La revolución digital está transformando exponencialmente los hábitos humanos
No hemos visto nada todavía

Luis Foix

No les voy a descubrir cómo la revolución digital está cambiando los hábitos y comportamientos de cientos de millones de humanos. Están cambiando los sistemas de trabajo, de negocios, de educación, de información, incluso las formas de entretenimiento. Los que estamos más o menos subidos al carro del invento de Internet nos damos un poco cuenta. Y los que no, ya lo notarán muy pronto en sus propios sistemas de vida.

He leído con atención el informe que la revista “The Economist” dedica esta semana a “Internet y los negocios”. Me he quedado un poco apabullado, superado y, sobre todo, confuso. Se me escapan las inmensas posibilidades de relación personal, empresarial y educativa que se han abierto en la sociedad humana como consecuencia de esta realidad que tiene la capacidad de cambiar tantas situaciones y actitudes.

Un aspecto determinante de esta transformación a escala planetaria es la rapidez con que se está aplicando. Desde que se inventaron los tres instrumentos que han revolucionado este siglo -la electricidad, el teléfono y el coche- transcurrieron una o varias generaciones hasta que su aplicación alcanzó a sociedades enteras. En el caso de Internet su implantación está siendo exponencial tanto por los millones que entran progresivamente en la red universal como por los ámbitos que abarca. Y todo se ha producido en muy pocos años. Fue el presidente Clinton quien dijo hace unos meses que la mayor aportación de la civilización americana ha sido poner al alcance de todo el mundo esta impresionante red de comunicación y de relaciones entre los hombres.

En la lista de personajes más favorecidos por la fortuna, la revista “Forbes” situaba a Bill Gates como el hombre más rico del mundo. Sus negocios se han multiplicado en un solo año en un setenta por ciento. Y de las diez primeras riquezas mundiales, seis se encontraban en el negocio digital.

Se detecta ya que los servicios, la información y sus derivados son ya más importantes que los productos en sí mismos. La inmediatez es la garantía de un buen servicio. El tiempo y el espacio reales constituyen la norma de este final de siglo en el que van desapareciendo progresivamente las dificultades de la distancia temporal o espacial.Los individuos, las empresas y los gobiernos tratan de atrapar esta revolución que nos ha pillado a todos por sorpresa. Sus efectos van desde los hábitos para comprar un libro, buscar un piso o saber exactamente qué tiempo hace ahora en Vancouver. Me interesé hace unos días por dos libros editados en Estados Unidos este año. Los pedí un miércoles por la tarde y el sábado al mediodía los recibía cuidadosamente envueltos, con un CD que incluía una conferencia del autor y con un descuento del treinta por ciento sobre el precio de la solapa.

Ya sé que muchos de ustedes pensarán que soy un troglodita por haber descubierto una realidad que ya es norma generalizada para millones de ciudadanos en todo el mundo. Pero lo cierto es que cada día somos muchos cientos de miles los que vamos penetrando en los efectos prácticos de un invento que está transformando las formas de trabajo, de relaciones personales y de gustos de una parte de la humanidad cada vez más numerosa.

¿Seremos más felices, más honestos, más útiles o más inteligentes? Esta es otra historia. Seguramente seguiremos siendo lo mismo de siempre. Los inventos, tanta es la experiencia acumulada a lo largo de los siglos, no varían la condición humana. Ni siquiera esta transformación socializadora de manos del capitalismo va a construir un hombre nuevo o una mujer nueva. Todo es muy viejo y de ahí no salimos por muchos esfuerzos e innovaciones tecnológicas que se nos pongan por delante.

Lo que es innegable es que estamos en el umbral de un paso de gigante en la historia de la civilización. Tengo la impresión de que aquella frase de campaña de Ronald Reagan al presentarse para su segundo mandato es muy acertada para revelar la expectación de muchos: “You have seen nothing yet”. No habéis visto nada todavía.

lfoix@vanguardia.es