La Globalización de un Cuero Seco

Alberto Valero

 Estudiar la historia del planeta equivale a confirmar que siempre estuvieron conectadas, no importa cuán distantes se hallasen unas de otras, las diferentes civilizaciones; y la tecnología no ha hecho en este último siglo más que agudizar la conciencia de que compartimos lo que se califica ya, correctamente, de una vasta aldea global y la vigencia de la maravillosa imagen de que la humanidad entera se empobrece cada vez que muere una simple mariposa.

En Colonia, hace pocos días, el G7 que reúne las cuatro quintas partes de la riqueza mundial, aceptó condonar 70 de los 214 millardos de dólares que deben los 41 países más pobres a la banca internacional. En condiciones aparentemente más generosas que las acordadas en 1996, que sólo han permitido beneficiarse a Bolivia y Uganda, mientras en la práctica incrementaban a otros sus respectivas obligaciones.

Una medida, desde luego, positiva pero que los japoneses aceptan sin mucho alborozo, porque les tocará casi la mitad del sacrificio; al contrario de Inglaterra, paladín de la iniciativa, que mantiene una cartera de morosos reducida gracias a la tacañería de la señora Thatcher, y en coincidencia con Sudáfrica, un doliente inesperado.

Porque preocupa al neonato gobierno del presidente Thabo Mbeki la venta anunciada hasta del 10% de las reservas de oro del Fondo Monetario Internacional, que valen alrededor de 2.6 millardos de dólares, para aliviar la miseria de sus hermanos africanos, sin considerar el perjuicio para la industria minera de Sudáfrica, con el nivel de precios más bajo en veinte años a raíz de la decisión del Bank of England en 1997 de vender más de la mitad de sus existencias, que obligó a despedir cien mil trabajadores en un país donde el 30% de la masa laboral se encuentra desempleada.

Mientras tanto, en Bruselas, con vistas a la Cumbre del próximo lunes 28 en Río de Janeiro entre la Unión Europea, Latinoamérica y el Caribe, ha habido que negociar con aspereza para vencer las resistencias a una vinculación más expedita con el MERCOSUR y nuestro Continente en general de Francia, que teme las repercusiones en su importante sector agroindustrial de oficializarse el libre acceso de las manzanas chilenas o los vinos argentinos.

Una preocupación que, a su vez, ha enfriado el entusiasmo de los países de Europa Central por ingresar a la Unión Europea, tanto o más que la guerra de Kosovo. Al constatar que junto a los beneficios y el prestigio de la membresía habría que apechugar compromisos militares que la población no está lista a consentir; y, en lo económico, enfrascarse en una competencia que los seis millones de conuqueros de Polonia jamás podrían ganar a sus colegas de Francia o Alemania y que la minería de Silesia o los astilleros sobre el Báltico podrían afrontar sólo al precio de reformas dolorosas.

Vale decir que no sólo Venezuela sino el mundo era, y sigue siendo, un cuero seco, donde la globalización impone a cada nación un doble desafío. De conocerse a sí misma (y esto vale también para las grandes potencias) a fin de ubicarse en el puesto a que puede aspirar cabalmente; y, sobre todo a las pequeñas que tantas veces sucumbimos a la tentación de un desmesurado protagonismo, de estructurar los mecanismos institucionales indispensables para salir al campo acorazados y no, como ha sido la habitual, cubiertos de un yelmo de artificio que salta en añicos bajo el garrotazo del adversario.

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