La naranja azul

Jaime Campany

La Tierra es una naranja azul, dijo el poeta. Luego, eso, que parecía un despropósito lírico, lo confirmaron los astronautas, y es que el hombre progresa con los poetas por delante. Los poetas ven antes que los demás mortales las cosas maravillosas del mundo, el nacimiento de Venus, la aurora boreal, el carro de fuego del profeta Elías, el unicornio, la tierra prometida, la estrella de Belén, la fuente que mana leche y miel, la paloma del Espíritu, y quizá por eso a los poetas se les queda cara de tonto. Los poetas, como ven las cosas nunca vistas, ponen gesto de asombro y se quedan como pasmados. O eso nos parece a nosotros, gentes que no vemos más allá de nuestras narices y que quizá confundimos el pasmo con la bienaventuranza.

He dado este rodeo por la naraja azul para decir que sobre la corteza terrestre, en este pequeño grano de arena del Universo, vivimos ya seis mil millones de habitantes, incluidos los chinos, supongo, que alguien los habrá contado. No hace tanto, éramos mil millones menos. Se dirá que donde comen cinco mil millones pueden comer seis mil, pero el caso es que no sólo falta comida para todos y ya hay seres humanos, hijos de Dios y herederos de su gloria, que mueren de hambre, sino que también empieza a faltar el agua. Eso va a ser aún más grave que la falta de comida, porque donde no hay agua todo se seca y muere, el reino vegetal y el animal se convierten en mineral, y sobre la naranja azul se armará la de Tales de Mileto, el poeta del agua. Donde haya agua, Marte o Venus, habrá vida.

La Naturaleza, que además de sabia es terrible, cruel e inexorable, está aprontando remedios para este exceso de población. Claro está que esos remedios son de muerte contra la muerte. En el mundo hay ya más de doscientos millones de drogadictos, y aún parece que las estadísticas se quedan cortas. La terrible y mortífera esclavitud de la droga alivia en cierto modo a la Humanidad de un crecimiento excesivo. Al fin y al cabo, se cumple así una ley natural y dramática: los individuos más débiles de la especie y más incómodos para la colectividad, deben morir. A veces los mata al nacer la propia madre, o los abandona para que mueran.

Hay otras estadísticas espeluznantes. Sólo en África, el azote del sida se cobra setecientas vidas cada día. En todo el mundo, son muchos miles los muertos extenuados del sida. Las investigaciones médicas y las campañas de prevención no logran frenar la nueva peste. Miles de víctimas diarias del sida alivian con espanto la demografía humana, que crece y crece a pesar de que el progreso pone límites a aquel mandato bíblico de henchir la faz de la tierra. Nos esforzamos en detener la guerra y la enfermedad, pero con ello salvamos individuos para otra clase de muerte, posiblemente más trágica y con una agonía más larga y dolorosa.

El auge torrencial de la homosexualidad y el lesbianismo tal vez sea, en cierto modo, un instinto de conservación, una forma de lucha contra la irrupción de nuevos individuos en la feroz especie humana; nuevos individuos que ya no caben en la cueva, que no encuentran pasto suficiente en la pradera ni el agua necesaria en los ríos. El «orgullo gay» es un fenómeno sin precedentes. Junto a esto que sucede en el mundo, Sodoma y Gomorra eran un escarceo. Hace sólo unos días, casi un millón de seres diferentes, alejados de la tentación de procrear, pasearon el orgullo de ser así por las más importantes capitales de Europa. Y en América, el bar «gay» más famoso de Nueva York, el Stonewall Inn, ha sido declarado monumento nacional. Es la forma americana de conmemorar que en él se riñó hace treinta años una famosa batalla entre guardias y maricones. Nuestro pequeño planeta, además de una naranja azul, es una fruta imprevisible del Árbol del Bien y del Mal.

ABC (España), 3 de julio de 1999