imaginación norteamericana los proyectó al resto del mundo, combinaban, sin ningún problema, una cómoda vida (de millonarios incluso, como Batman, o terratenientes como el Zorro) con una misionera dedicación a enmendar entuertos y vengar a los pobres y desvalidos.
LAS OTRAS REFLEXIONES DE 3° Y 4° GRADOS
Si volvemos a nuestra pregunta inicial, la de cuánto tiempo, es obvio que ella se bifurca de inmediato. En efecto, la una tiene que ver con el tiempo que a Chávez le tomaría apartar el obstáculo (sin inmediatamente reemplazarlo por su partido) y la otra tiene que ver con el tiempo que a Chávez la población le concedería para que aparezca el mundo feliz de Oz. ¿Se acuerdan? Eliminada la "bruja mala del Oeste'', Oz volvió a ser feliz, for ever and ever...
El problema con la dimensión tiempo es que, dentro de cada tiempo, se presentan complicados y hasta contradictorios episodios. Un ejemplo claro es que los plazos -y los reales- hacen muy cuesta arriba celebrar la elección constituyentista para fines de julio y a lo mejor habrá que posponerla. Otro asunto es que el nuevo amor de la V República (la Causa R) ha sumido en rabiosos celos a la novia fiel del comienzo. Eso que ahora llaman "odios mellizales'' y que cualquier atacón de barrio conoce por experiencia, la novia furiosa cuando sus ojos se van tras otra...
Otro asunto que tiene que ver con el tiempo es el olvido, como en los boleros. Mientras más se aleje el tiempo en que adecos y copeyanos ejercían el desgobierno, más fuertes se tornarán las desventuras del presente. Más todavía si Chávez quiere ahora hasta copar, cual Cristina y Geraldo, con evangélico fervor, el tiempo de la televisión. ¿Cómo seguir peleando, entonces, contra un fantasma? Los venezolanos le aplicarán, en ese momento, su famosa pregunta: ¿Vas a seguir con eso? ¿Y qué pasará si apartado el obstáculo, barridos los partidos, instalada la V Repúblilca, no aparece la felicidad automática? Y si al lado de la tardanza en su aparición, obscena se presenta la corrupción, ¿qué pasará, cuál será la reacción de ese pueblo desvalido y esperanzado?
En ese sentido -pero sólo en ese- parecería muy hábil y conveniente la estrategia de los partidos tradicionales: hacer mutis, entregarle todo lo que el hombre pide, hacerse a un lado y vaciar el escenario para que sólo Chávez y su gente, sus Alfredo Peña y Combellas y Reyes Reyes y tantos otros brillen y aparezcan. Por todas partes, a toda hora, haciendo la corte y el coro al hablador incansable. Entonces aparecerá desnuda y brutal la realidad tal cual, es, la de la ineptitud más impúdica y la incompetencia más salvaje.
Si, como dice Urbaneja, "el demagogo más efectivo y total es el que cultiva las creencias erróneas del pueblo'', entonces una conclusión parece obligada: esas creencias erróneas serán el Calvario y la cruz de quien las cultivó. Al decir de mi madre, quien vive de ilusiones muere de desengaño y no hay nada más contundente que un desengaño social.
No haber aprovechado su liderazgo para construir una ética del trabajo, para incitar al esfuerzo compartido, sino para imponer su proyecto, incitando al odio a quien no piense como él, y a quien no le siga en su labor de destrucción de todo lo hecho en el pasado, es algo que la propia historia le cobrará más temprano que tarde. Ninguna duda tengo sobre eso.
Los pueblos -todos ellos, desde la Grecia que inventó el término- tienen la pésima costumbre de volverse airados y crueles contra quien les hizo creer en milagros instantáneos y felicidades míticas. En eso, son muy primarios y el nuestro es un pueblo de primer grado, como lo atestigua su historia, que es corta pero pletórica de lecciones, para quien las quiera oír y entender.
Sociólogo, periodista, profesor de la UCAB
Economía Hoy, 14 de junio de 1999