Mujeres y política

Robert Vergés

Jordi BarbaEl siglo XX que finaliza es calificado con adjetivos diversos, como el siglo de la revolución informática que sucede a la revolución industrial, como el siglo del inicio de la globalización e incluso, con tremenda pedantería, como el siglo del fin de la historia. Pero, acercándonos a la realidad social, quizás una de las revoluciones que se han producido de importantes consecuencias históricas, especialmente desde la mitad de la centuria, es el acceso de la mujer, individual y colectivamente considerada, a la cosa pública, a la política en su acepción más genérica, lo que supone el acceso, en igualdad de condiciones, al papel social antes reservado en exclusiva al sexo masculino.

Esta revolución femenina se inicia en nuestro mundo occidental en la tradición judeo-cristiana-ilustrada imperante en las sociedades anglosajonas. Las feministas y sufragistas inglesas y americanas, objeto de tantas ironías burdas dentro y fuera de su país, rompieron el fuego, pero después, con la extensión en Occidente y, por contagio, prácticamente a todo el mundo, de la doctrina de los derechos inalienables e inviolables del ser humano, la mujer ha ido accediendo a todos los quehaceres y afanes del tráfico social. Es cierto que esta equiparación no es igual en todas las culturas y sociedades y que aún en nuestro entorno existen discriminaciones de hecho, pero es evidente que la irrupción de la mujer fuera de las estrictas tareas del hogar es un hecho cierto creciente e imparable.

Pero no es mi intención en este artículo constatar unos hechos que son evidentes para todos, sino plantear una serie de preguntas sobre cuestiones que está produciendo esta revolución femenina, que de entrada, y como habréis intuido, considero positiva y trascendental. La primera es la mayor existencia de mujeres líderes políticos en el mundo ajeno a la tradición occidental como es el caso de Asia, en el espacio en que se fraguaron precisamente los derechos humanos. Vienen aquí a mi memoria el caso de Indira Gandhi y su dinastía, el de Benazir Bhuto, el de la hija de Sukarno y el de la propia Imelda Marcos con todas sus dosis de turbio populismo. Me diréis que en el entorno europeo y americano existen innumerables ejemplos de mujeres que ejercen de diputadas, alcaldesas y altos cargos de la administración, pero lo cierto es que en América del Norte y en nuestra Europa continental no han aparecido durante el siglo XX, y ni siquiera en este final de milenio, jefaturas de gobierno ocupadas por mujeres. Quizás el único ejemplo, pero no ya del continente, ha sido el de Margaret Thatcher, una de las grandes figuras políticas del siglo XX, cuya actuación por acción o reacción aún subyace en el panorama político europeo. Por mi parte, no acierto a explicarme este desequilibrio a favor de Asia. Quizá la presencia de la mujer como líder político se deba a la necesidad de una actitud militante en contra de una fuerte discriminación por razón de sexo o, por el contrario, la cultura de algunos sectores de Asia tiene un substrato menos diferenciador entre los sexos que la nuestra.

Pero volvamos a nuestro entorno próximo y al título del artículo. En nuestro país, el acceso ascendiente de la mujer en el mundo social es evidente. En el campo profesional, el acceso de la mujer a la medicina, a la abogacía y al mundo universitario iguala o supera al mundo masculino y no digamos en el mundo de la enseñanza, en el que mantiene su tradicional monopolio. Y en el campo de lo público es evidente este incremento en la judicatura y en todos los escalones de las administraciones públicas. Quizás esta irrupción es consecuencia de lo que ya está ocurriendo en los escalones iniciales de equiparación entre los sexos, es decir, en la educación primaria, en ESO y en el bachillerato. En estos niveles, la preeminencia de las niñas es evidente, por su constancia, laboriosidad y especialmente sentido de responsabilidad. Tanto es así que en mi calidad de presidente de la Fundación Escolar Garbí, que practica la coeducación desde hace más de treinta años, unos expertos profesores planteaban el problema de cómo lograr, ante la superioridad de las niñas, que los niños no se acomplejaran y no “pasaran” de la vida instructiva y educativa de la comunidad escolar. Y esta preeminencia de la mujer también se está dando, por méritos propios, en el ingreso por oposición a los altos cargos de la administración. Y asimismo en el caso de directoras y altas ejecutivas que ocupan puestos en el campo de la empresa privada.

Después de esta constatación del papel de la mujer en nuestra sociedad avanzada, la pregunta es acerca de por qué no vemos aún mujeres jefes de gobierno ni en la América anglosajona ni en nuestra Europa continental. La contestación más simple y quizá la acertada sería de que todo es cuestión de tiempo y que quizás estamos ya en el umbral de este acontecimiento. Otra hipótesis -que correspondería responder a las propias mujeres- sería la de que la manera de ser rigurosa y responsable del quehacer femenino no coincide con el tipo de política teatral y espectacular que hasta ahora era propia de los líderes políticos en nuestras latitudes. En la medida en que el gobierno de la “república” se acerque al terreno de las realidades tanto económicas como sociales, es posible que la mujer ocupe el pleno liderazgo político. Por mi parte, me eduqué en una escuela, la del Mar, del maestro Pere Vergés, en la que chicos y chicas participaban democráticamente en el gobierno de la escuela, sistema que se ha seguido en la Fundación Garbí. De estas experiencias propias y explicadas resultaba y resulta que las chicas ejercen muy bien cargos de autoridad y responsabilidad, mientras los chicos eligen y gestionan muy bien cargos culturales, científicos y de actividades lúdicas. De estos ejemplos resulta, pues, que a pequeña escala las mujeres son excelentes gobernantes si esta función es menos teatral y más efectiva.

En todo caso, lo que apunto es solamente una hipótesis, pero sí es cierto que la igualdad jurídica y social de la mujer comportará una libertad en su “manera de ser” y una nueva redistribución del papel de los sexos. Y esta nueva asignación coproducirá posiblemente una nueva definición del liderazgo político. En todo caso, los hechos están ahí y mientras los cambios acelerados se producen en el campo de las tecnologías, de forma menos aparente, pero más profunda, también se producen en las estructura social.

La Vanguardia Digital (España), 22 de junio de 1999