¿Réquiem para Colombia?

Bernardo Luna

Colombia es, sin duda alguna, el país de América Latina que está viviendo -doloroso decirlo y reconocerlo- la mayor crisis política, de grado terminal en la sub-región, como consecuencia de los avances experimentados en los últimos años por las dos fuerzas guerrilleras que han asumido el control de áreas específicas plenamente identificadas del territorio colombiano.

En efecto, tanto las FARC como el ELN, disponen hoy día de espacios perfectamente bien delimitados donde pueden actuar, sin mayores molestias, como verdaderos ejércitos de ocupación. Esta situación es una consecuencia directa del conflicto interno entre liberales y conservadores que se remonta a 1948 cuando, a raíz del asesinato del caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán, se desató la violencia en el país de modo sistemático, destruyéndose unas a otras ambas colectividades políticas, sin que se encontrara solución oportuna y definitiva que diera cese a tal estado de cosas, salvo la postiza del acuerdo entre las cúpulas de ambas organizaciones políticas.

Sin embargo, la simiente de la violencia quedó sembrada y así, más tarde aparecieron los primeros grupos armados sin conexión con los partidos tradicionales, que tuvieron como escenarios de lucha distintas zonas rurales y urbanas de la amplia y compleja geografía colombiana.

Esas guerrillas, lejos de disminuir como consecuencia de las operaciones para combatirlas por parte de las Fuerzas Armadas de Colombia, no han dejado de crecer en el transcurso de los últimos veinte o treinta años, sometiendo al país a una virtual guerra civil y a un estado de sitio permanente que tiene a la sociedad colombiana al borde de la desintegración.

Todo lo anterior es indicativo, a grandes rasgos, del panorama político colombiano actual y lo que puede esperarse de tal situación de continuar deteriorándose el mecanismo de conversaciones de paz que pareciera ni siquiera estar funcionando, ya que en su aplicación aparecen frecuentemente factores que lo distorsionan como son, verbigracia, los exitosos secuestros de la más distinta índole o las triunfantes emboscadas a las que, con pasmosa regularidad, son sometidas las fuerzas policiales o militares, por cierto, con bajas notorias en sus filas.

Venezuela no puede ignorar lo que está pasando en Colombia. A la vecindad y la etapa histórica compartida, se añade hoy día el indetenible proceso integracionista que, de algún modo, recoge la visión unificadora del Padre Libertador. Por ello, lo que hoy día afecta al país hermano en el terreno señalado (abstracción del tema del narcotráfico que por si solo dramatiza y visualiza con creces el horizonte finito) tarde o temprano tendrá repercusiones en la escena nacional, razón por la cual es imperioso analizar cuidadosamente las marchas y contramarchas del acontecer colombiano a fin de que las ocurrencias del mismo no sean causa de sorpresas irreparables para nosotros.