Una guerra sin héroes ni victoria
Llewellyn H. Rockwell
(AIPE).- El fin de la guerra en Yugoslavia no condujo a lo que suele suceder después de los combates. El comandante en jefe suele aparecer sonreído y radiante tras la victoria. Se entregan medallas, se organizan paradas militares y se arenga a las masas. Los veteranos de guerras anteriores son recordados como precursores de la libertad y el espíritu nacional se infla con fervor patriótico.
Esta vez nadie ha quedado deslumbrado por "la victoria". No hay despliegue de banderas ni paradas honrando a nuestros héroes. Fuera de los medios de comunicación hay total apatía. Se siente más lástima que entusiasmo por los veteranos de esta guerra. Y los veteranos de guerras anteriores se apresuran a repudiar todo el desastre.
Se trata de una guerra sin apoyo popular. Atacamos a una nación soberana que no nos hizo ningún daño. Ninguno de nuestros intereses nacionales fue amenazado por el conflicto entre cristianos y musulmanes en Kosovo que lleva ya 600 años.
Todavía hoy es difícil entender la razón por la que bombardeamos a Yugoslavia y ya nadie realmente cree que a la administración Clinton le preocupen las violaciones de los derechos humanos. ¿Quién puede creer en esos sermones, cuando estaban bombardeando simultáneamente a hospitales, colegios y acueductos, matando a civiles inocentes como parte de su estrategia militar? Lejos de sentirnos orgullosos, los estadounidenses sentimos un horrible peso en la boca del estómago.
Aunque las guerras siempre tienden a unir a la gente en apoyo de sus líderes, las encuestas muestran que la popularidad de Clinton más bien sufrió. Muy pocos apoyaron la guerra y, de esos, la mayoría iba a ser de alguna manera beneficiado por ella.
Ni siquiera para la OTAN resultó una victoria porque el tratado de paz modifica las absurdas imposiciones que Rambouillet trató de asestarle a los serbios. Y desde un punto de vista humanitario, la guerra resultó ser una verdadera catástrofe, con miles de muertos y toda una sociedad en ruinas. La ausencia de una celebración de victoria refleja un reconocimiento generalizado de esta realidad. Una realidad que no ha sido ampliamente reportada por los medios, pero gracias al Internet, ésta ha sido la primera guerra en que un número sustancial de personas tuvieron acceso a fuentes alternas de información, por lo que no había que oír sólo a los loros que repiten la propaganda oficial.
El contraste entre la verdad y la propaganda fue tan dramática que recibimos importantes lecciones sobre cómo funciona la desinformación. Hasta la OTAN tuvo que admitir haber mentido respecto a sus propias maldades. O confesaban o perdían toda credibilidad.
Un reportero que escribió con franqueza fue Steven Langer, quien en la revista dominical del New York Times, del 13 de junio, dice que ningún serbio o albano cree "que esto era otra cosa que una guerra de Washington". Toda la habladuría sobre los aliados no fue más que una hoja de parra. Y ahora vemos la huida de Kosovo de más de 80 mil aterrorizados serbios, sin que la OTAN quiera o pueda hacer nada.
Es duro para los ciudadanos de Estados Unidos pensar en el inmenso sufrimiento causado en Yugoslavia por bombas y balas fabricadas con el dinero de nuestros impuestos. Lejos de celebrar, hay más bien una tendencia a no querer pensar en lo que ha pasado. Pero aquellos que sí pensamos, gritamos: "esa fue una guerra del gobierno y no mía".
Presidente del Ludwig von Mises Institute