Libertad, sexo, amor
Francisco Rodríguez Adrados
El mundo vive hoy muchas paradojas. Por ejemplo, la del crecimiento simultáneo de la igualdad y la desigualdad, del internacionalismo y el nacionalismo. Voy a hablar aquí hoy de otra: se extiende en los más de los países la familia monogámica a expensas de la poligámica, pero, al tiempo, el antiguo ideal de limitar el sexo al matrimonio monogámico está sometido a grandes tensiones que el divorcio no resuelve más que muy parcialmente.
Se extiende, impulsada por los nuevos modos de vida, por las ansias de libertad, la que pudiéramos llamar libertad sexual o promiscuidad selectiva, antes del matrimonio, en el matrimonio.
El modelo sexual tradicional de nuestras sociedades, que viene de Grecia, Roma e Israel, pero fue hecho más rígido por el Cristianismo, está expuesto cada vez a más ataques. En cierto modo, esto nos retrotrae a tipos arcaicos de relación sexual. No ya a la poligamia tradicional, con sus esposas y sus concubinas. Lleva incluso a algo que se asemeja a las formas antiguas del matriarcado. Y me refiero no tanto a las relaciones de poder, se reconocen sobre todo porque en ellas el hijo llevaba sólo el nombre de la madre, era «de ella».
Más atrás todavía: los antropólogos nos hablan de culturas primitivas en que se desconoce la relación entre acto sexual y generación (la mujer concebía por bañarse en una laguna sagrada, por ejemplo), en que el sexo era un mero juego, como en la utopía de Huxley, y el niño quedaba al cuidado, tan solo, de la madre. Una institución como la «covada», estudiada por Caro Baroja en regiones del Norte de España, deja ver que el reconocimiento de la paternidad es relativamente secundario.
Pero no es cuestión de embarcarse en especulaciones antropológicas, porque las cosas no son tan simples como proclamaba Bachofen en el siglo pasado y en las sociedades primitivas se encuentra raramente el matriarcado puro. Coexisten, según los lugares, la poligamia y la monogamia.
El hecho es que en la antigua Mesopotamia, desde los sumerios, aparecen canciones de mujeres que proclaman la búsqueda del amado, dios o rey, dentro de un ambiente sacral; y el dolor del abandono. Y que allí mismo y en otros pueblos antiguos predomina el matrimonio monogámico.
Ahora bien, si estudiamos este tipo de matrimonio en lugares como la Grecia antigua, hallamos que es esencialmente una institución al servicio de la familia: no del amor. Busca garantizar la legitimidad de la descendencia del padre y, por ello, impone a la mujer fidelidad. La mujer era posesión del hombre, en Roma estaba bajo su potestad: él podía exigir. Para el hombre, esa exigencia era menos absoluta porque, simplemente, sus relaciones fuera del matrimonio no afectaban a la legitimidad de los hijos.
¿Y el amor? Caía fuera del matrimonio, en general. Vemos, ya desde Homero, el amor conyugal, unido a la situación social, la conveniencia. Pero el amor-pasión no lleva al matrimonio: está fuera, casi siempre va contra la norma social. Su protagonista, en los tiempos antiguos, era predominantemente la mujer: la que estaba sujeta a mayor presión. El amor era un deseo, una rebeldía. Para el hombre, en cambio, el amor, en los viejos poetas, era diversión, olvido entre los amigos, el vino, el canto, sin responsabilidad.
Ahora bien, esta situación era desigual, injusta. Si ella era de él, él tendía a ser de ella cada vez más. A la prohibición del adulterio femenino siguió, como reflejo o réplica o venganza, la del masculino y la del sexo en general fuera del matrimonio. El Cristianismo ayudó a ello. Todo esto, igual que cualquier reglamentación o rito cultural, trae limitaciones, con sus ventajas y sus opresiones. Pero en ningún dominio de lo humano encuentra más arraigo el sentimiento de la posesión, del «es mío», «es mía», con lo que esto conlleva.
