Hoy miércoles La Asamblea el día después
Elides J. Rojas
Los seis meses estimados originalmente para quitarle el respirador a la moribunda y darle forma a una renovada Constitución, en medio de constantes amenazas de utilizar artillería distinta a la del pensamiento, no fueron suficientes. Ocho meses tardó el proceso. Lo necesario para agravar el cuadro del otro moribundo: el país entero.
Con una escuálida mayoría del Polo Patriótico, dividido de nacimiento, y una oposición débil y apenada de su historia, el escenario para reconstruir las bases jurídicas de la nación parecía más bien un partido de pelota sabanera y no el foro académico que se imaginó el Presidente en esas noches en que no podía dormir pensando en la pobreza crítica y los lateros desbordados.
Todo culpa de las cúpulas podridas, por supuesto. La situación general para marzo del 2000, luego de cerrada la gallera constituyente, dejaba complacidas y en su lugar a muchas figuras que fueron plasmadas en el papel republicano para revindicar sectores supuestamente agredidos o discriminados. Una tarde, entre gritos patriotas y alaridos conservadores, los asambleístas encontraron la fórmula mágica para salirle al paso al problema laboral. 'El Estado garantizará el derecho al trabajo', copiaron en el artículo 1.720. Aunque algunos dijeron que eso ya lo habían visto antes, a la mayoría le pareció un principio genial. Así quedó.
No gustó mucho la propuesta del ala radical del Polo en la que expusieron la necesidad de que la Carta Magna dejara claro que las necesidades del soberano, cualquiera que fueran, serían cubiertas directamente por el Gobierno en dinero en efectivo o, al menos, con la entrega personalizada de raciones de guerra tres veces al día. No obstante, una oposición distraída y pendiente de las cámaras de televisión dejó pasar esa curva lanzada desde Palacio. Así quedó. La reforma del Poder Judicial se llevó tres meses de arduas peleas 'leguleyas'. Para nada. Al final se resolvió eliminarlo y dejar la administración de justicia en manos del pueblo bajo el principio de 'el primero que pase arregla eso' utilizado con mucho equilibrio por los romanos cuando la espada y el escudo estaban de moda.
Según los defensores de esta tesis, aparte del ahorro para el Estado, lo más importante es que se garantiza la 'democracia participativa'; es decir, todo el mundo se mete en todo. Así quedó. Más rápido resultó para los constituyentes resolver la nave insignia, el logotipo de la corrupción y la desviación institucional: el Congreso. En quince días quedó eliminado, aunque no disuelto. Las funciones legislativas y controladoras fueron transferidas, sin mayores dificultades, al Poder Ejecutivo y el Parlamento fue mudado a las tribunas del hipódromo La Rinconada con la muy sana e importante misión de vigilar las correrías de los apostadores ilegales que 'atentaban contra el erario público'. Así quedó.
Se consagró la obligación de oír y ver los programas de radio y TV del Presidente y a comprar su periódico, sin excepción posible, pues a este artículo 3.402 se le confirió rango de servicio a la patria. Así quedó. Concluida la obra cumbre de la Venezuela de fin de siglo, en las calles deambulan al menos dos millones de desempleados, el sector privado entró en las cifras de marginalidad y muchos chavistas, militares incluidos, comienzan a añorar a Acción Democrática y a Copei instalados en Miraflores.
EL UNIVERSAL. CARACAS, 30 DE JUNIO DE1.999