Voz activa

Fascinante prehistoria

Fernando Savater

Cuando era adolescente —en la era prejurásica, es decir, anterior a Spielberg—, me apasionaban tanto los dinosaurios, que pensé seriamente en estudiar paleontología. A tal fin adquirí un tratado muy académico del maestro de la paleontología hispana, don Bermudo Meléndez (por cierto, recientemente fallecido). Pero el libro no me trajo los retratos de dragones antediluvianos que yo buscaba, sino una mustia foto de un trilobites y sesudas disertaciones sobre capas geológicas que me desanimaron. Me encaminé resignadamente hacia la Facultad de Filosofía y Letras.

Si en lugar de aquella obra tan sabia como árida, hubiera caído en mis manos Mitología de los dinosaurios (editorial Taurus), de José Luis Sanz, también paleontólogo y discípulo del profesor Meléndez, quizá hubiese cambiado el rumbo profesional de mi vida. Porque José Luis Sanz explica en su libro las realidades científicas que conocemos sobre aquellos terribles lagartos prehistóricos y cómo algunos detectives pacientes del pasado fueron reconstruyendo pieza a pieza, o sea, hueso a hueso, su perdida biografía: pero también habla de King Kong y de Godzilla, del radosaurio inventado por Ray Bradbury y animado fotograma a fotograma por Ray Harrihausen, o de aquel otro terrible alosaurio llamado Gwangi cuyo destino cinematográfico fue perecer entre llamas... ¡en la catedral de Cuenca! El profesor Sanz hace una paleontología mítica y romántica: la que yo querría haber estudiado, la que no se profesa en las aulas de Ciencias Naturales, sino comiendo palomitas en los cines de barrio y leyendo El mundo perdido, de Conan Doyle...

A veces me preguntan (y me pregunto) en qué consiste el duradero hechizo que aquellos grandes saurios extintos hace 65 millones de años —la única parentela evolutiva que nos dejaron fueron los amables pajaritos...— ejercen todavía sobre tantos de nosotros. Mi amigo Alex de la Iglesia apunta a su carácter espectacular: los dinosaurios suelen ser enormes, arrolladores, y algunos tienen en la bocaza unos colmillos de aquí te espero, todo lo cual satisface nuestro anhelo perdurable de emociones gigantescas. Yo sólo puedo conjeturar que representan una era juntamente terrible e inocente, como la aurora de la vida, una época sin miramientos, sin supervivientes y sin culpables..., es decir, sin humanos. Por eso sentimos un delicioso escalofrío al imaginarnos entre ellos por obra de magia novelesca o fílmica.

Pero la prehistoria humana no tiene por qué ser menos fascinante que la época de los dinosaurios, como demuestra otro paleontólogo que es también uno de nuestros mejores divulgadores científicos, Juan Luis Arsuaga. Su libro El collar del neandertal (editorial Temas de hoy) nos acerca a la vida de primates que fueron nuestros antepasados y de otros que no llegaron a serlo. Pasaron su esforzada existencia, hecha de batallas y amores, de sobresaltos y esperanzas (¡como la nuestra!), entre hielos, mamuts y altiplanos de vegetación intacta. Los empezó a hacer humanos la certeza de la muerte y el atisbo de la palabra, que sólo algunos llegaron a desarrollar. En Atapuerca se han encontrado sus huesos, sus herramientas, y se va descifrando poco a poco una historia en la que nos reconocemos.

Este libro de Arsuaga, como el anterior también excelente que escribió en colaboración con Ignacio Martínez (La especie elegida, editorial Temas de hoy), me ha hecho rebuscar en la biblioteca aquellas amadas novelas prehistóricas de J. Rosny, como La guerra del fuego o El león de las cavernas. Quizá sea porque resulta inevitable que vayamos sin cesar del mito a la ciencia, del conocimiento positivo y a tientas hasta la intuición romántica, de los sueños a las pruebas, y vuelta a empezar. Somos así.