Pamplinas constitucionales
Michael Penfold Becerra *
La campaña constituyente se nos ha convertido en una larga acumulación de firmas, en una bulla personalista, tan dispersa, que nos impide siquiera distinguir los candidatos a la Asamblea, al menos, claro está, que posean un estilo vociferante o utilicen una boína roja. Ya han pasado varios meses y uno todavía se pregunta (discretamente para evitar las acusaciones patrioteras) cuál es la falla constitucional que tenemos que resolver, cuáles son los cambios de ingeniería institucional que debemos introducir para hacer que esa máquina constitucional genere un nuevo equilibrio democrático. Hasta ahora las propuestas han sido tan sólo una aspiración, signada por la imaginación tropical, de inventar un estilo de democracia jamás visto: la creación de un poder moral, la elección directa tanto de los magistrados como del contralor y el fiscal, eliminación de las asambleas legislativas, reelección presidencial inmediata a ocho o catorce años, reducción del poder de las gobernaciones, añadir una nueva estrella a la bandera nacional, y agregar el adjetivo "popular" al nombre de la República de Venezuela.
La experiencia constituyente podría ser descrita, hasta los momentos, como un simple ingenio para cazar brujas. La nueva constitución pareciera tener como único objetivo demoler unos partidos tradicionales que ya están muertos. De ellos sólo quedan los artículos dominicales de Luis Piñerúa Ordaz y Carlos Canache Mata y también las reflexiones orientadoras de Eduardo Fernández. Estamos creando una constitución para acabar con el pasado sin pensar en el futuro. Los partidos políticos empezaron a morir en 1989 con la aprobación de la elección directa de los gobernadores, luego con la elección en 1993 de un político supuestamente independiente como Rafael Caldera, para finalizar con el masivo triunfo de Hugo Chávez Frías en 1998. Muchos piensan, con cierta inocencia malsana, que la mejor manera de acabar con los partidos es cambiando la constitución, cuando lo cierto es que ellos se han desvanecido independientemente de la moribunda existencia de nuestro aparato jurídico.
Uno de los resultados de esta creencia es que estamos aceptando propuestas constitucionales diseñadas para matar a un muerto. En realidad lo que debemos hacer es analizar en frío cómo es que debemos crear un nuevo sistema político que sea sostenible a lo largo del tiempo en función de los cambios económicos y políticos que vienen operando en el país durante los últimos años. Estamos tratando de adelantar cambios radicales sin haber criticado de forma consistente la actual Constitución. Tampoco hemos identificado con claridad cómo es que las transformaciones de nuestro sistema de partidos, en particular su alta fragmentación, los cambios en el sistema electoral, y el surgimiento de un sistema federal, afectan el funcionamiento de un sistema presidencialista como el nuestro. Mucho menos hemos explorado las distintas opciones que en materia institucional deben ser introducidas para garantizar el funcionamiento de un sistema democrático con estas características. La misma carencia suele acompañar la discusión constitucional en materia económica. Aún desconocemos qué tipo de reglas constitucionales deben ser introducidas para garantizar un ejercicio fiscal sano, dada la traumática experiencia fiscal durante las últimas dos décadas, y tampoco sabemos cuáles son las mejores reglas para diseñar el presupuesto y mucho menos cómo debemos (o mejor dicho no debemos) hacer para regular el federalismo fiscal.
Todas estas interrogantes podrían llegar a resolverse si lográramos apartarnos de los delirios constitucionales que nos acompañan diariamente. Venezuela necesita en estos momentos un sentido mínimo de pragmatismo para lograr comprender su situación política y económica y crear instituciones adecuadas que permitan conducirnos hacia una democracia estable y un crecimiento económico sostenido. De las constituciones pueden salir no sólo sueños sino también monstruos. Es necesario alejarse de la idea de que la constitución es un pergamino al cual puede agregársele cualquier propuesta. Si continuamos por ese camino estaremos creando un adefesio de dimensiones incalculables. Por el contrario, una constitución debe ser concebida como una máquina, hecha de tuercas y tornillos, que si no está ensamblada armoniosamente, y de forma consistente con la realidad que pretende modificar, entonces simplemente nunca llegará a funcionar. Una buena constitución es un sistema de incentivos, es decir, un sistema que otorga de forma creíble recompensas y castigos, para lograr orientar el comportamiento político y económico y producir así resultados sociales óptimos. Para que esto ocurra las reformas que se propongan deben surgir de un entendimiento de nuestra realidad y no simplemente de la candidez que suele acompañar a las buenas intenciones.
* Profesor invitado del Centro de Políticas Públicas del IESA
michael.penfold@iesa.edu.ve
El Nacional On Line, 15 de junio de 1999