Fósiles Culturales
Jaime Labastida
Para los mexicanos que vamos algún día al extranjero, pocas cosas son más frustrantes que advertir cómo el país poco o nunca aparece en los diarios ni en las pantallas de la televisión. Sólo un desastre natural o un accidente hacen que el nombre de México salte, aquí o allá, en un periódico o en un noticiario televisivo.
Los países de Europa están preocupados por su entorno y lo que guarda relación con su vida: el Oriente Medio o, en el caso de Francia, Africa y aquellos de lengua francesa del Continente Negro. El petróleo y, por lo tanto, los países árabes, son la fuente de sus desvelos. América Latina es algo difuso, lejano, que apenas se dibuja en el horizonte.
Nuestra cultura, por lo mismo, no ocupa ningún espacio en el interés de los países desarrollados. En ciertos casos, Europa nos ve como si fuéramos, peor, como si debiéramos ser, piezas vivas de un museo, arqueología que camina y en pocas ocasiones habla. Eduard Seler llamó a los coras y los huicholes "fósiles culturales". Es duro reconocerlo, pero desean que defendamos nuestra "identidad". Nos ven como si fuéramos cocodrilos o papagayos, disecados o vivos, que deben ser expuestos en un escaparate o en un campo ecológico, a la espera de que los hombres civilizados vengan a contemplarnos. Somos parte de un programa de conservación: la cultura viva de América (y el indio como realidad tangible) debe ser conservada en su "identidad". Quieren que no cambiemos ni nos modernicemos.
En ocasiones, lo único que les parece digno de atención es lo que da el color local o la nota extraña. Somos un museo vivo para ellos: las ruinas prehispánicas de un lado y unos hombres raros, los indios, de otro. Hasta Miguel de Unamuno dijo que a Rubén Darío "se le veían las plumas -las de indio- debajo del sombrero". Ciertos europeos exigen que nos mantengamos iguales, sin cambio alguno. Una exposición tiene éxito si muestra el pasado mesoamericano, o si ofrece la nota típica de violencia: eso es "lo propio".
Para ellos, no somos civilizados ni occidentales del Extremo Occidente. Somos sólo, en cierto sentido, "salvajes", "bárbaros". De igual manera que antes para Hegel, somos "el país del porvenir". Es peor aún, porque Hegel pensaba en Estados Unidos cuando escribió "América": los países de Latinoamérica no surgían siquiera en su horizonte teórico. Europa sitúa a México en "América del Sur", sin percibir que está 3 mil kilómetros al norte del ecuador.
Los países europeos, en general, no advierten la diversidad de nuestra cultura. Nos ven como bloque y les resulta casi imposible captar la diferencia de los muchos Méxicos de que está compuesto México. En todo caso, les interesa el turismo ecológico e incluirían en él, si fuera posible, visitas a zonas indígenas y hasta organizarían un safari fotográfico a San Juan Chamula en Los Altos de Chiapas, a Jesús María en Nayarit o a la Tarahumara.
Si hay un México moderno, estiman que es la imitación de un modelo extraño, la copia infiel de Estados Unidos o Europa. No tenemos derecho a ser modernos ni a cambiar. Eso ocurre también con nuestra literatura. En cualquier feria internacional de libros se enfrenta el mismo problema: los escritores de Cuba, Nicaragua o Brasil, publicados en inglés, francés o alemán, superan con mucho a los autores mexicanos y no en razón de su calidad. Sólo se hallan dos, acaso tres escritores de México que, por su prestigio o por sus relaciones personales, han entrado en el catálogo de las editoriales extranjeras: Octavio Paz y Carlos Fuentes; en menor medida, Juan Rulfo; las mujeres y los escritores jóvenes, apoyados por agencias literarias, editoriales o que hicieron un esfuerzo directo y personal por lograrlo.
¿Habrá modo de remediar, al menos parcialmente, panorama tan oscuro? ¿Alguna vez seremos algo más que el papagayo, la nota tropical? ¿Tendremos algún día la imagen de pueblo inteligente y culto? Se habla mucho del "complejo de inferioridad" del mexicano y se atribuye al llamado "trauma de la Conquista". Es erróneo, pues la frustración, si hay alguna, surgió en la Independencia, cuando los criollos soñaron con un imperio riquísimo, pronto desvanecido.
Excelsior (México), 29 de junio de 1999