Nostalgias contraculturales

Juan Carlos Santaella

A veces tengo la curiosa sensación de que el siglo veinte terminó, definitivamente, hacia finales de la década del sesenta. Lo que ha ocurrido después, no son más que epílogos, afortunados unos y desafortunados otros, de una historia social, política y cultural cuyos protagonistas cumplieron, a carta cabal, el fiel propósito de sentar las bases de un nuevo programa para el siglo veintiuno. Como quiera que sea, las últimas y decisivas batallas de la historia parecen que fueron libradas al calor de aquellos años destemplados, provocadores e irreverentes. Lo que se llamó, en su momento, el nacimiento de una "contracultura", no fue otra cosa que la respuesta legítima y provocadora contra un orden de circunstancias que demandaban, sin duda, la expresión de fuerzas penetrantes, colmadas de rabia, henchidas de frenéticos delirios humanos.

En 1969, hace exactamente treinta años, los movimientos artísticos y estudiantiles de entonces irrumpieron en el escenario social cuestionando todos los valores y principios existentes. Fue, en efecto, una década maravillosa, contradictoria, signada por la violencia verbal, el arrojo estético y una atrevida voluntad política que hizo temblar de miedo a muchos gobiernos de Occidente. Desde 1945 no se habían producido tales estallidos sociales, semejantes confrontaciones éticas, inigualables reverberaciones del espíritu. Todo llegó a ser profunda e implacablemente cuestionado. Tanto en el orden sexual como en el político, nada escapó a la mirada cínica y desenfadada de aquellos que deseaban, a toda costa, hacer valer una añorada utopía. Varios hitos forman parte, como irrefutables testimonios de la historia, del clima contracultural vivido por una generación irrepetible y afanosa de su destino colectivo. El mayo francés del 68; la matanza de Tlatelolco en México; la renovación estudiantil llevada a cabo en algunos países latinoamericanos; el fortalecimiento de la cultura del rock; la revolución cubana en plena fase expansiva; el uso comúnmente admitido de las drogas blandas y las duras; el movimiento feminista; la moda del orientalismo; el hippismo, los beats trasegando con alcohol, poesía y vanguardia, el mundo feliz de California; Allen Ginsberg, eufórico, recitando sus ácidos versos en las calles de San Francisco; Norman Brown; el psiquiatra Abraham Maslow, Alan Watts reiterprentando toda la cultura mística oriental, Bob Dylan y sus conciertos a media noche, Joan Baez y su posición políticamente izquierdista, los famosos happenings teatrales que hicieron escandalizar a más de uno en pleno centro de Nueva York, las Panteras Negras, la cultura chicana, Juliette Greco destemplando su dulce voz en las agitadas calles de París, la guerra de Vietnam, y un largo catálogo de hechos que marcaron, para siempre, a estos años tumultuosos. Década irrepetible, audaz en sus contenidos políticos, el eco de sus voces hace ya mucho tiempo que se apagó para dar lugar a un ciclo histórico distinto, inofensivo, hedonista y, sobre todo, consciente de su más absoluta banalidad.

La reacción ulteriormente posmoderna, se explica como una salida insípida, banal y despolitizada del acontecer social. Frente a los contenidos contraculturales, los cuales dinamitaron todos los esquemas éticos de entonces, se impuso, como frágil reacción, el pensamiento débil que singulariza hoy la cultura de nuestro tiempo. La posmodernidad reivindica, de nuevo, los valores que fueron impugnados por la contracultura: apoliticismo, conservadurismo, pacata moralidad, fervoroso apego al liberalismo económico, indiferencia social, miedo a la sexualidad, en fin, todo un sistema de concepciones culturales amarrado a un pensamiento inevitablemente reaccionario. En el año 69, los escritores de mi generación éramos, apenas, unos recién entrenados adolescentes. Nada de aquellas incandescencias contraculturales nos incumbía y ni siquiera nos rozaba el cuerpo. Sin embargo, algo de su espíritu obtuvimos, algún beneficio ético se introdujo, de manera secreta, en nuestros corazones. Llámese nostalgia o lo que sea, algunas veces añoramos esos viejos combates de la imaginación. Claro que ella -la imaginación- nunca fue, legítimamente, al poder. Y aunque el poder sigue estando en las manos de tecnócratas y políticos inmorales, la respuesta, como dice la canción de Bob Dylan, aún "está flotando en el viento".

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El Nacional On Line, 18 de junio de 1999