Con Iglesia hemos topado

Roberto Hernández Montoya

Cuentan de un español volteriano, es decir, prolífico blasfemo y ateo rencoroso, quien en plena Guerra Civil hizo arrestar a unos protestantes por predicar la versión que tenían del Gran Asunto. Era una arbitrariedad, claro, que él explicó así:

—Ala, no creo en la religión católica, apostólica y romana, que es la verdadera, mucho menos voy a creer en esta patraña.

Cuando un español es ateo no lo es de modo ecuménico, sino como ensañamiento personal contra Roma. Se le dan una higa judíos, musulmanes, budistas y marianlionceros. Su problema es íntimo: algo le hicieron los curas que lo pusieron así.

A mí nunca me hicieron nada personalmente, pues gracias a Dios no tuve educación religiosa, pero viendo las cosas desde mi garita volteriana, vamos, siempre me ha dado escalofrío esta fórmula:

—Más fastidioso que caer preso con un evangélico.

La Iglesia ha vivido períodos oscuros. Ahora lo reconoce: reivindica a Galileo, elimina el Index, convida a físicos teóricos y hasta ateos al Vaticano para conversar cómo es por fin el mundo. Ya no es incondicional del orden establecido, algunos curas son hasta guerrilleros; hay monjitas de bluyines jugándosela junto con los parias de la tierra; una fue asesinada hace años aquí en Caracas por enfrentar narcotraficantes de barrio. Me fastidia, eso sí, discutir doctrina, como han pretendido algunos amigos. Me parece demasiado a contrapelo de toda sensatez como para considerarla seriamente. Y si me dicen que soy asquerosamente racionalista, entonces tendrán que aceptar que yo crea y predique que la vida es una caraota, que no es la idea que tengo de una proposición racional. Una por otra. Pero el objetivo de este artículo no es refutar a la Iglesia. Si lo es señalar que los evangélicos y empresas filiales son peores.

Su fanatismo es tan encarnizado que no deja fisuras para conversar siquiera o para que Teresa de Ávila haga sus ejercicios literarios. Además, su grado de ignorancia típico es vertiginoso. No tengo nada contra la ignorancia, pues es condición tan desvalida como la desnutrición. Pero sí me prevengo contra la ignorancia cultivada, alimentada, obstinada, orgullosa de su índole. La Iglesia tenía a Tomás de Aquino, una de las mentes más inteligentes que haya caminado por el mundo. Y no fue el único. En cambio uno oye a un predicador evangélico, vociferante, de esos que cogen un micrófono y comienzan a bramar disparate tras disparate, y vamos, uno se pone de acuerdo con el ateo español.

Enfrentar a la Iglesia no es imposible, pues no es inderrotable; algunos reveses ha sufrido, ya no puede rasparle a nadie un fósforo en plaza pública, ni puede imponer sus ideas en todo el espacio social. Ahora tiene que competir con otras doctrinas. Fueron necesarias revoluciones y guerras, pero se logró. No solo salimos ganando todos, sino que especialmente la Iglesia cobró dignidad. O sea, que la Iglesia puede perder y hasta vencer en la derrota. Pero me pregunto, yo el volteriano, en este momento, ¿para qué? Porque si es para sustituir a la Iglesia por los evangélicos, vamos, yo el volteriano, terminaré defendiendo a la Iglesia, con quien al menos se puede convivir, pues ha tiempo que no vocifera fanatismos.

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