La superficialidad

Axel Capriles M.

La novela Desde el Jardín de Jerzy Kosinski, o la película Forrest Gump nos dan una imagen precisa para la crítica de la opinión pública de nuestro tiempo, sea ésta económica, política o social. Y es que la superficialidad es la reina de los días. Uno se da cuenta de ello hasta en las más formales conferencias académicas. El día que uno presenta un sesudo y novedoso trabajo cuya investigación le ha tomado meses de intenso trabajo, la discusión queda en dos o tres comentarios y el público reacciona con un pasajero 'qué idea tan interesante'. Cuando, por el contrario, cansado de la poca valoración del esfuerzo, uno se presenta ante el auditorio con una charla improvisada compuesta por opiniones comunes y datos apresurados, aderezados con numerosos chistes, el entusiasmo rellena la sala y los aplausos se extienden, para cerrar la intervención con contagiosa aprobación.

A pesar de ello, tendía a pensar que señores tan racionales y serios como el presidente del Citibank o los analistas del Credit Suisse-First Boston se impresionarían más por el contenido y las fundaciones que por la fachada de las cosas. Ingenuo uno. Bastaron unas metáforas beisbolíticas y unas citas de la popular canción New York New York para que el aplauso y las carcajadas del público hicieran del viaje del presidente Chávez a los Estados Unidos un éxito y para que el embrujado (o interesado) William Rhodes considerara a Venezuela un país de oportunidades. Sabemos que si el First Boston o el Citibank están interesados en ser agentes colocadores de la próxima emisión de bonos de deuda pública venezolana, sus representantes no podían decir otra cosa de su cliente. Pero, aparentemente, muchos otros inversionistas sucumbieron ante la superficialidad, como el representante de un fondo de inversión que expresó: 'uno no puede evitar identificarse con él. Habla de sus sueños de beisbolista y de crear un país de sueños. Hay mucho entusiasmo ahora'. Pero, dígame usted, señor lector, ¿qué tienen que ver (en qué inciden) los sueños de beisbolista con el complicado diseño de la compleja política económica de un país?

Es cierto que Chávez hizo otras cosas en los Estados Unidos, además de cumplir sus sueños. Dijo frases profundas y originales como: 'Venezuela es un país lleno de oro, de petróleo, es parte del Paraíso, pero vive en estos momentos la crisis más grave de toda su historia'. También presentó el Programa Económico de Transición 1999-2000 con planes tan concretos como éstos: Sector construcción: se prevé incentivar la inversión privada dirigida a combatir el déficit habitacional. Sector turismo: explotar racionalmente las ventajas comparativas del país. Sector industrial: transformar el aparato productivo mediante el fortalecimiento de la pequeña y mediana industria y el estímulo a la inversión privada. Le pregunto nuevamente, señor lector, ¿no es verdad que usted jamás en su vida había escuchado un plan tan preciso y estudiado como éste? ¿No está, ahora, tan lleno de entusiasmo como los inversionistas extranjeros?

Si la superficialidad reina en los más altos pináculos de la economía y de las finanzas mundiales, ¿qué podemos pedirle a la opinión pública o al soberano pueblo venezolano? No debería entonces asombrarnos que después de tanto barullo sobre la Asamblea Nacional Constituyente, sólo el 1% de la población piense que la tarea principal de dicha asamblea es crear una nueva Constitución, o que el 12% de la masa soberana crea ilusamente que el Poder Constituyente, cual profana organización de inversión industrial, resolverá el problema del desempleo.

El Universal Digital, 17 de junio de 1999