Un mundo feliz
Darío Valcárcel
Estados Unidos entra en su noveno año de crecimiento ininterrumpido. En 1998, el PIB creció el 3,9 por ciento. Siguen subiendo las inversiones, los salarios, los dividendos, la Bolsa... Retroceden la inflación y el paro, en el punto más bajo de los últimos 30 años. Posiblemente en la economía americana hay crecimientos ocultos, misteriosos, que no se manifiestan estadísticamente. A medio plazo, quizá Estados Unidos haya de hacer frente a nuevas amenazas, no sólo económicas. La violencia, en los colegios o en grupos marginales; el predominio del dinero sobre la democracia; la extensión de las mafias de la droga... Y sobre todo, el hecho de que la gran nación no puede mantenerse como una isla de prosperidad («Brave New World» eran el título elegido por Aldous Huxley) en un mundo lleno de conflictos.
En buena parte, los sueños de hace 30 años se han hecho realidad. En Estados Unidos emerge una sociedad del todo distinta. Es un hecho estudiado una y otra vez. Un asesor de la Comisión Europea, Michel Catinat, acaba de describir en un ajustado ensayo la relación Estados Unidos-Unión Europea en los años 2000/2025 (revista «Futuribles», París, mayo 1999). Europa no ha permanecido inactiva ante las tecnologías de la información y las telecomunicaciones. El informe Bangemann divulgaba, en 1994, los planes de la Comisión Europea para correr esta carrera. Pero el avance de Estados Unidos parece hoy imparable. Internet es una realidad americana, que Europa ha tardado en reconocer. El presidente Clinton ha puesto en marcha hace seis años su National Information Infrastructure (NII) para financiar, animar y apremiar a toda empresa estadounidense capaz de participar en la liza. Por la industria de la información pasa todo; en todo aparece como fuerza directora: en la banca, la energía, la alimentación, la defensa del medio ambiente... El hecho de disponer de datos fiables e instantáneos ha revolucionado todos los sectores del saber práctico. De aquí nace el desarrollo de la economía americana, y lo que le permite mantener su ventaja, no sólo cuantitativa, sobre la Unión Europea y Japón, no digamos sobre los demás.
Europa no puede plantearse los dos próximos decenios en la dispersión. Sin una verdadera unión económica y política, no saldrá adelante. Entre los europeos, se lee en el último número del «Nouvel Observateur», una nueva generación parece haberse hecho con el poder, decidida a cambiar el destino del Viejo Continente. Las dos orillas atlánticas comparten la defensa de los derechos del hombre, los valores democráticos y un sistema económico de libre iniciativa. Los europeos necesitan que estos principios se extiendan a la antigua Yugoslavia. Posiblemente Milósevic es un episodio más, en un lento proceso, viejo de cien años, que ha de rescatar a los Balcanes e integrarlos en una Europa más cohesionada con unas instituciones comunes: más y más trabada en torno a la PESC. Ese imperio carolingio del siglo XXI, imperio sin emperador, sólo avanzará en una sociedad menos opaca, electrónicamente verificable.
En Estados Unidos hay una visión a largo plazo, unos objetivos escalonados, una mecánica de trabajo. Estas tres fases -visión, objetivos, mecánica- son las que dan la base a un gran programa, concebido a escala nacional y mundial. La Global Information Infrastructure (GII) promueve el concepto de servicio universal y facilita el acceso de todo ordenador a las redes americanas. Washington ha entendido la oportunidad: la NII respalda la investigación, la informatización de su administración, la adaptación de leyes y reglamentos. La GII extiende esa política en el mundo. Europa ha de pisar a fondo el acelerador en las dos áreas de las que depende la próxima etapa: en las Universidades y en el entorno de las empresas creadoras de innovación.
ABC (España) , 22 de junio de 1999