Ahora hombre y mujer están bajo la misma presión: y en los poetas medievales, renacientes, modernos, surge mucho más que en los antiguos el tema del poeta enamorado, del amante abandonado (un Garcilaso, un Neruda; ya antes Catulo). Y también otro tema antiguo, ya helenístico: la del amor de la pareja que lleva a la boda tras múltiples obstáculos. El amor está unido siempre a la lucha del individuo contra los obstáculos puestos a su felicidad, sean los que sean. Pero en ese tema tendían ya a reconciliarse amor y matrimonio.
Presión hay siempre que el sentimiento personal queda sometido a un ordenamiento jurídico; porque el hombre, un ser que cambia, queda fijado, fosilizado de una vez para siempre. Una época como la nuestra no puede aceptar esto sin resistencia. Es para hombres y mujeres una prueba que muchos consideran contraria a la naturaleza. Claro que otros argumentan que así se supera la naturaleza. O que se sacrifican unas cosas a otras o se subsumen en el amor conyugal. Muchas cosas pueden argüirse de una parte y de otra. Pero el problema está bien vivo.
A veces parece como si ciertos rasgos del viejo matriarcado revivieran. Vemos a mujeres que disfrutan de su libertad igual que aquellos viejos poetas, en roles casi masculinos, fuera de las ataduras de la generación. Cede el tabú de la virginidad. Vemos a hombres que aceptan casi el antiguo valor pasivo del mendicante sexual, tomado o dejado, como las mujeres de antaño. Y, a veces, en ciertos grupos jóvenes, el sexo es una especie de rito de iniciación, de certificado de admisión. Pero, al tiempo, continúan vivos los modelos tradicionales. Esta es la confusa situación.
¿Qué vendrá ahora? La extensión de las relaciones antes del matrimonio, por supuesto. ¿Nuevos tipos de matrimonio, legales o de hecho, con una cierta tolerancia, una cierta liberación del «mío»? Se ha intentado. No sabemos: en todo caso, un viejo problema humano que hace que, a veces, se enfrenten lo más íntimo del individuo y las exigencias de la familia, la economía, la sociedad, la comodidad incluso, revive por efecto de esa libertad, más bien imaginaria a veces, que nos rodea.
Estamos en una fase de transición y confusión. Tenemos el matrimonio monogámico para toda la vida (modelo para los homosexuales) y los divorcios y uniones nuevas y una cierta promiscuidad ya tolerada, ya castigada de algún modo. Por ejemplo, teniendo que aceptar compromisos: las promiscuas que se casan de blanco y luego defienden, mal que bien, su matrimonio. Las dolorosas decisiones de la separación.
Así es de confusa y mixta, en esto y en mil cosas, nuestra sociedad. Une la alegría de la libertad a elecciones crueles, compromisos y sacrificio, dolor. Oscila entre continuidad y cambio, con los problemas de lo uno y de lo otro. Entre fidelidad e infidelidad a sí mismo y al otro; o una fidelidad infiel. Vacila entre un ordenamiento jurídico y moral tradicional y la eterna tentación de seguir lo irrepetible del momento, la voz del instinto y la naturaleza, del amor. De volver a lo más primario del hombre.
En este punto estamos. Pero hay que tener fe en el futuro: en los vitales compromisos que tantas veces, en la historia, han abierto vías nuevas. Quizá una nueva cultura, una nueva sensibilidad, una nueva libertad responsable, vaya abriéndose paso, también, en este campo arriesgado, clave de nuestras vidas.
Pero, en este presente confuso y ese futuro incierto, ¿dónde queda el amor? El amor siempre encontrará un hueco para nuestra esperanza, para nuestro dolor. Es una rara flor que ha nacido del sexo y al sexo lleva; lo supera a veces. Es transitorio, personal, monógamo. Un producto refinado, cargado de bienes y de males, rebelde a cualquier sistema.
*Integrante de la Real Academia Española
ABC (España), 25 de junio de 1999