Signos negativos para el cambio (I)
Guido Grooscors
La población venezolana, en su inmensa mayoría, desde hace ya tiempo, viene reclamando cambios en el país, del más variado género: políticos, económicos, sociales, o sea para decirlo en términos de uso frecuente, estructurales e institucionales. Hasta ahora los mismos no se han concretado. Como resultado de las jornadas electorales de noviembre y diciembre pasados se renovaron, entre otros, los poderes Legislativo y Ejecutivo de la rama nacional y, posteriormente, en abril del presente año, un referendo consultivo abrió formalmente el camino para que una asamblea constituyente asuma la responsabilidad de dictar una nueva Carta Fundamental que sirva de basamento para las reformas indispensables que será necesario adoptar a fin de dar paso al ambicionado objetivo de reconstrucción nacional que, sin mayores distingos en su esencia, ha sido el pronunciamiento del electorado en los procesos de comicios hasta ahora efectuados.
Sin embargo, no todo está claro respecto a las vías que habrá que cubrir para alcanzar la meta propuesta. Así, por ejemplo, en cuanto al aspecto político propiamente dicho, estimo que existen coincidencias notables en segmentos determinantes de la población para que los cambios se adopten democráticamente, en forma tal que se respete, y si se quiere, se acentúe, el sistema plural, de consensos y disensos, en paz y libertad, que ha sido una de las características sobresalientes del régimen contemplado en el texto constitucional vigente.
Pero la visión del jefe del Estado es otra. Si bien trata de comportarse, de cara a la opinión pública, como un gobernante apegado a los mecanismos democráticos, la verdad es que su conducta cotidiana se distancia a zancadas de los mismos. Ha llegado al extremo el primer mandatario, en su desenfadado afán de participar, contra toda norma, en la campaña electoral para promocionar a los candidatos suyos, de acudir ahora a un expediente inédito pero de graves consecuencias, como lo es el de hacer proselitismo político en las aulas estudiantiles estimulando a niños y adolescentes para que intervengan indirectamente en el debate electoral, del cual están expresamente excluidos, puesto que, en razón de su edad, no son aptos ni para elegir ni para ser elegidos. Sirva el comentario anterior para mostrar los peligros ciertos que amenazan a la democracia venezolana de persistir el presidente de la República en esa actitud de perdonavidas que es la constante de sus recurrentes intervenciones públicas, ampliadas ahora con programas exclusivos suyos de radio y televisión y el anunciado diario oficial que servirá como tribuna de réplica de cuanta información desagradable al gobierno sea publicada por los medios de comunicación en ejercicio de la libertad de expresión que "por ahora" garantizan el estado de derecho y el ordenamiento jurídico vigente. Sea de advertir, con lo ya anotado y con otros varios elementos que serán objeto de atención en futuras entregas, que la tarea que tendrán por delante los asambleistas que alcancen a ser electos el próximo 25 de julio, no será nada fácil. Redactar una nueva Constitución para la República es responsabilidad de todos ellos y no sólo de una fracción, por mayoritaria que ésta sea. Esto es, que el nuevo instrumento rector de la institucionalidad democrática requiere, para ser aceptado por la sociedad civil, sin reservas ni cuestionamientos, que el mismo sea producto de un laborioso y amplio debate político, marcado por el más amplio consenso y el diálogo permanente entre los representantes que acudan legítimamente a las deliberaciones de la prevista e inminente instancia constituyente.