El paraíso de los abogados
Luis Aguilar León
(AIPE).- Hace centurias, cuando en China nadie sabía del "materialismo dialéctico", los chinos se bañaban en las éticas lecciones de Confucio y acumulaban milenarios estratos de sabiduría. Una de las más veneradas enseñanzas del maestro era "donde hay muchos soldados no hay paz; donde hay muchos policías no hay libertad; y donde hay muchos abogados no hay justicia". No sé cuantos juristas estarán de acuerdo, pero creo que muchos ciudadanos aprobarían el juicio de Confucio.
En mi caso, aceptar parcialmente el juicio confuciano no responde a un prejuicio contra los licenciados en leyes. Mi padre era abogado, mi hermano también, y yo, sin mucho entusiasmo, obtuve ese título en Cuba. Pero es honesto reconocer que desde la antigua Roma hasta hoy la imagen de los abogados deja mucho que desear. Y que no siempre la culpa es de ellos. Estados Unidos, por ejemplo, es, irónicamente, "el paraíso de los abogados". ¿Por qué? Porque éste es el único país donde los abogados tienen el derecho de pleitear sin honorarios, con la sola esperanza de obtener dinero si ganan el pleito. Lo cual convierte a muchos abogados, especialmente a los no poderosos, en perpetuos vigilantes de accidentes, heridas o desastres productivos, y multiplica ad infinitum demandas, litigios, sentencias y casos jurídicos estrafalarios. Como el de una señora en California a quien el juez le otorgó el divorcio, y casi todas los bienes matrimoniales, porque el marido la había sometido a "crueldades mentales". Ella adoraba los libros de misterio y el perverso marido leía el final de la trama y le revelaba quién era el asesino.
En Washington D.C., leí la odisea de un ladrón nocturno que robaba en una gran tienda y, cuando bajaba una escalera en tinieblas, tropezó, se fue de boca, se quebró una pierna y disparó la alarma. Inmovilizado, fue atrapado, juzgado y condenado a seis años. Desde la cárcel, y alegando que como había quedado rengo jamás iba a poder ejercer su "oficio", unos abogados demandaron a la empresa por mantener a oscuras la escalera. Y antes de que nadie tuviera tiempo de alzar risas, el jurado condenó a la compañía a pagarle todos los gastos médicos y legales en que había incurrido, y a darle una cuantiosa indemnización.
De ahí la incomprensión que producen muchas decisiones judiciales. Que en esta época, no en la época de Humphrey Bogart, alguien desdeñe la fúnebre advertencia de las cajetillas de cigarrillos, ignore los avisos que retumban en su contorno, extraiga un cigarrillo, lo inserte en los labios, lo encienda y lo disfrute y, mucho más tarde, si se enferma, pueda demandar a la compañía que produce los cigarrillos es un tanto azorante. Desde el punto de vista humano toda la simpatía está con el enfermo. Desde el punto de vista jurídico no hay secuencia lógica entre una decisión ejecutada libremente y el castigo que se le impone a la compañía. Esas decisiones han contribuido a que los médicos tengan que pagar formidables seguros y a que la medicina cueste cada vez más a los ciudadanos. La crítica al sistema ha surgido aun cuando no se simpatiza con los acusados. Grupos que detestan esos programas de la televisión donde individuos o parejas son invitados a exhibir necias o torcidas experiencias y a entrar en detalles sobre sus amores u odios protestaron por una reciente sentencia. Ocurrió que uno de los invitados al programa de una tal "Jenny" se consideró humillado cuando se reveló que alguien que lo amaba en secreto no era una mujer, sino un gay. Tres días después el invitado abatió a balazos al gay. Meses más tarde, la firma que producía el programa fue condenada a pagarle a los familiares del muerto 25 millones de dólares. Una vez más, la relación entre el suceso, la culpa y el cuantioso castigo resultó neblinosa.
Ahora mismo, el Tribunal Supremo ha declarado permisible que todo alumno de primaria pueda demandar a los maestros o al colegio donde estudian si sufren acoso sexual. Justo y necesario es el principio. Pero nadie ha determinado la metodología con que se debe aplicar el principio, ni examinado la catarata de demandas que se van a derramar sobre la educación; ni, sobre todo, el nuevo dilema que confrontan ahora maestras y maestros. En una época de cotidiana violencia estudiantil, no siempre reflejada en disparos y muertes, la queja de una niña sobre un compañero que la acosa, le plantea a la maestra un escabroso dilema: enfrentarse al estudiante acusado y a su familia, quienes pueden terminar demandándola a ella; o rechazar la queja y darle cara a la indignación de los parientes de la niña. En ambos casos se camina sobre el filo de una navaja. Y, muy probablemente, en ambos casos el colegio terminará teniendo que pagar algo. Confucio no andaba tan erróneo. El paraíso de unos es el infierno de otros.
Historiador y periodista cubano.