Desde la barrera
Ni un pelo de tonto
Santiago Ochoa Antich
Con este título están proyectando una película del insigne actor italiano Roberto Benigni en varios cines capitalinos. Han debido, pienso yo, haberle dejado el título original y haberla llamado "El monstruo". La película es excelente. Se las recomiendo. Pero no es de eso que quería hablarles.
William Jefferson Clinton, en sus distintos enfrentamientos con la mayoría republicana en el Congreso y especialmente con lo llevado a cabo en Bosnia y ahora en Kósovo, ha demostrado no tener "ni un pelo de tonto". Primero fue la lucha contra Newt Gingrich, líder de la mayoría en la Cámara de Representantes, a lo que siguió el llamado fiscal especial Kenneth Starr, que investigaría no sólo el escándalo de la pasante sino otros episodios "dudosos" de su vida como gobernador del estado de Arkansas. No sólo les probó a sus enemigos republicanos que el inquilino de la Casa Blanca era un hueso muy duro de roer, sino que ha logrado llevar a feliz término en Kósovo una campaña militar usando como arma ofensiva únicamente a la fuerza aérea.
¿Cómo lo logró? O porque tiene un consumado olfato o, lo que es mucho más probable, porque sabe usar las células grises, como diría Hércules Poirot, el detective belga creación de Agata Christie. Fueron muchos los que le dijeron que la fuerza aérea no era capaz por sí sola de llevar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte a un triunfo y que, por lo tanto, se llegaría al punto de necesitar la intervención de ejércitos, lo que conduciría a una guerra de guerrillas. Se le recordó también que los partisanos del mariscal Tito en los mismos Balcanes le habían hecho frente a 40 divisiones de la Alemania nazi, con el resultado de todos conocidos y que otro tanto había ocurrido en Vietnam.
Clinton, sin embargo, se dio cuenta de una pequeña pero importante diferencia. En todas las guerras de guerrilla en que éstas lograron triunfar, contaron siempre con el apoyo de una gran potencia. Así ocurrió en España cuando Napoleón. El continuado suministro de armamento procedente de Gran Bretaña había hecho la diferencia. Los viet cong en Vietnam nunca hubieran logrado triunfar sin el apoyo logístico de China y la Unión Soviética. Como tampoco lo hubiera logrado Mao años antes, sin los suministros soviéticos. Y en Afganistán, los muyajeidines no hubieran ganado sin la ayuda de la CIA y de Paquistán.
Pero en Kósovo la situación sería enteramente distinta. Rusia ya no es la Unión Soviética. Requiere la ayuda financiera de Occidente. Está amarrada. Enfrentado con la decisión inminente de la OTAN de invadir por tierra y, conociendo la imposibilidad de lograr apoyo para una guerra de guerrilla, al presidente yugoslavo no le quedó otro remedio que aceptar las condiciones de la OTAN. Así de simple.
Además, Bill Clinton ha sabido rodearse sumamente bien. Madeleine Allbright ha demostrado ser cónsona con su apellido. "Bright" puede traducirse como brillante, despierta, capaz. Como secretaria de Estado ha puesto de manifiesto todas sus cualidades. Ha resultado ser una especie de cruce entre Margaret Thatcher y Henry Kissinger. Lo mismo puede decirse del secretario del Tesoro, Robert Rubin, quien junto con Alan Greenspan comparte el crédito por la continuada bonanza económica norteamericana. Bill Richardson, el secretario de Energía también juega en estas ligas mayores de la política.
Pues bien, todos ellos están interesados en que Venezuela firme los Tratados de Doble Tributación y de Protección de Inversiones. Por algo será. En estas circunstancias, debo sumar mi voz a la de Luis Brito García. Los inversionistas norteamericanos están mayormente interesados en el petróleo, el gas, las telecomunicaciones y el turismo. Sus inversiones pueden ser masivas en los próximos años. Por el contrario, sólo unos cuantos venezolanos han invertido en Estados Unidos. Un acuerdo de doble tributación como éste no beneficiaría a las dos partes por igual. Además, en esas circunstancias, podría resultar contra producente al obligar al Estado venezolano a conservar bajo su control a empresas como PDVSA, pues de lo contrario perdería tanto las altas tasas de impuestos como la regalía. Quizás por eso varios empresarios venezolanos le han dado también su aprobación. Porque ellos tampoco tienen ni un pelo de tonto.