Entre golpe y traspié
La desobediencia debida
Américo Martín
¿No hay nadie en el entorno gubernamental que prevenga al Presidente contra la tentación fujimorista? ¿Se han vuelto tan mansos que no se atreven a aconsejarle que el famoso golpe no tendría la menor vida y en cambio aumentaría las calamidades de la población? No sé si el Presidente y sus amigos más sensatos estén en capacidad de creerme, probablemente no, pero no deseo que el gobierno se derrumbe; aparte de que, como Sansón, sepultaría a muchos miles con él. Estando convencido de que la operación golpista contra una Constituyente de mayoría democrática sería más catastrófica para el gobierno que para el país, preferiría evitarle a Venezuela esa dolorosa e inmerecida prueba. Que Hugo Chávez cumpla su mandato en democracia y que en su momento el electorado juzgue su obra, es lo mejor que podríamos esperar.
El proyecto golpista es tan descabellado que algunos prefieren darlo por no presentado. El Presidente habla así, es su estilo -aseguran- pero en el minuto final retrocede, aunque nunca en silencio (sería pedir demasiado). Y realmente, no puede ser que no haya visto la estolidez de esa tesis, comenzando por el ajado rol que desempeñarían las Fuerzas Armadas. Porque, déjenme decirles, no ha habido un solo golpe de Estado que no haya esgrimido un pretexto más o menos coherente: la amenaza de caos, el peligro comunista, la desintegración de la soberanía y el territorio. Pero el de marras se inspiraría única y exclusivamente en la renuencia de los electores a votar como hubiera querido el Presidente, o en que la Asamblea -creyéndose eso de que por encima de ella, sólo Dios- no se lance a descabezar "poderes constituidos'' o "enemigos del cambio''. Habría que ver a los militares reduciendo al silencio, por no caerle bien al gobierno, a quienes fueran electos en libres elecciones. Y aquí aterrizamos por supuesto en la debatida tesis de la "obediencia debida'', que hoy no ampara a quienes aleguen cumplir órdenes superiores para desconocer la soberanía popular, cometer fechorías de guerra o ejecutar actos abiertamente ilegales.
No tengo ni que profetizar cuál sería la respuesta de la comunidad internacional a un zarpazo contra la democracia. La miseria, que en los últimos meses nos ha tomado por el cuello, alcanzaría dimensiones totalmente inmanejables. Confiemos empero, y esperemos con calma y firmeza. En recientes ocasiones el Presidente se ha detenido al borde del abismo. Démonos por bien servidos si ésta fuera una de ellas.
¿CONSTITUYENTE CON PAN O CON HAMBRE?
No es la clásica patada a la mesa, propinada por el jugador insatisfecho, lo único que se cierne como amenaza contra el país. El problema número uno es el agresivo deterioro de la calidad de vida de la gente. Reconozcamos algo: a la luz de las más recientes encuestas, el prestigio del Presidente ha caído, pero no sustancialmente, en los dos últimos meses. Además de eso, el MVR se ha tragado por la base a sus aliados del PPT y el MAS y, sin embargo, bajo ningún concepto, el partido de la boina roja se acerca a 50% de la población electoral, cosa que ya es retroceso y bastante apreciable. Lo impresionante es que el crédito de Chávez se ha refugiado en la pura emoción. El número de quienes creen que podrá resolver los problemas se ha derrumbado. A la pregunta de si las cosas andan por buen o por mal camino, los pesimistas se elevan al impresionante porcentaje de 52%, lo que contrasta con el estado de ánimo de los primeros meses del gobierno. Pero observen ahora lo que ocurre cuando se pregunta esto: ¿Debe el Presidente ocuparse menos de la Constituyente y más de la economía y el desempleo? ¡Ochenta y cinco por ciento (85%) está de acuerdo!
A menudo el gobierno ha creído ver sórdidas conspiraciones enfiladas a impedir la Constituyente; a la luz de la cifra supra el único verdadero conspirador es el hambre que ha caído sobre Venezuela por la inacción oficial, según la creencia de la mayoría. Por eso el país no está dividido entre el "batallón'' de los leales a la Constituyente y el "batallón'' de sus enemigos, sino entre quienes aplazan las soluciones al drama social que no hace sino intensificarse todos los días, y quienes enfatizan la urgencia de dar empleo, salud, educación, seguridad y servicios a los venezolanos, sin por eso detener los trabajos de la Asamblea. En suma: Constituyente con pan o Constituyente con hambre. That's the question.
El que se alegre o piense extraer réditos políticos de estas aplastantes dificultades, es bastante insensible, pero la ineptitud oficial aunada a la ausencia de programa económico ha estado cebando la bomba social. Tómese un territorio cualquiera, el nuevo estado Vargas, cuyo gobernador, connotado emeverrista, ofreció temerariamente la cornucopia de la abundancia, mientras arremetía contra los "políticos'' que ofrecen y no cumplen. Sobre el litoral guaireño y sus aledaños se han desatado las plagas de Egipto. Allí nada funciona y el desempleo afecta a la mitad de la población económicamente activa. Vías deterioradas, la delincuencia desbordada, economía informal multiplicándose a cada minuto, empresas quebradas. En la Plaza Lourdes de Maiquetía confluyen masas desesperadas que ya no creen en nadie. "La situación está dura -dicen- y el gobernador Laya no hace nada''. "Sí hace -interceptan otros-, se la pasa bailando tambor y no para este desempleo ni la horrorosa buhonería''.
¿Puede alguien creer que el discurso vacuamente patriótico o el eterno cargar culpas en los gobiernos anteriores sustituirá los puestos de trabajo perdidos y despegará el estómago del espinazo?
LA GENTE QUIERE PAZ, NO GUERRA
Se percibe en los estudios de opinión que además de exigirle al Poder que se ocupe ahora mismo de la economía y la cuestión social, una amplia mayoría no comparte el propósito de convertir la Constituyente en un campo de batalla entre amigos y contrarios al Presidente. "Conmigo o contra mí'', exclamó exaltado el Primer Mandatario. Ese dilema carece sustento popular. La campaña electoral -como la noche de Jan Valtin- quedó atrás. La gente quiere una Asamblea pluralista, dirigida a construir un consenso que permita elaborar la Constitución como un verdadero pacto social. Aun entre quienes confían en el Presidente se descarta la opción bélica y se arraiga la esperanza del entendimiento para producir los cambios, pero en paz, sin odios, sin intransigencia, sin revivir las persecuciones ni comprometer ese eficaz sistema de contrapesos y controles recíprocos que el mundo conoce con el nombre de democracia.
Una dictadura militar no duraría en Venezuela más que un merengue en la puerta de una Escuela.
Abogado
amermart@yahoo.com
Economía Hoy, 30 de junio de 1999