Autoritarismo económico: ¿una alternativa?
Domingo Fontiveros
Uno de los frutos más importantes del desarrollo económico es la ampliación del espacio para los intercambios voluntarios entre personas, porque ello ha acompañado y reforzado el despliegue de las propias facultades y la libre búsqueda de la felicidad, entendida así como desiderátum terrenal. El desarrollo material puede ser entendido también como parte de un proceso mayor, que consiste en la emancipación del género humano, complementario de la libertad política, que se traduce en una mayor independencia respecto al reino de la necesidad, que impera en la pobreza y el atraso.
El éxito económico de muchos países, que sirve como émulo y que aporta lecciones valiosísimas, a veces origina, sin embargo, un hondo sentimiento de frustración. Tal ha sido el caso de Venezuela que durante ya casi dos décadas de empobrecimiento no ha podido cohesionarse como nación en torno a un nuevo proyecto económico que respetando la justicia garantice el crecimiento del ingreso y del empleo. Es como si el dolor provocado por esta crisis larga hubiese opacado los sentidos y la racionalidad, en favor de la ilusión y la rabia.
Sólo así puede entenderse que algunas voces del Gobierno, en el contexto de la elección constituyente, comiencen a airear postulados que claman por el dirigismo económico y la economía del decreto, como si el hecho productivo moderno fuese resultado de la subordinación política y no de la libre voluntad creadora.
El desafío fundamental para la economía venezolana pasa por la liberación de sus fuerzas productivas y la estructuración de una red de incentivos y penalidades inteligentemente construidas. Esas fuerzas productivas se encuentran desde hace tiempo atascadas en la incertidumbre, la arbitrariedad, el privilegio, regulaciones inoperantes y muchas veces contradictorias entre sí, el riesgo crónico y elevado, y un régimen de asignación de recursos que no premia a los sujetos productivos ni penaliza los nichos de rentismo y de corrupción. Pero el enfoque correcto para salir de esta situación no es reemplazar un dirigismo por otro, ni sustituir un voluntarismo por otro de nuevos colores, ni replantear un nuevo y colosal esquema paternalista centrado en la buena voluntad del jefe de Estado. No.
La liberación de las fuerzas productivas sí pasa por el desmantelamiento de las viejas estructuras hipertróficas del Estado, por una reforma cualitativa y sustancial de la gerencia pública en los distintos niveles de gobierno, por la reconquista de la gobernabilidad democrática donde se armonicen los intereses y los puntos de vista, legitimados no por la estridencia sino por su conjugación con lo justo. El autoritarismo económico puede querer perfilarse como alternativa al liberalismo, agazapado en la onda política que clama contra la corrupción y la injusticia. Es una vieja vena del pensamiento que por estar superada no se presenta al descubierto. Yo prefiero al liberalismo igualitario, hacia donde se orienta esa gran convergencia entre la democracia política y el mercado económico.
El Universal Digital, 17 de junio de 1999