La jeremiada de Sábato puede estimular en los jóvenes una aversión a la inteligencia
No apto para menores

Eduardo Goligorsky

Ernesto Sábato dedica su libro testamento "Antes del fin" (Seix Barral, Barcelona, 1999) a "esos muchachos y chicas desorientados que se acercan en ocasiones tímidamente y, en otras, como los que buscan una tabla en el mar después de un naufragio". Juan A. Masoliver Ródenas definió esta obra como "el apocalipsis de Sábato", y se preguntó "si es posible conciliar una visión tan negativa del mundo con la esperanza de salvación" ("La Vanguardia", 22/I/99). No lo es, y la obra debería incluir la advertencia "No apto para menores". La fobia del autor contra la ciencia y la razón puede conducir a las mentes inmaduras, incluso de adultos, hacia la superstición, el nihilismo o el suicidio, que el autor confiesa haber contemplado. El pensamiento mesiánico de Sábato es más afín al de ese involucionista radical que al de un escéptico lúcido como Albert Camus, al que dice admirar. Sábato ha renegado de su formación científica, y cuenta cómo uno de sus maestros, el doctor Gaviola, del Observatorio de Córdoba, comentó, al descubrir sus nuevas obsesiones: "Sábato abandona la ciencia por el charlatanismo". Nada más exacto. En "Antes del fin", Sábato admira la sabiduría y la bondad intrínsecas de los analfabetos, no se cansa de despotricar contra "el patético legado racionalista", "el mundo tecnólatra y cientificista", y "el semidiós renacentista (que) se lanzó con euforia hacia la conquista del universo, cuando la angustia metafísica y religiosa fue reemplazada por la eficacia, la precisión y el saber técnico".



En una entrevista en "Clarín" (22/I/82), dio rienda suelta a estos demonios interiores: "Los Tiempos Modernos, cuyo fin sangriento estamos viviendo y sufriendo, se edificaron sobre el culto de la razón, de la ciencia, de la técnica, con olvido y hasta con menosprecio de los atributos irracionales del hombre... Nos fuimos alejando de ciertos fundamentos que deberían ser sagrados y que lo fueron en las comunidades ‘primitivas’. Es probable que en esas viejas comunidades hubiese lepra, pero no se necesitaban psicoanalistas". Así de claro. ¿Es este el mismo Sábato que en "Antes del fin" elogia "el alto nivel de nuestros profesores, ingenieros, biólogos, médicos, físicos, matemáticos, astrónomos, escritores y artistas" perseguidos por las dictaduras argentinas de cuño irracionalista, cuyo irracionalismo reflejaba prejuicios como los del libro? ¿Es el mismo Sábato que dispensó a su esposa, gravemente enferma, "la atención de médicos notables" y no de chamanes y hechiceros?



"La sacralización de la inteligencia nos ha empujado al borde del precipicio", escribe Sábato, convencido de que "prácticamente lo más importante, ocurre de la corteza cerebral para abajo", o sea, en el tramo más arcaico de nuestro cerebro, el complejo-R o reptiliano. Allí, explica Carl Sagan, hallamos funciones propias del dinosaurio: "Tiene papel importante en el comportamiento agresivo, la territorialidad y la creación de jerarquías sociales". ¿Es lo que Sábato echa en falta? Tal vez, a juzgar por el entusiasmo con que acogió la guerra de las Malvinas: "Hubiera sido un acto indigno de la Argentina, que es una pequeña potencia frente a las amenazas, a la soberbia, al desprecio de Inglaterra, agachar la cabeza una vez más... Si los chicos de 19 y 20 años están muriendo allí, están muriendo por ese motivo" ("Cambio 16", 14/VI/82). La opción por la irracionalidad y por la herencia deshumanizada y necrófila del Che, al que canoniza, hace que su jeremiada pueda estimular en los jóvenes una malsana aversión a la inteligencia y una idealización retrógrada del "buen salvaje".

Escritor
El País Digital (España), 28 de junio de 1999