Cara Dura

Juguete Nuevo

Samuel Furlanetto

 Como niño con juguete nuevo –que dice el refrán- así parece andar el señor Presidente con el asunto de los uniformes militares, de los cuales sólo le falta usar –que yo sepa- el de gala, es decir, el de chaqueta blanca y pantalón negro, realmente elegante a diferencia de sus equivalentes en algunos países latinoamericanos.

Ignoro la razón íntima de esta afición, y temo verlo ya con el de gala en este mes patriótico que es julio en Venezuela, aunque también me atrevo a prever que las masas que cuentan, las que conforman las clases medias, este año serán menos patrióticas y más vacacionistas para aprovechar lo que es un atractivo fin de semana largo.

Digo que temo verlo de nuevo uniformado, porque me da la impresión de que el Presidente Chávez anda con esta manía bajo la falta premisa de que eso incrementa su popularidad entre las masas venezolanas. Y eso no necesariamente es verdad.

Tal vez debería recordar el Presidente Chávez que las masas no salieron entusiasmadas a las calles a defender su intento de golpe de estado –ni tampoco el aún más torpe de Grüber Odremán y Visconti-, sino que se quedaron prudentemente en sus casas, pegadas a la televisión y al teléfono; debería recordar el hoy libre y mayoritariamente electo Presidente que su popularidad realmente comenzó después, cuando la política soberbia y necia del Presidente Pérez transformó la oportunidad de cambio que los militares alzados le habían puesto en bandeja de plata, en un agravamiento letal del descontento y la rabia.

La popularidad de Chávez no se produjo ni siquiera cuando ingenuamente algunos grandes jefes le permitieron aparecer en televisión correcta y emocionantemente uniformado de paracaidista para clavar su después importantísimo "por ahora". El largo plano medio televisivo del teniente coronel fuerte, sólido y muy criollo, de boina roja, alas y condecoraciones, sólo quitó importancia al triunfo del gobierno y trascendencia a la derrota de los alzados. Por la tarde apareció Caldera y su discurso oportuno que le dio vida nueva a dos muertos políticos, Caldera mismo y Chávez, y sentó las bases de un gobierno nefasto, el segundo de Caldera y su incompetente chiripero, y otro que, por ahora, anda empeñado en demostrar igual condición.

La popularidad de Chávez comenzó con el maltrato en Yare y con la incompetencia -¿o complicidad?- de autoridades que permitieron fotos, videos y entrevistas que estaban prohibidos y que, apropiadamente difundidos con el romanticismo de lo clandestino, pusieron en la mente de todos un martirologio que inevitablemente lleva a la simpatía de las mentes sencillas, que son la mayoría. Súmese a ello que el verdugo, el maltratador, el cabo de presos, era un gobierno cuestionado, ferozmente acusado de corrupción y de traidor a su pueblo, carente de sintonía con el país, malexplicado y sin defensa de sus propios compañeros de partido, y, en consecuencia, sin autoridad moral para reprimir a nadie.

Ahora, Presidente por derecho propio, Hugo Chávez debería recordar que la inmensa mayoría no votó por el militar, sino por el líder que supo hacer de la corrupción generalizada y del extremo desencanto popular cánceres curables por él como santón milagroso, y de la Asamblea Nacional Constituyente la medicina total, la fuente poderosa e interminable de sus milagros.

Ese mayoritario porcentaje no votó por el Teniente Coronel de paracaidistas, sino por el mito. Y los mitos no usan uniformes.

Por otra parte, el Presidente Chávez tal vez debería recordar un poco de historia. Recordar, por ejemplo, el empeño de Bolívar en proclamar el civilismo por encima de un militarismo que siempre rechazó.

Recordar, por ejemplo, que los grandes tiranos del siglo XX han optado por un uniforme para presentarse ante sus pueblos. Mussolini, siempre por ejemplo, maestro de escuela originalmente, se inventó sus uniformes con camisa negra y estilo, organización y disciplina militares para sus fascistas con los cuales llevó a Italia a una guerra absurda que nadie, excepto los fascistas y Mussolini, querían –en verdad ni siquiera Mussolini la quería, él lo que deseaba era consolidar el sueño pedante de un nuevo e imposible imperio romano- y que hizo de su país una tragedia que devoró y colgó por los pies al propio Duce.

Hitler –y muy lejos de mi, advierto, calificar al presidente Chávez de fascista o de nazi- se vistió de uniforme y uniformó a todos sus fanáticos con los uniformes pardos y rojos de las SA y los tétricos uniformes negros de las SS, mientras a lo largo de su casi interminable gobierno en España, el general Francisco Franco lució su uniforme militar permanentemente hasta prácticamente sus últimos años, cuando ya todo estaba "atado y bien atado" –aunque se desató después, apenas enterrado, porque así son las cosas, porque la voluntad y los deseos de los pueblos terminan imponiéndose por encima de los dictámenes de sus líderes.

En otras palabras, el Presidente Chávez no gana nada, ni siquiera con las Fuerzas Armadas venezolanas, luciendo las diversas versiones de uniforme de Teniente Coronel del Ejército, y en cambio podría perder porque se le compare con quienes es peligroso y hasta insultante ser comparado, o porque se le acepte tal vestimenta como un capricho pueril.

Esto sin contar con la imagen proyectada hacia el exterior, allá donde están los inversionistas que cuando ven a un Presidente uniformado, piensan de inmediato en los antiguos dictadores latinoamericanos y africanos de la peor ralea, todos ellos muy pagados de sus vistosos uniformes.

Bien está que sea innovador, diferente, pero mejor estaría que más allá de uniformes que no tiene por qué usar, de unos cuantos chistes y de los constantes enfrentamientos que no aportan nada a su bien consolidado liderazgo, el Presidente Chávez diera por fin algunas respuestas en lo económico, que es donde están creciendo el hambre, el desempleo y lo más peligroso: una nueva decepción.

Tal vez Chávez debería recordar que él es Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales por el hecho civil de haber sido electo Presidente de la República, un cargo ciento por ciento civil. No es Presidente gracias a ser Comandante en Jefe, sino lo contrario. No vaya a ser que otros caigan en esa confusión, que puede ser tremendamente peligrosa, especialmente después que Rafael Caldera y Hugo Chávez de alguna manera hicieron de la insurgencia militar un recurso aceptable para protestar contra lo que se considera que no está bien.